¡FELIZ AÑO!


                                                     ¡¡¡FELIZ AÑO A TODOS!!!
 GRACIAS POR LEERME, POR PASAR ALGUNA VEZ POR AQUÍ, GRACIAS POR INTERESAROS TANTO POR LO QUE ESCRIBO, Y POR EL REGALO QUE ME HACEIS CADA SEMANA CON VUESTROS COMENTARIOS, GRACIAS POR TANTA FIDELIDAD.
 ESPERO PODER ESCRIBIR PRONTO ALGO, MIENTRAS TANTO, QUE SEPAIS QUE OS QUIERO.

 TAMBIEN DESEO EN ESTE DÍA, AGRADECER A STAROSTA QUE HAYA RECOMENDADO MI BLOG Y TODO EL RESPETO CON QUE LO TRATA, UNA VEZ MAS ¡GRACIAS!
 Y A LA FUNDACIÓN CITI MEDIA, POR ENCONTRAR MI BLOG Y POR LA INTERESANTE OFERTA, ME LO PENSARÉ, AUNQUE NADA DE LO QUE ESCRIBO ES CON FIN LUCRATIVO, ES UN HONOR QUE OS ACORDARAIS DE MÍ.
                                                    ¡A TODOS, GRACIAS!
                                                          
                                                              

LAS MIMOSAS




Allí estaban, lánguidas, apagadas, recórdandole que igual, si era cierto que se olvidaba de todo; ya llevaban seis días aquellas mimosas sobre la mesa y habían perdido su brillo original, el brillo que tienen las cosas que están vivas todavía. Pero aquellas flores eran las únicas que le gustaban a Olivia, que se mantenía a unos pasos de ellas, sin atreverse a tocarlas, a pesar que ya despedían un olor desagradable.
Aquella mañana se había levantado tarde, pero estaba segura de haber retirado aquel ramo de mimosas que ahora tenía frente a ella; recordó haberlas metido en una bolsa y como unas cuantas motitas amarillas se habían ido al suelo, y todavía le llegaba sin exfuerzo el olor putrefacto del contenedor cuando las metió en él. Serían más o menos las ocho de la mañana, sabía que no podía ser más tarde porqué llegó al trabajo a las ocho y media y fue directa al lavabo porque le habían quedado entre los dedos unas manchitas amarillas, que por cierto le costó bastante quitarse.

 Pero ahora eran las cinco de la tarde, acababa de entrar por la puerta y, se había ido directa al salón para encender el ordenador, sin embargo se encontró de nuevo con las mimosas. Olivia se quedó mirándolas. Cuando Raul llegó, aún estaba obnubilada; la encontró allí de pie, y le recriminó que siguieran allí aquellas flores. Él las odiaba, pero eso era algo a lo que ella se había acostumbrado, en los seis meses que llevaban casados, nunca se habían puesto de acuerdo en nada y se pasaban el día peleados por tonterías pero siempre se reconciliaban muy apasionadamente.
 Así que ella se sentía feliz. Odiaba la rutina del "todo va bien", lo supo poco antes de casarse, cuando él tuvo un cabreo desproporcionado el día que sellaron su compromiso. Habían salido con una pareja de amigos, con la que siempre solían alternar, y se habían ido a cenar a un restaurante a las afueras.

 Poco antes de entrar, ella había visto unas palmeras estupendas que eran ideales para tomar fotografías, le pidió a él que le dejara la cámara, y mientras los chicos entraron, ella y su amiga Eli se hicieron varias tomas muy divertidas. Después, la cena había sido fabulosa y Raul le había metido un pedrusco espectacular en su copa de cava, que a punto estuvo de tragárselo: era de talla media y muy de su estilo, pero la magia se rompió cuando él se empeñó en que sus amigos les tomaran una foto a los dos para que Olivia luciera el anillo; cuando sacó la cannon del bolso y notó que faltaba la funda, enseguida hizo ademán de irse donde las palmeras, asegurando que allí la había tenido que haber dejado olvidada, pero su amiga Eli la contuvo: -¿qué te pasa?, mira bien y busca en el el bolso, que yo misma te vi guardarla. Olivia, miró y remiró pero la funda no aparecía.

Raul se puso furioso y le llamó de todo: entre otras cosas, le dijo que era una inútil que todo lo perdía, y Olivía se quedó mirándolo en silencio: nunca lo había visto así, y  le encontró realmente guapo, los ojos chispeaban de ira y la nuez se le marcaba en exceso y, también encontró excitante la manera en que se había aflojado el nudo de la corbata, siempre lo hacía cuando entraban en un sitio donde hacía mucho calor, pero para ella había pasado desapercibido, hasta aquel momento en que la estaba tratando tan mal por primera vez desde que se habían conocido. Fue al buscar una barra de labios, cuando al meter la mano en un departamento muy recóndito del bolso donde solía guardar sus potingues, se tropezó con la funda de la cámara, sin embargo no se lo dijo a él hasta la mañana siguiente.

Aquella misma noche, Olivia convirtió a las mimosas en sus flores fetiche, Raul conducía muy deprisa y una rama de ellas, de algún árbol olvidado había rozado bruscamente las ventanillas:"jodidas mimosas, odio esas flores, son estúpidas y siempre andan por ahí cruzadas". Cuando llegaron a casa él no quería ni tocarla, pero ella estaba más excitada que nunca, así que al final acabaron en la cama y haciendo el amor vehementemente, de forma que Olivia creía salir de si misma. Cuando lo hacían estando enfadados, era como si una marea embravecida los envolvíera a los dos, y ella se quedaba sumergida en la espuma, mientras él se sentía culpable por tratarla de aquella manera. Buscar cada día que se repitieran escenas como la de aquella noche, se convirtió en su principal motivación y después inconscientemente vinieron los lapsus, los descuidos que él no soportaba. Había encontrado su punto débil, aunque ella se repetía a si misma que sólo quería que la relación funcionase y no se enfríara nunca. 

 En los dos últimos meses, los olvidos de Olivia eran cada vez más frecuentes; eran cosas sin importancia, pero que hacían a Raul salir de sus casillas. Luego estaban lass mimosas, como un obstáculo entre los dos insalvable. Cuando no había otra cosa, siempre estaban allí, dispuestas a ponerle de mal humor
                                                         -¿Piensas cambiar esas flores alguna vez?, son pestilentes, -le dijo Raul apenas entró y la vió contemplando el ramo de mimosas.
                                                          -las tiré esta mañana, por eso me extraña tanto que estén aquí.
                                                          -te olvidarías como simpre te olvidas de todo.
 Raul había salido  de casa a las siete de la mañana y le había vociferado a ella, que aún estaba adormilada que tirara aquel ramo de una vez o haría algún conjuro para hacer desaparecer de la faz de la tierra todos los árboles de mimosas existentes.
                                                          -Todavía no ha pasado el camión de la basura, bajaré y te demostraré que las flores están abajo, en el contenedor.
                                                          -¡Estás como una cabra!, si fueras una mujer normal, te gustarían las rosas como a todas, pero te gusta sacarme de quicio con las mimosas y te estoy empezando a odiar casi tanto como a ellas.
                                                           -Te juro que las tiré, esta misma tarde iba a comprar unas frescas, bajaré... están en el contenedor, seguro...

 Olivia bajó por las escaleras, sólo eran dos pisos y no quiso esperar el ascensor, que siempre estaba en el último, lo hizo corriendo y a punto estuvo de caerse.
 Mienras tanto, Raul se sirvio una copa de whiskey con menos hielo de lo habitual, apenas le dió el primer sorbo sonó el teléfono y vio que era el número de la oficina de Olivia, estuvo tentado a no contestar, pero descolgó el auricular.
                                                          -Si, diga...
                                                          -¿Eres tú Raul?, soy Elena, ¿va todo bien?, en realidad quería saber cómo estabas, pero veo que ya en casa, ¿te dieron ya el alta?, ¡que bueno!
 Raul se acercó sin soltar el teléfono, a la ventana y contempló extrañado como Olivia permanecía mirando el contenedor y parecía intentar rebuscar en el interior, después la vio darse la vuelta derrotada y caminar hacia la casa.
                                                        -¡Eh..., si!, dime Elena, ¿por quién preguntabas?
                                                        -Nada hombre, es que como Olivia se marchó esta mañana tan apresurada porqué te habías puesto enfermo, quería saber cómo estabas, pero ya veo qué estás bien.
Raul estimó que su mujer ya debería haber entrado, sin embargo todavía no lo había hecho y volvió a mirar por la ventana.
                                                        -Si... estoy bien, fue.. una falsa alarma, oye, tengo que dejarte, otro día hablamos.
La puerta acababa de abrirse y la mujer que había entrado no parecía la misma que hacía un momento contemplaba las mimosas; estaba despeinada, y se había quedado blanca. Caminó despacio hacia la mesa, cogió el ramo y lo volvió a meter en una bolsa como había hecho aquella mañana...
                                                        -¿Qué tal el trabajo?, habrá sido un día durísimo no, teniendo en cuenta que has andado de hospitales porque me he puesto enfermo, ¡estarás agotada!
                                                        -Bueno, ha sido una suerte que te recuperaras, pero si, me he llevado un buen susto.
                                                        -¡Vaya!, seguimos con cachondeo no, ¿dónde has estado toda la mañana?, Elena dice que te has ido porque yo me había puesto enfermo, encima de estar loca eres una mentirosa, ¡me he llevado una joya!
                                                         -Tengo que salir...
 Él no se lo impidió, -seguramente esta chiflada irá a comprar más de esas horribles flores, sólo por fastidiar.
 Cuando el timbre sonó, él la volvió a maldecir:" seguro que se ha olvidado las llaves, ¡idiota!"
                                                         -¡Hola!, soy el vecino del sexto. esta mañana he visto a su mujer sacar unas flores marchitas del contenedor, me produjo mucha ternura y había pensado con su permiso claro, ya que está usted aquí, regalarle este ramo. Al poco de verla, decidí ir a comprarlas y espero que le gusten.
 El anciano de unos setenta años sujetaba aquel ramo de mimosas con aplomo y hablaba con una cierta cadencia que Raul no supo especificar, pero que le hizo mantenerse callado y aceptar el ramo sin poner objeción alguna.
                                                           -¡Muchas gracias!, se las daré de su parte en cuanto venga.
                                                           -Si, la suelo ver en el mercado comprando mimosas y siempre me pone un ramito en la solapa, ¡es un encanto!, dice que a usted le gustan mucho y que nunca deben de faltar en su casa, porqué gracias a ellas son ustedes muy felices.

 Raul nunca se había sentido tan mal como en aquel momento, ni tan estúpido sujetando aquel ramo y sin saber que hacer con él, pero instintivamente lo colocó en el jarrón que su mujer había dejado vacío tan sólo hacía unos minutos... 
Cuando Olivia llegó, tanía peor aspecto aún que cuando había salido de casa, tan sólo unas horas antes. Pero lo hizo sin las flores, porqué cuando recordó que tenía que comprarlas, ya no quedaban; se le había hecho muy tarde dando vueltas desorientada y le costó al final recordar donde vivía. Raul ya había preparado la mesa e improvisado una cena con velas y todo. Estaba más tranquilo a pesar que ya se había tomado unos cuantos whiskeys. Ella apareció sobre las nueve y le dijo que había pasado la tarde jugando a las cartas con su madre, y él, obvió que la mujer llevaba muerta ya más de un año y no quiso discutir con ella. Se juró que ya nunca más se enfadaría por nada y le prometió que jamás se metería con sus mimosas. Olivia admiró aquel ramo de flores frescas de aquel amarillo brillante, que le hizo recordar los campos de Van gogh,  pero decidió que ya no le gustaban. 
                                                                             FIN

LA NOTICIA

Llovía tanto, que el solo hecho de levantarme de la cama me deprimía. Es algo que llevo mal. Por mí, que todos los trabajos comenzaran a las tres de la tarde y yo estaría encantada. Así que me dije que porqué no ponerme enferma un solo día. Sin duda no se iba a parar el mundo. Yo estaba agotada y mis jefes llevaban tiempo advirtiéndome que me pusiera las pilas o pasaría rápidamente a formar parte de las filas del paro. Es verdad que no estaba muy motivada últimamente, pero lo que ocurrió aquel día ni siquiera me lo busqué. Fue el destino el que me lo puso en las manos. Por eso pienso que las cosas buenas de la vida vienen solas y no hay que buscarlas demasiado.

 Llamé al periódico, fingiendo una incipiente gripe que no existía y después de esgrimir una tos que sonaba más falsa que judas, colgué el teléfono sin remordimiento. Me habían dicho que era prescindible, que es lo peor que te pueden decir en los tiempos que corren, pero no me importó demasiado.

 Es difícil encontrar a gente libre por las mañanas. Todo el mundo está trabajando o en otras ocupaciones. Pero yo, sabía de una persona que había conocido no hacía mucho, que tenía todo el tiempo libre del mundo y no daba palo al agua; por eso llamé a Inés. Su marido, según me había contado era un alto cargo militar y siempre estaba fuera, nunca se les veía juntos y ella que era joven y atractiva bebía los vientos por un juez de primera instancia ya entrado en años y siempre me contaba sus correrías.
 Quedamos en la zona de Poniente, que era el lugar de moda que habían elegido los nuevos ricos para vivir, pero a mi me venía de perlas porqué quedaba muy lejos de mi trabajo y así era bastante improbable que alguien de allí me viese, teniendo en cuenta  que tenía gripe, hubiera sido bastante violento para mí. 
"La escalera de caracol" era la sidrería más famosa de  ese lugar de la ciudad. Allí la había conocido unos meses antes; una tarde que yo estaba bastante triste, porqué había cortado con mi novio que vivía en uno de aquellos pisos en forrma de barco y, allí estaba yo, cabizbaja, sentada, tomándome una sidra y llegó ella. Tengo que reconocer que me alegró el día. Era una mujer vital y siempre parecía feliz. Nos pasamos la tarde hablando de tonterías que es algo muy reconfortante cuando se tiene un trabajo responsable y se es tan prescindible como yo lo era.
 Pero aquel día había algo distinto en su mirada, y me sorprendió que no me hiciese ningún comentario sobre la ropa que llevaba o no hablara tan alto como otras veces. 
Se sentó y me preguntó así, a bocajarro:  ¿cuando pensábamos publicarlo? 
Yo, que no tenía ni puñetera idea de lo que me estaba preguntando, la miré con un gesto extraño, dándole a entender que no sabía de lo que me estaba hablando, pero ella siguió en sus trece y continuó con su discurso.
                                                          -Antonio está muy preocupado, y eso no es bueno, no debes de meterte en esos berenjenales, pero... yo te diría que siguieras adelante.
                                                          -A ver, - dije, sin saber que es lo que pasaba y un poco aturdida. No sé de qué me hablas, ¿que berenjenales?
Parecía sumida en otro mundo, en otros tiempos y hablaba sin mirarme, se había detenido en las tapas que estaban sobre la mesa y se había quedando mirando un pedacito de carne como obnubilada.
                                                          -Sabía que tarde o temprano pasaría esto, lo que no entendemos es cómo te has dado cuenta por un simple detalle. No eras la mujer idónea, no eras manipulable, ¡mira que se lo dije!, ya se sabe, los periodistas quereis carnaza y esto te hará muy conocida. No creas que no te entiendo Berta... la pregunta es si sabrás hacerlo dejándome al margen, porqué si puedes y me libras de ese cerdo para siempre, yo nunca lo olvidaré y te pagaré bien...
 Resulta muy claustrofóbico que den por hecho que tú posees conocimiento de algo de lo que no tienes ni idea, pero no nos engañemos; es la principal fuente a veces de un buen periodista, y hasta yo, que era más bien mediocre, me dí cuenta que a pesar de todo, aquel día no iba a ser ocioso para mí.
 Así que decidí seguirle el juego y averiguar que es lo que yo sabía y que iba a ser la bomba.
                                                          -Bueno Inés, no debes preocuparte, la verdad es que llevamos tiempo sobre la pista y preguntando aquí y allá...
                                                           -¿cómo que preguntando?, explícate mejor, porque si vamos a empezar con mentiras no vamos a llegar a un acuerdo eh.
Me estaba dando cuenta que iba por mal camino, pero es que no tenía ni idea de lo que me hablaba y las conversaciones entre ella y yo siempre habían sido superficiales, así que decidí cambiar de táctica, a ver si podía salir airosa y enterarme de algo.
                                                             -Tienes razón, mira vamos a juntar las dos informaciones: tu me dices lo que os preocupa y yo te digo lo que he averiguado, ¿vale?
                                                              -No , no es que lo metas en la cárcel, estoy deseando que desaparezca, lo que me inquieta es que me podais mezclar en toda esa basura, sabes... yo siempre fui conocedora de todo y por eso siempre estamos viajando, de un sitio a otro. Sabía que tarde o temprano lo descubriría alguien, pero tú, que te he tomado tanto cariño... en realidad es un trago todo esto.
 Las cosas no avanzaban y lo único que sabía hasta el momento es que se trataba de algo serio, porqué me hablaba de cárcel, o sea que seguí por ese camino.
                                                              -No, a tí no te pasará nada, pero necesito que me digas todo lo que sepas, todo lo que pueda inculparle, eres una fuente directa y con tu ayuda todo será más fácil.
                                                               -Bien, te lo contaré todo desde el principio, si, todo lo que sé.
 Yo, que siempre llevo mi grabadora en el bolso, la puse sobre la mesa y ella la miró sin ningún atisbo de temor en sus ojos.
                                                               -Entenderás que tengo que grabarte, ¿verdad?
                                                               -¡claro! 
Durante más de una hora, Inés no paró de hablar, lo hizo pausadamente, dándome detalles increibles sobre las actividades de su marido: fechas, lugares, me hablo de la escalera de caracol y de los asuntos que se fraguaban en el piso de arriba; aquella escalera de caracol que tanto me inquietaba y que daba nombre al local donde ahora ella y yo estábamos más unidas que nunca. Hubiera pensado cualquier cosa de su marido; porqué los militares me causan repulsión y bastante rechazo, no les doy ni una sóla oportunidad; pero aquello era más de lo que hubiera nunca podido imaginar. Yo había estado arriba un par de veces con mi novio y sí, tenía varias salas vips privadas, donde se podía disponer de cierta intimidad, pero yo, no le suelo preguntar a la gente con la que salgo por su pasado y si me dicen que son fontaneros me lo creo, y si me cuentan que son superman tambien. Siempre voy a lo mío y no me suelo interesar por la vida de nadie. Me preocupa sólo el aquí y el ahora y así me va.
                                                               -Sabes, todo comenzó cuando conociste a ese chico. Antonio pensaba que eras una buena opción, pero yo sabía que era peligroso porqué averigué que eras periodista. Tu novio no le dió importancia y se le veía bien contigo. No se preocupó hasta que comenzaste a vigilarle. Entonces todo se complicó y luego... fue cuando te diste cuenta... y lo descubriste. Hace sólo un par de días que nos  ha contado lo que pasó; sabía que estábais peleados, pero no pensé que fuera serio, aunque ya no sirvieras como el fín que justificaba los medios, pero...
 Empecé a entender, si, que casualidad que yo esté sóla en un bar, y venga una persona que no conozco de nada a darme palique, pero, ¿que habia descubierto?, todavía era una incógnita para mí.
                                                               -¿Y que se supone que tiene que ver él en esta historia?
                                                               -Todo, Berta todo, ¿crees que se fijó en tí por casualidad?
 Hombre, pensé yo, un poco incómoda por el comentario, tengo la esperanza todavía de que alguien se fije en mi por casualidad... 
                                                               -¿Tan raro te parece?
                                                               -no, no me entiendas mal, pero tú eras una de las chicas perfectas para el exprimento, para perpetúar la raza, ya sabes... el que fue tu novio es hijo de mi marido, y si, es médico, pero no convencional como tú piensas, participa en el proyecto con Antonio. Pero no puedes tener hijos y fue por eso que le dejaste de interesar, ¿lo pillas?
                                                                -manipulación genética, conspiración contra el gobierno, tráfico de niños, ¡una joyita!, bien... ahora queda que me digas de qué es de lo que yo me he enterado, y por favor hazlo antes de que empiece a vomitar.
                                                                 -No te hagas la tonta, te sorprendió abriendo las carpetas encriptadas. El caso es que no comprende como lo hiciste y, que no dejaras huella de haberlas desencriptado, pero dice que lo sabes todo. No sospechaba que fueras tan buena con los ordenadores, y eran documentos de alta seguridad. Por eso ha intentado comunicarse contigo pero no atiendes sus llamadas ni quieres verle. Pero dime: ¿cómo diablos lo conseguiste?
 Y recordé el día que terminamos: las cosas ya no iban bien, porqué él se había empeñado en que me quedase embarazada y yo harta de tanta insistencia le dije que era estéril, pero no había sido el único; media ciudad masculina debe de pensar que yo no puedo tener hijos porqué es lo primero que se me ocurre para quitarme el muerto de encima cuando se ponen pesados. Yo sospechaba que se veía con otra, así que entré en su ordenador; pero para eso, sólo necesité la contraseña, probé con varias y al final dí con la clave por casualidad. La había anotado en una libreta, que estaba en el escritorio y era larga y sumamente complicada. Cuando entró en la habitación me sorprendió. Yo ví que tenía un montón de carpetas encriptadas, pero ni se me pasó por la cabeza abrirlas, pensé que serían cosas de su trabajo. A mí lo que me interesaba era su correo y ví los mail con varias chicas; así que cuando entró y se me quedó mirando, para curarme en salud, comencé a atacarle: "lo sé todo, se te va a caer el pelo y nunca tendré un hijo contigo maldito naci de mierda", -le espeté. Pero es que yo tengo la costumbre de llamar nacis y bastardos a los tipos que me caen mal o cuando me enojo. Es como una frase hecha.
                                                                    -¿Cómo lo conseguí?, y me eché a reir, dando por concluida la entrevista.
                                                                    -¡Ah!, Inés, oye, que te aseguro que si puedo tener hijos, y me fui de allí, mucho más animada de lo que entré y dejándola a ella bastante sorprendida.
 
En una semana se desintegró toda la banda de resucitadores de la raza aria, y fue gracias a mí, que soy malísima con los ordenadores y mediocre como periodista. Di tantos datos de todo, que para la policía fue pan comido detenerlos uno a uno como hormiguitas. El proyecto "celeste", destinado a perpetúar la tan querida raza alemana quedó para siempre olvidado y sus integrantes fueron detenidos uno a uno. Llevaban tiempo intentando crear un nuevo mundo y, los niños muertos, procedentes casi todos de familias marginales, no se pudieron devolver a sus padres; tampoco las niñas desaparecidas durante los últimos años, pero al menos una parte de esos bastardos ya están en la cárcel. Digan lo que digan, soy muy profesional, por eso no tuve piedad con Inés; me faltaba empatía suficiente para ponerme en su lugar. Hoy vivo muy tranquila porqué han dejado de presionarme y creo que de momento, mi puesto de trabajo ya no corre peligro. Al  final les dí lo que querían: la noticia.
                                                                          FIN

COSAS QUE CONTARTE...

Desde mi ventana puedo ver el mar, tranquilo, quieto como yo y, me pregunto porqué en este lugar de la costa el agua está tan poco embravecida, tan silenciosa como tus reproches y mis palabras.
 Y de que serviría que te hablara si tú ya no me oyes, si tú ya no me ves... dices que te molesta que cambien tus recuerdos, por eso me dejas aquí junto a la ventana. Debes de pensar que tengo seis años y me entretengo con cualquier cosa o, peor aun que tengo ochenta y ya no me divierto con nada. Pero yo te hablo constantemente y hasta te grito cuando me cabreas, cuando te metes con ella en nuestra cama, o quizás no es en nuestra cama, ¡que novelera soy!, no tiene porqué ser asi, un revolcón cabe en cualquier parte. También me enfado mucho cuando me dais la comida demasiado caliente o cuando estáis tan entusiasmados el uno  con el otro que no graduais el chorro de la ducha y sale demasiado frío; peor el otro día que me echasteis agua hirviendo en la escara que tengo en la rodilla, fue terrible porqué me dolió mucho, se que no debería sentir dolor pero lo siento.
Mis brazos cada día están más débiles, si me pusieras en la silla unos cojines te lo agradecería pero no has caído en la cuenta y esa enfermera que has contratado es una inepta y bruta como ella sola. Y no veas los tirones que pega cuando me cambia los apósitos, además no me cura la úlcera que tengo en la espalda y cada día está peor, la noto más profunda, creo que tu puño cabría en ella sin mucho exfuerzo. Me ruborizo sólo de pensarlo. Lo bueno de perder la dignidad es que ya no hay que cuidar los detalles, pero me gustaría que al menos tuviera buen aspecto, todo el buen aspecto que pueda tener una escara. Quisiera que estuvieras orgulloso de lo bien que cicatrizan mis heridas pero no va a poder ser... Sabes, creo que estoy un poco celosa, no me hagas mucho caso...

Esta mañana me he despertado de buen humor, me he quedado en el día antes del accidente y en aquel entrecot tan rico que devoramos antes de ir al hotel. He pensado que si me desmenuzais bien la comida, podré masticar despacio y saborear un poco, es que estoy tan harta de purés y gelatinas que creo que me voy a negar a comerlos, pero sólo te tantearé, si veo que te enfadas volveré a los comistrajos. No quiero que me internes en una de esas clínicas para viejos y tullidos, aunque compraría unos cuantos años, con tal de recuperar mi cuerpo; luego ya vería yo como hacía para volver a gustarte. Tampoco ella es ninguna cria, creo que yo era mucho más bonita, aunque se me vea ahora tan perjudicada, si que lo era.
 Pero no sólo estoy contenta por eso, es que también me has cepillado el pelo y hasta he contabilizado el tiempo que tardaste, mentalmente. Noventa segundos que me han sabido a poco, pero mi pelo ha quedado tan bonito y suave que quiero que esto se repita todos los días y tengo mucho miedo de que mañana te olvides y me dejes en sus manos porqué tiene las uñas muy largas y me rasca demasiado, aunque bueno, la verdad es que con ella no vuela mi imaginación; la que me gustaría que volara por la ventana es ella. Si pudiera le compraría unas alas de mentira para que se estrellara y no tuviera que volver a verla. Seguro que te has dado cuenta de lo mal que me trata y las has despedido... porqué ya es tarde y no ha venido; además ya no la necesitamos...
 Me gustó que me cogieras en tus brazos y me metieras en la ducha, me gustó cuando casi me escurro y como me agarraste para que no me hiciera daño y después me abrazaste, estabas sudando tanto... aunque no fuera de excitación, pero yo quise imaginar que sí y en ese momento fui feliz.
   También me gustó la ropa que me pusiste, ¡estoy tan contenta cariño!
 Sólo necesitamos un poco de tiempo y todo volverá a ser como antes.




 Pero tu no querías que cambiasen tus recuerdos, no querías olvidar una sola de mis lunares, ¿te acuerdas?, es tan patético cuando el cerebro funciona y todo lo demás falla... Yo quería que te bastaran los míos, pero no fueron suficientes.
Hoy ha venido mi madre a verme y me estuvo echando la bronca, dice que todo el personal está muy a disgusto conmigo porqué soy una enferma muy difícil y que es muy duro cuidar de mí. Es que ahora si que hablo, ya no  me importa que mi voz suene tan rara, porqué tú ya no la puedes oir y, es cierto que me meto con todo el mundo y me paso el día insultándolos a todos, pero es que tengo derecho a estar encabronada con el mundo, ¿ no crees?
 Creo que seguirán el protocolo de aumentarme la medicación, y tengo la esperanza de que se me vaya la cabeza, o morir broncoaspirando. Es que me hace tanto daño pensar en tí... Yo teniendo tantas prisas por llegar, tú diciéndome que era pronto todavía, ¿recuerdas como te sorprendía con mi ropa interior?, pero tú ya sabes los modelitos que me gasto ahora. Lo peor es la grieta que me ha salido en la ingle, debe de ser la maldita celulosa; y justo dónde tú siempre me acariciabas, ¡tengo la piel tan sensible!, ¡como duele recordar tus dedos cerca de mi sexo, Dios!, ni siquiera puedo bajar bien la cabeza para verla, pero debe de estar muy mal porque cuando me la curan siento mucho resquemor, ¡te juro que siento dolor!, y yo, ahora contándote mis miserias... menos mal que no puedes oirme.
  Ya me paso la mayor parte del día en la cama porqué estoy toda llena de llagas, creo que has hecho bien trayéndome aquí y casi me alegro de que no vengas a verme Yo sigo contándote cosas, ya ves...
  No ceo que este sitio te gustara, huele mucho a betadine y corpitol porqué casi todo el mundo está más muerto que vivo. Se que cada día es menos agradable estar cerca de mí.


 Dice mi madre que lo mío va ir a peor y que tengo que resignarme y, que si no hubiera corrido tanto no estaría como estoy. Así que me trajo un montón de papeles para que los firmara, porqué piensa que si no mis sobrinos se van a quedar sin nada y que los niños son lo más importante; yo garabatee como pude mi firma y ella los recogió, antes de que mi mano maltrecha los dejara caer al suelo. Sabías que me ha quitado el anillo que me regalaste, dice que tengo los dedos muy deformados y me está causando heridas en las manos y, que no tiene ningún sentido que lo lleve. Creo que deberías pedírselo porqué no tendría que tenerlo ella; me gustaba llevar algo tuyo, pero está visto que ni siquiera eso me dejan tener. Luego me ha dado dos besos y me ha acariciado el pelo al despedirse, no sin advertirme que me portara bien. Después se fue hacia la puerta olvidando que era mi cumpleaños. Ya estaba a punto de abrirla, así que yo aproveché para dejar mis lágrimas a su libre albedrío, pues llevaba mucho rato reprimiéndolas, pero de repente se volvió y me miró fijamente, de manera que aunque hubiera querido no hubiera podido apartar su mirada. Yo estaba sentada justo en frente de la puerta. No sé cuánto tiempo permaneció mirándome, pero cuando me di cuenta rasgó por la mitad el montón de papeles que llevaba y los dejó caer al suelo y, se me acercó; entonces pude ver sus ojos de cerca y también vi que estaban húmedos. Lo último que recuerdo es su silueta de espaldas vertiendo agua en mi vaso. La observé mirar al vacío y luego noté que secaba sus ojos con las manos torpemente. Y como me acercó el vaso con una pajita, pero yo le dije que quería sentir el agua deslizarse por mi garganta violentamente porqué tenía muchísima sed. Sonreímos las dos y supe que ya no quedaban más cosas que contarte.
                                                                             FIN

UN REGALO ORIGINAL

Lo importante de un regalo no es el contenido, lo que entra por la vista es un buen envoltorio, unos lacitos rizados, una nota sugerente... Es como la vida, siempre nos fijamos más en lo de fuera que en lo de dentro, pero yo quería que a Julia le quedara un buen sabor de boca y me esmeré en elegirle algo realmente digno de ella. Mi hermana  se casa mañana y su madre y ella andan estos días afanosas, dejando la casa de punta en blanco. ¡Una pena que mi padre ya no esté!, yo creo que él también disfrutaría del regalo.
Aunque tengo que agradecer que me preparasen tan bien el contenido del mismo, la verdad que yo me ocupé de envolvérselo y adornárselo y, de escribirle una nota muy fraternal. Para alguien tan marujona y superficial como Julia, sabía que eso era lo primero en lo que se fijaría y le elevaría las expectativas.

 Apenas entro en el pueblo, diviso el estanque que da entrada a su casa; el agua sigue turbia y desangelada como cuando éramos niñas. En cuanto ven asomar mi coche, salen a recibirme escopetadas. Cuando las veo, ganas me dan de pegar un volantazo y llevármelas por delante, pero me contengo y freno. Mientras, ellas golpean la ventanilla como si fueran dos moscas cojoneras. Julia, que es más antigua que el papa, se queda mirándome como una idiota y me casca dos besos que me dejan aroma de aguardiente. Lo de su madre es peor y cuando me doy cuenta, me planta delante de los pies, unas horribles zapatillas a cuadros verdes y grises. -¡póntelas!, -me dice muy amable, que aquí ya empieza a refrescar y están muy calentitas.
 La muy arpía, lo que tiene miedo es que le ralle el piso con mis tacones, pero, ¡se va a joder!, porqué yo las botas no me las quito.
 Cualquiera se preguntaría que hago con ellas, si no las soporto. Bueno, al fín y al cabo, son la única familia que tengo. Y es que mi hermana se casa, y nobleza obliga a regalar el día antes de la boda.

 La culpa la tuvo mi padre, que me impuso en sus vidas por la fuerza. Con ellas me llevó, al poco de morir mi madre, y allí me quedé yo para recordarles que había tenido una amante y que sus viajes a la ciudad eran algo más que negocios.

Yo tenía seis años y Julia doce. Llegué con mis coletas y una muñeca preciosa que disfruté hasta que ella me la tiró al estanque y nunca más supe de ella.
 Apenas me vieron, me escudriñaron como a un mandril, aunque con el tiempo aprendieron a tratarme como un sapo sarnoso. Mi padre nunca se enteraba de nada, aunque he de reconocer que Manuela: su mujer, es una bruja de mucho cuidado; que me hacía carantoñas delante de él y, en cuanto se iba, me zarandeaba las coletas con tanta fuerza que me hacía llorar. La muy puñetera estaba gorda como una foca y me daba cada empujón que me hacía caerme al suelo.  

 Entro, pisando muy despacio y coloco el regalo visible para todas, quiero mantener la intriga y, no la dejaré abrirlo todavía, pero le dejo que lea la nota con un "deseo que te guste" y donde le doy las gracias por haber sido tan buena conmigo. Me ofrecen un café revenido hecho  en tartera y con manguito, y sacan de no sé dónde una botella de anís del mono que me recuerda las rosquillas que nunca me llegué a comer, porqué Manuela era muy guasona y apenas me ponía una en la boca me la volvía a quitar para dársela a mi hermana. Aun así en mi registro olfativo quedó para siempre el olor del anis que les echaba. Tampoco mi padre se enteró nunca de eso. 
 Ahora toca contar anécdotas de la infancia y me cuentan cosas que yo no recuerdo ni por asomo, pero de repente me acuerdo de como escapaba de ellas, para esconderme en la despensa y que no me azotaran con la escoba. Solía permanecer allí, hasta que mi padre llegaba, entonces yo me echaba en sus brazos y las muy perras disimulaban. No les refresco la memoria, porqué mañana Julia se casa y se la ve muy sensiblona.
  No quita ni un segundo la vista de mis mosqueteras; yo estoy muy orgullosa de ellas , porqué me costaron una pasta y me hacen un cuerpo de cine. Temo que de un momento a otro me pregunte por el precio, porqué ella es así de hortera. Pero mira mis botas, luego mira el regalo y lo que me pregunta es si lo que hay dentro es de piel. Yo aunque no quiero dar muchas pistas le contesto que sí, que piel lleva bastante. Ella sonríe y sé que ya se le está haciendo la boca agua, aunque todavía no sepa porqué.

 Me llamo Ángela como mi madre y, la recuerdo siempre muy dulce conmigo y esperando que mi padre llegara y se quedara con nosotras el fin de semana; la recuerdo contándome cuentos infantiles que recreaba con tanta gracia que más que hacerme dormir me mantenían en vela, imaginándome que yo estaba dentro de la historia, pero... un día ella se suicidó y los cuentos se acabaron para mí.

 Ahora veo a Manuela, que sigue tan gorda como siempre, juguetear con las cintas del regalo, pero yo no quiero que ande husmeando antes de tiempo, porqué siempre tuvo olfato de mastín y le gusta andar olisqueándolo todo. Así que le pido que me acerque un cenicero, para que se aleje de él cuanto antes. Enciendo un cigarrillo y le ofrezco otro a mi hermana que para mi sorpresa, acepta sin titubeos; luego, la muy cursi se toca la barriga y me suelta que dentro de poco ya no podrá fumar.
  Tengo que reconocer que fuma con cierto estilo. Y va, y me recuerda aquella vez que la tiré al estanque y de lo mucho que nos reímos. Pero aquel día, la única que me reí fui yo, al ver su cara de espanto por la humillación. Me había hinchado mucho las narices llamándame bastarda sin parar y yo, que era mucho más bajita, le puse los brazos en sus muslos y la lancé al agua de un sólo empujón.

 Ya se está haciendo tarde y creo que es hora  de abrir el regalo. No me gusta conducir de noche y como siga bebiendo anís ni voy a poder levantarme de la silla. Me acerco despacio y lo planto encima de la mesa, donde estamos charlando las dos. Me quedo unos instantes observando el rostro de Julia. Ella no puede ver lo que se esconde detrás de mis ojos, porqué nunca fue muy lista y no sabe leer entre líneas; tampoco tiene muy buena memoria y a menudo, da la impresión de que se le va la pinza. Pero yo puedo casi tocar la emoción de su cara. Cuando está contenta se le inflan los mofletes y parece un balón de futbol. Manuela ya se ha acercado también e insisto en abrir yo misma el regalo, alegando que me hace ilusión, y ellas se quedan a la espera entusiasmadas.
 Ya estoy desatando los lacitos; lo hago muy despacio, y hasta me paro, mientras sonrío. Ellas sólo miran el regalo y, no saben lo mucho que me excita el ritual. Me imagino su cara cuando vean lo que hay dentro y ya estoy empezando a sudar de puro placer.
 Ya he apartado los lazos y sólo queda el papel; levanto la cinta adhesiva con mis uñas, y enseño la caja de cartón. Pero noto que los extremos, se han impregnado de unas manchas de grasa y ellas lo notan también. Es cuestión de segundos y no les doy tiempo a pensar.
 Yo saco mi móvil del bolso, porqué un momento así, hay que inmortalizarlo... 
Disparo deprisa, casi al mismo tiempo en que levanto la tapa de la caja. Creo, que pondré la foto como fondo de pantalla del ordenador, al menos durante un tiempo. La cara que pusieron las dos cuando vieron la gloriosa cabeza de cerdo, alzarse ante nosotras como una esfinge egipcia, no tiene desperdicio. Además, una vez fuera de la caja conservaba todo su aroma y, seguro que estaba muy sabrosa.
                                                                         FIN 

UN TRATO DE SILENCIO

cuando aquella mañana, Laura corrió las cortinas, los primeros rayos casi la deslumbran; pero esa sensación le agradó. Sabía que no soportaría vivir en un sitio donde nunca se pusiera el sol. Ojeó de refilón el vestido, todavía doblado en la caja, y sonrío al comprobar lo aparatoso que era. Sin prestarle demasiada atención, lo dejó apostado en el galán de noche sin ningún tipo de cuidado de no arrugarlo.

Se había levantado de muy buen humor, pero el final del libro le había dejado un poso de tristeza y desazón. Hacía una semana, que se lo había envíado por correo el hombre con el que iba a cenar aquella noche, junto a una nota donde le sugería que lo leyera cuanto antes. No conocía bien la biografía de Ana Mendoza y de no haber sido por aquel inesperado regalo, tal vez nunca la hubiera leído, porqué a Laura las historias de la nobleza del siglo XVI y de cualquier siglo le interesaban más bien poco; pero la vida de aquella mujer fascinante la había ido enganchando casi desde el principio y había ido recreando en su mente los pasajes del libro sin creerse demasiado su historia de amor; pero de cualquier modo, pensó que de haber ocurrido así, había sido afortunada, a pesar de su fatídico final y, de llevar durante casi toda su vida un antifaz en el ojo derecho.

El vestido también había sido un regalo del misterioso hombre que la había incitado a leer el libro. Era majestuoso, pero a pesar de lo detalles recargados, pensó que después de aquella noche en que debía ponérselo para la cita; con unos cuantos arreglitos quedaría listo para lucir en cualquier otra ocasión, sin parecer que acudía a una fiesta de disfraces.

Laura no se sentía una prostituta. De aquellas citas que siempre concertaba por teléfono, nadie tenía constancia y el anonimato la hacía sentirse totalmente libre. Nadie de su familia sospechaba nada y sus compañeros de trabajo nunca se lo hubieran imaginado siquiera; pero aquel dinero fácil era como una droga para ella. La sensación de no tener que privarse absolutamente de nada, era algo a lo que no estaba dispuesta a renunciar. Al principio sólo lo hizo por ayudar a su madre y conseguirle una buena clínica de alzheimer, donde no estuviera mezclada con todo tipo de enfermos sin cuidados selectivos; pero después, se fue enganchando a aquel tipo de vida y ya no supo como dejarla. Tampoco es que se fuera con cualquiera. Ella marcaba las pautas, ella ponía las condiciones. Se repetía esto a menudo y también lo hizo aquella mañana pensando en la imposición del vestido... pero estaba intrigada y decidió que se lo pondría. Con el tiempo vió aquella manera de vivir, una vía tan lícita como cualquier otra de ganar dinero y engrosar su cuenta bancaria, que de ninguna manera conseguiría trabajando ocho horas en una oficina. Para ella resultaba muy excitante; algo bastante más gratificante que vivir durante toda una vida con un marido que con el tiempo llegaría a no soportar y con unos hijos que tarde o temprano se olvidarían de ella, y la internarían en uno de esos geriátricos donde el reloj se para y ya nadie tiene pasado; porqué ya no habría ni una sóla persona que se acordara en aquellas circunstancias, de que se había llamado Laura y había tenido una vida.

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                                            -¡Es un alivio que cenáramos en tu casa!, tengo que confesarte que me hubiese dado mucha verguenza presentarme en un restaurante con esta facha.
 Cuando Laura acabó la frase, supo que había metido la pata, pero la prudencia no era una de sus virtudes, y el vestido le estaba pesando aun más que la copiosa cena con la que aquel tipo bastante más mayor de lo que a ella le hubiera gustado, la había obsequiado aquella noche.
                                           -¿Te ha gustado el libro Laura?, -preguntó él- ignorando el comentario desafortunado de ella y centrando su mirada en el generoso escote un poco pasado de moda. 
                                             -¡me ha fascinado!, verdaderamente la historia de Ana Mendoza es inusual para la época. De haber vivido en aquel siglo me hubiera gustado parecerme a ella, bueno... no me hubiera gustado morir como ella, pero...  
Lás últimas palabras quedaron suspendidas e ignoradas por aquel hombre, que parecía importarle un comino lo que ella pensara, y Laura estaba empezando a sentirse incómoda, por la falta de compenetración en el diálogo.
                                              -Si, en efecto, "la princesa de éboli" era toda una dama de la intriga y muy bella, a pesar de faltarle un ojo. Hubiera llegado a ser reyna tal vez, si hubiera sabido mantener la boca cerrada, pero debía de aburrirse mucho en el fondo, y ya ves como acabó...
                                              -En cambio, a tí parece que te desagrada bastante, no entiendo nada, ¿ porqué me has envíado el libro precisamente a mi? 
                                              -Eres prostituta, un poco cara para mi gusto; por eso pensé que lo del libro debíamos de incluirlo en el precio, para poder centrarnos mejor, ya sabes... pero tranquila, que lo entenderás... 
                                              -¡No soy ninguna prostituta!, yo no lo veo así, pero he venido aquí para algo y, francamente, me estás aburriendo, ¡quiero acabar con esta historia ya!, así que te decides a ir al grano o yo me voy de aquí.
                                              -El trato es que te quedes unos días conmigo, aquí en mi casa; disfrutarás de todo tipo de comodidades y te pagaré tan bién que no tendrás que volver a trabajar en tu vida.
                                              -Me lo pensaré..., -contestó ella-, dibujando una leve sonrisa.
                                              -¿Me sirves una copa? -dijo después a modo de tregua.
                                              -¡Por supuesto!, tengo una sorpresa para tí, pero tendrás que esperar hasta mañana. -Corroboró él con gesto complaciente, mientras vertía el cava en las copas.
                                             
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Laura nunca se había despertado con aquel silencio. Le gustaban los ruidos, la luz que se colaba por las rendijas de las persianas, los portazos de los camiones, los gritos de los repartidores de bebidas del bar que estaba debajo de su piso. Odiaba el silencio y aquella mañana era muy oscura. Recordó el final del libro, y comprendió como se debía sentir Ana, cuando la confinan para siempre en su habitación: "¿esto es lo que me espera, la oscuridad y el silencio...? ¿ éste va a ser mi destino?"  -dijo- repitiendo las palabras de ella, cuando comprende que nunca más podrá salir de allí, y los últimos ruídos: los operarios emparedando para siempre su osadía, su valentía, sus ganas de vivir y de amar. Pero sin duda, se trataba de otro siglo... Aquella, no era su historia y sonrió...

  Se incorporó y no se sorprendió de estar sola; no era la primera vez que le ocurría, pero jamás había sentido aquel malestar. la sobriedad de la habitación, era algo a lo que no estaba acostumbrada. Realmente, parecía un patético escenario, preparado para el rodaje de una película de época, pero desprovisto de la parafernalia ornamental. Todo le pareció muy extraño, pero lo achacó a lo desagradable que había sido su cita y, aunque no le agradaba quedarse allí ni un sólo minuto más, había hecho un trato, aunque todavía no había decidido si lo podría llevar a cabo. Más que nada porqué aquel hombre le resultaba sumamente siniestro; aunque el capricho de él, de que se cubriera el ojo derecho con aquel antifaz negro en forma de corazón, había hecho más llevadero el contacto y, en su interior era como si no hubiera soportado en su totalidad, el corrosivo peso de su cuerpo.

Estaba segura, de que el tipo no tardaría en aparecer y que cuando corriera los horribles cortinajes de terciopelo verdoso, se sentiría mejor; pero se acercó hacía la ventana despacio y, antes tuvo la precaución de cubrir su cuerpo desnudo con una bata que había a los pies de la cama. -¡que detallazo!, -pensó  irónica, mientras que resueltamente se ceñía el cinturón. Caminó despacio hacia la ventana, y visualizó en su mente unos ventanales enormes, porqué las cortinas cubrían toda la pared. Agarró los cordones con firmeza y poco a poco aquel espantajo verde iba enseñando el horrible papel pintado con motivos barrocos, pero cada vez se iban deslizando más y la ventana no aparecía; tragó saliva y dió el último tirón. Pero... no había ningún hueco, ni señal de que nunca hubiera habido allí ningún tipo de ventilación.
 Laura corrió hacia la puerta y, cuando vió que estaba cerrada con llave, comenzó a golpearla una y otra vez, pero el silencio continúaba y los nudillos de los dedos comenzaron a sangrarle; gritó tan fuerte como pudo, pero sólo le respondió aquel obstinado silencio, tenía la boca seca y  desde donde estaba se veía perfectamente el lavabo del pequeño baño situado en un extremo de la habitación. Se mojó la cara y el pelo y bebió directamente del grifo hasta que el estómagó le dolió tanto que acabó encogida de dolor en un rincón del suelo.
                                            -¡El teléfono!, tengo que lla... -pronunció con un hilo de voz que apenas ella pudo oir.

MIró a su alrededor, y recordó su bolsito negro apoyado sobre el cojín, y en el bolso, su teléfono móvil y, todo ello sobre el sofá: en el piso de abajo, muy lejos de ella. Se había dado cuenta que en aquella desoladora habitación no había ningún tipo de comunicación con el exterior, pero no le extrañó; en realidad se sorprendió de no encontrar papel amarillento y un tintero colocados estratégicamente en un  horrible mueble escritorio.

Dos rejillas de ventilación sitúadas justo debajo del techo, y la débil luz amarillenta de una lámpara de noche junto a otra más tenue aún en el pequeño baño; eran la única iluminación en medio de tantas sombras. Cuando se dió cuenta de que el tiempo ya no era importante para ella, se levantó como pudo del suelo y comenzó a inspecionar los armarios. Tenía mucha hambre y no se había puesto reloj, así que no supo con exactitud cuantas horas había estado allí tirada, pero le había dado tiempo contar las diminutas baldosillas romboides del suelo del baño. Las había seleccionado por colores y había hecho una lista en su cabeza: quinientos cincuenta rombos blancos, seiscientos negros, y se había agotado antes de acabar con los circulitos que decoraban el centro de cada uno.

La estancia contaba con cuatro armarios roperos repletos de vestidos de época; una réplica perfecta de los que hubiera lucido la princesa de éboli, también había una cómoda con ropa interior y camisas de dormir. En el baño: todo tipo de productos de aseo y cuidado personal, almacenados en cuatro estanterías; daban al pequeño cubículo, apariencia de despensa. Al lado de la puerta: un curioso armario metalizado completaba la decoración. Pero no atisbaba ni rastro de comida. Por alguna razón le daba pereza abrir aquella puerta; no esperaba encontrarse nada especial, y el cansancio estaba empezando a hacer mella en sus huesos. Debía de ser tarde, pero era el hambre que sentía, la única pista que tenía de ello; porque allí dentro, no entraba ni una brizna de luz exterior.

Se tumbó en la cama, porqué aunque era consciente de lo mucho que necesitaba una ducha, sólo le quedaban fuerzas para dormir. Cuando se despertó, el tiempo seguía sin ser importante; pero fijó de nuevo su mirada en la puerta de metal y, se acercó a ella tan despacio, como cuando se había despertado allí por primera vez y, se dirigió hacía donde ella creía que había unos grandes ventanales. La abrió, y un piloto verde no paraba de parpadear,  y una enorme bandeja con comida apareció ante si, pero ya estaba fría; aun así la devoró toda en pocos minutos y volvió a colocar la bandeja en el mismo sitio en que la había encontrado. Esta vez lo inspecionó todo deteniedamente, se trataba de un ascensor de menús, idénticos a los que hay en los restaurantes y en los hospitales para transportar la comida.
                                                 -¡Todo estaba preparado! -pensó-, ese hijo de puta lo tenía todo previsto, ¡cómo he podido ser tan idiota!, ¡he caído en su trampa! -tengo que pensar la manera de escapar por ahí, -se dijo, mientras observaba el hueco y calculaba el peso que podría soportar.

 A partir de entonces, Laura asistía puntual a recoger su comida. Dejaba siempre la puerta de metal abierta y, cuando el piloto guiñaba, se acercaba presurosa. Al principio probó a gritar, pero cansada de recibir como única respuesta el sonido de su eco; pronto también dejó de hacerlo y abandonó la idea de deslizarse por allí; sabía que ni aun pesando treinta kilos podría hacerlo. Estaba sola, sola en medio del silencio y la oscuridad. Decidió que no podía haber mayor castigo que aquel, y rezó para que entraran y la manosearan y la corrompieran..., aunque fuera violentamente, pero necesitaba imperiosamente que alguien la tocara.

Ya había perdido  las esperanzas de salir de allí, y a medida que el tiempo transcurría, se fue obsesionando más por ingerir compulsivamente lo que fuera. Permanecía casi todo el rato dormida y cómo si una alarma resonara en su cerebro: se despertaba puntualmente a las horas de comer, y engullía aquellos alimentos como si fuera un animal, para minutos después vomitarlos aceleradamente; pero no era una bulimia lo que la incitaba a hacerlo. Era que había comprobado que el dolor que le producia el vómito, la ayudaba a dormir mejor y olvidarsae del tiempo. O tal vez fuera, que aquel dolor espantaba el silencio.

Una mañana se despertó, y percibió la puerta de la habitación abierta de par en par. Sobre la mesilla de noche, había un sobre y, dentro un cheque por una cantidad de dinero con tantos ceros, que le produjo casi el mismo sobresalto que cuando comprobó que allí no había ventanas. Pero Laura dejó caer el sobre al suelo y fijó su vista en la puerta de metal: la lucecita verde estaba parpadeando otra vez...
                                                             FIN

LÁGRIMAS DE COLIRIO

Violeta Gaspar fue su nombre artístico, cuando era joven. Nunca llegó a ser actriz principal; su físico y su voz acartonada con vis cómica, la encasillaron en papeles secundarios de relleno, pero tampoco ella aspiró a ser nada más. Creía conocer muy bien sus limitaciones, aunque estaba equivocada, porqué era una de las mejores actrices cómicas de reparto.
 Pero en los años setenta, ese tipo de actrices de comedia, con mucho desparpajo, eran imprescindibles para dar brillo a las protagonistas. En mi opinión, eran lo único que salvaba aquellas películas mediocres.
 Ahora rebasados ya con creces los sesenta años, malvivía como podía y prácticamente ya todo el mundo se había olvidado de ella, a pesar de haber interpretado más de cien películas. Sólamente de vez en cuando, acudía a algún programa  de radio, sin ánimo de lucro, donde se sentía cómoda contando anécdotas y se le calentaba la boca de vez en cuando.

 De su juventud no guardaba demasiados buenos recuerdos, ni a nivel personal, ni profesional; no había sido la estrella a la que le envíaban flores a diario, tampoco el sueño imposible de ningún actor famoso, ni tan siquiera el juguete roto después de haber sido utilizado.

 Sin embargo, en aquellos tiempos en que los desnudos en películas de segunda fila y la exposición de mujer objeto eran la tónica argumental de la época, hasta las mujeres sencillas como Violeta eran invitadas a fiestas después de los rodajes; siempre acompañadas de actrices bellísimas como plato principal, pero no siempre accesibles a los galanes que se volvían normales cuando dejaban de rodar las merengadas y artificiosas escenas de amor.

Antonio Felladini, era un galán italiano, que llevaba tiempo afincado en España; porqué seguramente en su pais no había sitio para él, en un cine de calidad que evidentemente le venía grande. Siempre fue más conocido por sus devaneos amorosos y fama de conquistador que por sus méritos como actor. Pero el guapo caradura que estaba siendo contratado en el cine predominante de la época, me imagino yo, que para vulgarizarlo y empobrecerlo un poco más de lo que estaba; era considerado toda una celebridad.

 Fue en una de esas fiestas, en una de esas casas de la Moraleja que con los años se convirtieron en prostíbulos de lujo; pero que entonces se utilizaban como simples picaderos, cuando Antonio y Violeta coincidieron. No estaban sólos, por supuesto: había actrices guapas, empresarios de cine grasientos, actores mediocres, otros un poco mejores y, hasta algún prometedor director de cine se había colado.
 Y el alcohol siempre  presente, iba debilitando y embruteciendo aquellas fiestas nocturnas en que ni era importante como empezaban, ni se preocupaba nadie de como terminaban. Violeta se dejaba llevar,  y con un par de copas y, seguramente, por su débil constitución, siempre acababa tumbada en uno de los cuartos de arriba; pero no precisamente acompañada, sinó que cuando  veía que no podía más; subía las escaleras tambaleándose, hasta que se encontraba con la primera habitación libre.
 Antonio se pavoneaba entre todas aquellas bellezas, mientras bebía y charlaba con sus colegas e intentaba conseguir algún papel, dándoselas de imprescindible, delante de los empresarios y directores de cine.
 Una noche y, de casualidad, vió subir a Violeta, cogida precavidamente al posamanos de la escalera, sin prestarle mucha atención. Pero aunque siempre llevaba del brazo a actrices famosas y damas de la aristocracia, no siempre conseguía llevárselas a la cama; eso, sólo formaba parte de la leyenda que le adornaba. En realidad había estado casado en cinco ocasiones, que era la única manera lícita en aquellos años de tener a una mujer gratis todos los días; aunque en alguna ocasión había pagado a prostitutas, de lujo eso sí; excepto cuando pillaba alguna en el retiro que le gustaba, entonces se cuidaba que nadie lo viese, y la subía en su flamante deportivo.

Si Violeta ahora, recordaba como naranja amarga a Antonio, no era por el poso resquemoso que deja un amor no correspondido con el paso de los años, ni tampoco por la rabia de haber sido tratada como a una mierda. Demasiado borracha estaba aquella noche, y demasiados años habían pasado para andarse con majaderías.
 Al fin y al cabo, no había sido una noche para recordar; el tipo tan sólo había entrado de puntillas apestando a whiskey y se le había tirado encima, apartando toda la ropa que le estorbaba y la había penetrado sin más. Cuando Violeta abrió los ojos como platos y lo reconocio ya era tarde para ella y, cuando lo vió alejarse y empujar despacio la puerta tras de él, ella los volvió a cerrar y pensó que tan sólo había sido el bocadillo de un hombre importante al que aquella noche no le habían servido la cena que había pedido. Así se había sentido siempre, desde que con veinte años, le dieron el primer papel de chacha paleta en una escena que apenas duró cinco minutos. Desde entonces, habían ido llegando papeles con argumentos similares, donde su voz y su talante cómico enseñaban a una actriz con mucho talento para la comedia. Era la tercera fiesta a la que acudía, cuando el incombustible Antonio la rozó durante unos minutos que no supo impedir a tiempo. Y ahora, pensaba en él con la resignación impuesta que dan las arrugas y una vida no demasiado feliz. No supo definir con precisión, el motivo de que una lágrima resbalara por su cara después de tanto tiempo.


                                    -Siéntate Violeta, no será muy diferente a cuando eras actriz.
El hombre, corpulento y con las mejillas sonrosadas, miró directamente a los ojos de la mujer, mientras ella, ocultos por las pestañas postizas, los había fijado en el centro de la papelera y se mantenía en silencio, sin dar crédito a lo que oía.
                                    -Nunca había hablado de esto con nadie -dijo ella, en un tono neutro y timorato.
                                    -¡Pues el otro día en la radio, bien que te explayaste!, pero todo tiene solución Violeta. A su viuda le ha faltado tiempo para ponerte una denuncia, pero está dispuesta a negociar, si tu te avienes, claro, ¡Yo diría que no te queda otra!, -apostilló el tipo-, mientras corría las cortinas del despacho, recargado de muebles bonitos, que no eran precisamente de Ikea.

Antonio Felladini había muerto hacía unos diez años, y su viuda veinte años más joven que él y bastante más que Violeta, vió el cielo abierto, cuando escuchó a quien ella consideraba una  insignificante actriz de reparto, relatar como su marido la había violado una noche de sarao.
                                     -¿Que tengo que hacer? -acertó a preguntar Violeta-, sin perder un ápice de timidez.
                                     -Tú, sólo llora, antes del aplauso.
                                     -¿llorar?, a estas alturas, ¿porqué tengo que llorar?                  
                                     -Porqué es lo que demanda la audiencia, y el motivo por el que te embolsarás treinta mil euros, por eso Violeta.
                                     -Su viuda Irene, se pensará perdonarte, mientras nuestros colaboradores la incitan a que lo haga, y acordará pensar en quitarte la denuncia. Ella se lleva su dinero, tu el tuyo, y nosotros hacemos nuestro programa.
                                      -¿Llorar antes del aplauso?
                                     -Si, primero te muestras borde y pones a Irene un poco nerviosa. Ella hablará del daño que le has hecho a sus hijos, y tu sacarás con disimulo el colirio de tus tetas y te lo llevarás directita al lagrimal. Después el publico aplaudirá y todos felices.
                                     -He sido actriz, no creo que haga falta colirio. -musitó-, con un punto de verguenza en la pica de la lengua.
                                    -No, no Violeta es importante que todo salga como está previsto. Tú lloras y mientras te secas las lágrimas, la cámara recogerá un primer plano tuyo, después se girará hasta donde está Irene y la cámara mostrará su mirada perdida mientras tantea perdonarte o no. La gente desde sus casas sentirá cosquilleos en el estómago cuando confieses que no lloras por lo que te hicieron, y sólo lo haces por el trauma que has causado a sus hijos contándolo. No olvides que se está olvidando ya la fiebre de haber ganado el mundial y necesitamos carnaza que vuelva a hacer encoger las tripas, nuevas emociones, no siempre las mismas historias. Vivimos tiempos de crisis Violeta, y quien sabe si todo esto te devolverá a tu profesión... quieren versionar esa serie americana, umm, si, la de las chicas maduritas, ¿sabes de qué te hablo? Corren buenos tiempos para los seriales en la cadena.
                                       -No me siento con fuerzas, ¿quién te dice qué se lo van a tragar?
                                       -Bueno, si tuvieras treinta años y un buen polvo, la cosa cambiaría, pero ahora... tienes una pinta que da pena, ¿no, esto...no has pensado en pasar por el quirófano? Das mucha lástima, pero es lo que el público quiere: oir y ver desgracias mayores de las que tienen. -concluyó- dándole a Violeta una palmadita en la espalda.
                                       -¡Irene es preciosa! ¿no debería dar pena también?
                                       -oh si, ¡esa tía tiene un polvazo!, ¡está buenísima! -balbuceo él-, mientras se subía los pantalones embutidos en su barriga, tipo fraga iribarne.
                                       - ¡las lágimas las pones tú!, -pero Irene está en boga, por lo del futbolista ese... todo esto, lavará su imagen, y ella está encantada.
                                       -¡A nuestro público femenino le revientan las calientapollas!, pero a tí te ha nacido una flor en el culo, este es un buen negocio para todos, Violeta...


Cuando hacía tan sólo dos meses, Violeta Gaspar había sido invitada a los desayunos de onda alfa, junto a dos actrices casi tan olvidadas como ella como ella, no se imaginaba que el comentario que hizo sobre Antonio, le iba a reportar unos cuantos meses de pagos de facturas atrasadas; aunque nunca se atrevió apreguntar la cantidad que Irene Casal se embolsaría. Tampoco le importaba.

El programa estrella del canal gamma, había recogido las más altas cotas de audiencia, la noche en que Violeta e Irene recordaron a Anronio Felladini. Al final, las dos mujeres se fueron cada uno por su lado; Irene, altiva y dejando entre el público un halo de bondad y comprensión indiscutible y Violeta cabizbaja, y palmeada por el presentador y colaboradores que tan magistralmente la habían acompañado en el primer papel protagonista de su vida.
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 Un beso para todas las "violetas gaspar" del mundo y para todas las actrices y actores cómicos de reparto de los años de la transición; que tanto contribuyeron a enaltecer el cine español. Sin ellos, nunca sería lo que es hoy. Y sobra decir el respeto que siento por el cine italiano, cuna de actores y directores inigualables.
                                                                   FIN

CUANDO LA LLUVIA CESÓ...

Una mañana, salí de mi casa despistada y alguien me robó el bolso. En él llevaba un calendario con los meses calurosos marcados en rojo. Un indivíduo que no alcancé a ver, arrancó las páginas y me dejó sólo las del frío invierno, con sus lluvias abundantes y alguna que otra tormenta.

Desde entonces, sólo salgo los días de lluvia, con la única compañía de mi paraguas. Me resguardo en la primera cafetería que veo, y  observo las gotas lentas y transparentes, resbalar a través de los cristales; me entretengo contemplando a otras gentes como yo y, me gusta imaginar que a ellos también les robaron el verano. Me demoro más de lo debido con el café negro, e ignorando el detalle de que nunca lo azucareo, lo remuevo compulsivamente, durante tanto rato, que cuando me lo quiero tomar ya está frío. Otras veces, juego con el humo de mi cigarro, y dibujo circulitos que se esfuman en el ambiente y, nunca sé donde van a parar. Me gustaría que al menos uno, se quedara atrapado en algún rincón próximo a mí, y poder recuperarlo, pero nunca lo consigo. Las conversaciones ajenas violan mis oídos, y yo las siento retumbar perdidas, en medio de risas circunstanciales; montones de gabardinas enfundando cuerpos como el mío y diferentes. Por un momento, fantaseo con otra época, y acaricio la idea de haber topado con uno de aquellos lujosos sitios del Madrid de los cuarenta; me siento como una espía, deambulando entre alemanes y anglos, y perdida sin saber a quien pasar información. Aún así, no quiero salir y ver lo devastado que está todo; luego, vuelvo a mirar a través de los cristales, y sólo veo la lluvia caer.

 Entonces, de alguna manera, comprendo que es el momento de pedir un whiskey y me entono, y sonrío, y todo el mundo parece notarlo; porqué de pronto todos los hombres se me acercan y me hablan; yo no sé que decir y me quedo callada, pero sigo sonríendo; mientras, unas mujeres de pelo oxigenado y labios pintados de rojo, alaban mi indumentaria. Yo extrañada, me miro y sólo veo mi mugrienta gabardina, raída por el paso del tiempo. Una de ellas se entusiama con mi sombrero; yo me lo quito y, se deshace en mis manos, dejando una estela de polvo negruzco. Todos se ríen y yo quiero irme de allí, pero sigue lloviendo mucho y decido quedarme y pedir otro whiskey.

Cuando se hace de noche quiero que todo el mundo se vaya, para poder irme yo; pero nadie parece tener prisas. Saco mi teléfono móvil; definitivamente, no son los años cuarenta; mi teléfono es de última generación. Animosa, marco números al azar pero no consigo hacer una sola llamada. Mi agenda está vacía y mi álbun de fotos también. Seguramente, ya no quedan conocidos en mi estación. Me doy cuenta, que el lugar donde estoy es humilde, aunque con notas de color, ese color que da la estridente pobreza y, donde la gente parece fácil de contentar. Pero tampoco logro encajar bien. Será porqué mi  vestido es de seda y ya no necesito sombrero. No sé dónde habrá ido a parar mi vieja gabardina, y yo no tengo pinta de misteriosa espía. No se me pasa por la cabeza coquetear, pestañeando como una idiota y que alguien se piense que se me ha metido algo en el ojo, o peor aun, que se crean que tengo un tic nervioso. No quiero que se fijen en mí, no quiero que se rían otra vez.

 Pero hubo una tarde en que la lluvia parecía amainar, y yo, tentada estuve de pasear protegida por el paraguas; pero el cielo cada vez clareaba más, y hubo un momento en que casi me ciega un arco iris. Es que no llevaba gafas de sol, por eso tuve que entrar.
Ha dejado de llover, y un ligero rayo de sol atraviesa los cristales de la cafetería, posándose justo en mi cara. Es entonces, cuando alguien me dice que todo el sol que me alcance siempre me cegará; porque me han robado los meses calurosos y ya sólo puedo ver la lluvia caer. Reconozco mi gabardina en el cuerpo de otra mujer, y comprendo que me he quedado también sin invierno.
                                                                   FIN

MI CUERPO EN SUSPENSIÓN

Me sorprendió mi propia indiferencia ante la anestesia que mi cuerpo parecía experimentar; aun así, pude sentir que estaba sola. Había algo en aquel decorado absurdo y minimalista que había hecho que la temperatura de mi cuerpo, siempre más baja de lo normal, subiera equilibradamente; sin que yo fuera plenamente capaz de distinguir la diferencia entre el calor y el frío. Mientras, mi espera, parecía no terminar. No sé cuanto tiempo pasó, no sé si el tiempo existía, si era importante. Lo único que parecía ser determinante, era la consciencia de mi cuerpo, ensamblado en algún sitio, suspendido; no tenía recuerdos entonces, ni pasado, ni presente, no sabía que había algo llamado futuro. Mas tarde me dijeron, que mi cuerpo, había quedado en suspensión.

 Una figura a la que no acerté a determiar su sexo, se me acercó. Aquella confusión ni siquiera provocó en mí curiosidad. Sólo quise saber donde estaba; la incomprensible tranquilidad que me acompañaba, tampoco me sorprendió, a pesar de que siempre he sido muy inquieta, pero en aquel momento, yo no sabía como era. Tampoco fui consciente de que no me podía mover. Separé mis labios, articulé palabras, compuse frases, que aquella especie de ser que no acerte a identificar, pareció entender perfectamente; pero yo no podía oir mi propia voz.
Sin embargo, si podía escuchar perfectamnete la suya, sonaba opaca, enlatada, impersonal. Al momento de reclamar una respuesta a mis preguntas, me olvidaba, y la respuesta que me daba, no acertaba a ubicarla en ningún sitio. Volví a quedarme sola.
En algún momento, creí haberme despertado de un mal sueño, pero no estaba sudando, como siempre que me incorporaba, tras una pesadilla. Comencé a experimentar sensaciones. Pude tocarme al fín; mi cuerpo despedía un calor agradable; pero mi ropa estaba rota, mi camiseta rasgada, justo donde empezaba a insinuarse mi pecho, lo toqué suavemente y no tenía ni un rasguño, mis piernas parecían aprisionadas dentro de mis pantalones, llenos de roturas y restos de sangre. No sentía dolor, al contrario, notaba un bienestar absoluto. Palpé mi cara y mi palma se hundió en mi mejilla derecha, pero no había sangre; sólo la osamenta desnuda de mi pómulo, desprovista de las capas de piel que deberían cubrirla. Quise gritar, y nadie parecía oirme. 
Después comencé a recordar. Pero no eran imágenes identificativas, como me hubiera gustado, sinó barridos a cámara lenta, primeros planos de mi cara, actuaciones de mi vida cotidiana. Seguía sin saber quien era. En ocasiones sentí pudor de mi comportamiento, a veces lascivo; escenas de amor o de sexo, no sé. Mi silueta de espaldas, mis brazos rodeando otros brazos, de otra silueta, cuya cara no pude ver; pero observé detenidamente sus manos posándose en mis caderas, turgentes, cálidas, pude notar su calor; sus dedos largos y delgados jugando con mi pelo, mi cuello desnudo, pude ver mi tatuaje en la nuca, pero no acerté a definirlo. De pronto mi cara frontal, impoluta, soberbia, pero sin notas de color. En otros planos, me reconocí cruel, dañina, y mi gesto se me antojaba ridículo, y ya con unas pinceladas de odio o rencor, no sé. Yo me tocaba la cara , cada vez que ante mí, pasaba un primer plano de ella. Volví a creer que todo era un sueño, y que de un momento a otro iba a despertarme aliviada, y vería de nuevo mi rostro recompuesto; me fumaría un cigarrillo y me juraría que nunca más volvería a quedarme dormida; intenté pellizcarme fuerte, muy fuerte, en alguna de las partes que mi lánguido cuerpo se dejara corromper, pero el dolor se escondía, y no me hacía daño, ni siquiera pude hacer sangrar mi piel, y si pude recordar, lo fácil que fue siempre causarme una herida.                
                                        -Quíen soy?, -me oí decir-, reconociendo mi voz, por primera vez, cuando las escenas de mi vida, dejaron de ser visibles. 
                                        -Ya no eres nadie, -contestó la voz enlatada, sin dejarse ver.
                                        -Quiero, quiero..., -sentí miedo, por primera vez, y recordé mi soledad, le puse nombre, la quise recuperar, sabía que era parte de mí, que era mi aliada, mi excusa para un comportamiento reptiliano, que nunca conseguí rectificar.
Pero seguía sin saber quien era...sólo la suma del pasado, presente y un fututo inexistente, conformaban mi sistema límbico; dominado por completo por el área septal, y abocado al rechazo de todo lo demás. Todos los afectos, sentimientos, todas las bajas pasiones quedaron en suspensión.

No supe cómo, pero percibí que de nuevo, iba escuchar algo, notaba el calor anticipado a las palabras.
                                      -Ahora entenderás porqué ya no eres nadie, ahora sabrás porqué ya no puedes volver a ser lo que fuiste.
                                      -Puedo cambiar...-contesté, sin mucha convicción.
                                      -Nunca pudiste hacerlo, nunca lograste vencer a tus impulsos, ni canalizar tus afectos positivamnete, por eso te instalaste en la locura.
                                      -No estoy loca! -grité-, dando a mi tono de voz, una cadencia enlatada también.
                                      -Fue un error, dotarte de inteligencia, fuiste incauta y desperdiciaste cada una de las habilidades que te dimos, llevarlas a cabo, sólamente te hubiera acarreado una ligera sobrecarga de estrés, pero te hubiera evitado un suicidio prematuro. Dejaste que tu instinto te dominara, hedonismo en el más puro estilo animal, y no supiste diferenciar la realidad de la fantasía, el pasado del presente, el bien del mal. Por eso ya no tienes futuro. Estás aquí porqué te has ido prematuramente, Necesitas saber lo que fuiste, pero ya no podrás recordar tu nombre.
                                      -Que estupidez! -volví a replicar yo-, -ni estoy loca, ni tengo estrés, sólo necesito un médico, un cirujano que repare mi cara, sólo unos injertos, -rematé confusa-, y la última palabra quedó oculta, y de algún modo, salió de mi boca insegura, utópica, y la última sílaba, escondida, repudiada.
                                      -Nadie puede reparar ya nada, tu tiempo ha terminado, de no haber sido así, tampoco hubieras podido soportar la visión de ti misma.
                                       -Que tontería! -insistí-, hoy en día, todo puede repararse. Y volví a dudar...

 Supe que no iba a recibir respuesta y, de alguna manera, supe también que todavía me faltaban cosas por ver; pero no me lo anunció aquel agradable calor de antes. Tuve la certeza, porqué una ola de frío recorrió mi cuerpo maltrecho, pero desprovisto de dolor.

 Las visiones volvieron, y yo me concentré. Mis dedos al volante, la capota bajada, el rojo brillante, haciendo juego con mis uñas, pintadas del mismo color; mis piernas subiendo y bajando, pisando; mis ojos controlando el velocímetro, debajo de unas gafas oscuras, demasiado oscuras; mi pelo descontrolado, bailando al ritmo de la música, muy alta, demasiado; los números saltando, la adrenalina a punto de estallar, escurriéndose entre mis dientes, dibujando una sonrisa macabra, afectada; mis manos dominando el mundo, mi mundo, y después oscuridad... como un corte de corriente, como una siega de húmeda hierba que roba la belleza de un campo frondoso. Ya no pude ver más.
               
Y aquella presencia, de nuevo dispuesta a fastidiarme, había vuelto a mostrarse.
                                   -Entiendes ahora lo que pasó?
                                   -Me imagino que tuve un accidente, pero estoy viva... No, no me he quedado paralítica, ni tetrapléjica, sólo un percance en la cara!
De pronto, creí percibir en la reaparición de aquel rosto inexpresivo y carente de significado, una mueca parecida a una sonrisa, y eso me descompuso.
                                   -Has probado a ponerte en pie?
Y caí en la cuenta, de la extraña posición de mi cuerpo, levitando como por arte de magia, suspendido en algún punto que no acertaba a concretar.
                                   -No, no, no, yo me he tocado, y mis piernas están cálidas y tengo sensaciones, sólo están magulladas. De nuevo la última palabra, quedó suspendida y abocada al vacío.
                                   -Tienes el cuello partido y una lexión medular del tipo A, irreversible, si hubieras sobrevivido, te hubieras quedado para siempre inmovilizada, también tienes la parte derecha de tu cara destrozada; los canales nerviosos, y fibras que había, han quedado inutilizados. Las conexiones nerviosas, no existen. Nunca hubieran podido injertarte nada.
                                   -Eso es imposible, noto mi cuerpo, noto... puedo mover las manos...
                                   -Eso forma parte de la ilusión, aquí no necesitas tus piernas, ni tus brazos, ni tu cara. Aquí todo está en suspensión. Aquí tu mente puede volar, sin que te hagas daño; pero es importante que sientas tu herida, aunque no te duela, y ni siquiera  puedas verla. Aquí no hay espejos, porque no importa el aspecto.
 Quise llorar, tenía esa imperiosa necesidad, pero mis ojos se negaban a derramar una sola lágrima, estaban tan secos, que temí que mis pestañas los pudieran lastimar. Me quedé en silencio, sin decir una palabra, y escuché la sentencia, aunque ya no tuve fuerzas para discutir.
                                  
                                   -Pronto acabará todo, y descansarás. Los recuerdos  que te hemos dado, sólo han sido para que te resignaras y entendieras que no es un sueño. Ya no necesitas saber más.
  
La última visión de mi misma, fue mi propio cuerpo; yo lo seguía tocando, y lo notaba cálido aún. Ya no volví a ver mi cara, sólo mi mano cubriendo aquel amasijo de huesos, donde antes había piel. Decidí cerrar los ojos, pero no me dí por vencida, ni perdí la esperanza de que al fín, todo fuera un sueño y me pudiera despertar.
                                                                           FIN