EL DESTINO EN EQUILIBRIO II

LAS MARIPOSAS SE ESCONDEN EN LA TENUE LUZ DE UN HOTEL

Algo empezaba a fallar entre los dos, a medida que las citas iban siendo menos espaciadas. Belén que era propensa a recibir respuestas acorde a sus arrebatos, no estaba del todo preparada para encajar desaires; se le hacía difícil entender que la visión que había construído en su mente de una persona fuera mudando a medida que el tiempo transcurría y quizás su primer fallo fuera dar por sentado que su mundo interior sería interpretado y comprendido por todos a medida que el contacto físico se estrechara. Nunca había podido entender que alguno de sus gestos, actitudes o frases desafortunadas pudieran molestar a alguien: ¿es que son incapaces los otros de ponerse en mi lugar?

 Iván y Belén llegaron al hotel a eso de las diez y media, antes habían estado tomando sidras en un conocido local de Cimadevilla y a la vista de la poca disposición de ella a invitarlo a cenar a su casa, Iván le propuso pasar la noche en aquel hotel sencillo pero muy limpio; un lugar bastante discreto donde las parejas pasaban unas horas o la noche entera si lo deseaban.
   
No había sabido interpretar bien el comportamiento de él durante toda la tarde, habían hablado de muchas cosas y había percibido en Iván, un exceso de confianza que fácilmente se podía confundir con eso de guardar las distancias. Habían quedado en el café Gijón como siempre y ante los mensajes cariñosos en que él le pedía que lo invitase a cenar, Belén se había empezado a sentir incómoda, "no pensará que voy a pagar yo", aunque rápidamente cayó en la cuenta de que lo que él quería en el fondo era pasar la noche con ella, "bueno, a ver que bola le coloco ahora".
 Pero lo que nunca se había podido llegar a imaginar es lo que ocurrió unas horas después, sencillamente no estaba preparada para ello.

 Mientras subían las escaleras, Belén recordó como él la incomodó diciéndole si no le daba verguenza no saber cocinar, sonrío pensando lo mucho que le gustaba a ella la cocina y como le gustaría que un día probase sus famosas croquetas de jamón: "dios, esta mentira si que me ha dolido, ¡siento que he metido la pata!"  
 El recepcionista era un hombre de unos cuarenta años, acostumbrado a ver parejas desfilar por allí, no miró especialmente a ninguno de los dos y se limitó coger la tarjeta que Iván le entregó: "¿toda la noche?, "de acuerdo, pues son cuarenta euros". Belén hizo ademán de meter la mano en el bolso e Iván con un gesto rápidamente le hizo entender que no, aquello empezaba bien: "¡para que luego diga Iroana que se quiere reír de mi y que me tengo que buscar un gigoló!"
La habitación resultaba amplia y muy agradable; los suelos estaban revestidos de moqueta rojiza y la pulcritud y el agradable olor de las sábanas invitaban a probarla cuanto aantes. Lo primero que hizo Belén fue encender un cigarrillo, a pesar de que había estado toda la tarde sin hacerlo porqué sabía que a Iván no le gustaba el olor del tabaco: "¿no habrá detector de humos, verdad"?, pero... ¿"a que no hay ni un cenicero"? y, antes de acabar la frase Iván ya le había traído uno de algún sitio, Belén eshaló el humo y, ya estaba comenzando a tocar el cielo, que unas horas más tarde le caería en picado ante sus pies.
 
La desilusión es un sentimiento muy profundo de haber esperado algo con la esperanza y seguridad de recibirlo y luego sentir que no lo hemos obtenido. En el fondo la ilusión es una anomalía de la mente; falsas expectativas que creamos en nuestro interior sobre una persona o situación y, el malestar que viene después es sólo fruto de nuestra imaginación por fantasear con lo que nunca existió.

LOS DOS LADOS DE LA CAMA

Iván contempló sin ningún pudor, como Belén se quitaba todas la ropa y se metía en la cama; él hizo lo mismo y, viéndola allí desnuda se dió cuenta que era joven todavía, tal vez más de lo que en un principio él había pensado. Su cuerpo era elástico y manejable pero sus manos estaban muy estropeadas, se había fijado en ellas en cada una de las citas que habían tenido; parecían deshidratadas y él se lo había comentado con la misma naturalidad que le piropeaba las otras cosas buenas que tenía. Ella que era muy vanidosa y gustaba de esconder sus defectos, no había tenido más remedio que confesarle que era una alergia contraída en su trabajo y le había quitado importancia, pero en realidad le acomplejaba bastante el estado de sus manos porqué sabía que era el primer delator de la edad. Esa fue de las pocas verdades que le había dicho.
 Las horas pasaban sin darse cuenta entre besos, caricias y, él la penetraba una y otra vez mientras ella se iba confíando poco a poco y en un momento dado le llamó "cariño", él le preguntó que porqué le llamaba así y, ella dándose cuenta del error cometido, le contestó que así le decía a todo el mundo, pero Iván se sintió incómodo y se quedó durante un rato mirando al vacío. La encontraba demasiado descontrolada y también le hizo ver que no debía de gritar tanto; ante tantas críticas en la coctelera mezcladas con tanto deseo por parte de los dos, Belén se estaba comenzando a poner algo nerviosa y cuando le ocurría eso, no podía evitar soltar algunas de sus perlas: "Nadie nos oye, aquí podemos hacer de todo, hasta cometer un crimen si queremos". Cuando acabó la frase, ella no podía creer que de su boca hubiera salido aquello, pero así había sido y él le recriminó que dijese aquellas cosas y le confesó que le estaba dando miedo, a lo que ella se disculpó diciéndole que era una broma; de todos modos eso no impidió que siguieran con sus juegos eróticos durante un par de horas más. Habían llegado a las diez y media y a las tres de la mañana ya estaban agotados, uno a cada lado de la cama.

Iván no hacía más que rascarse y dar vueltas pero, ya era innecesario tocar a Belén. El juego había terminado. En un momento la miró y, vió una extraña a su lado; además no podía conciliar el sueño, ella en cambio se mantenía muy quieta, alejada de él, sin atreverse a moverse. Algo estaba fallando y lo sabía, pero tenía la esperanza que cuando amaneciera las cosas se arreglaran y la magia volviera pero, eso nunca ocurrió; cuando Iván se incorporó, ella contempló su cuerpo atlético desnudo y cuando él le dijo que quería irse a dormir a su casa porqué allí no conseguía hacerlo, Belén sintió que había sido utilizada: "quédate tú a pasar la noche, -le soltó muy serio, que está pagada la habitación hasta mañana, quédate..."

 Belén estupefacta, se sentó en la cama y se contempló en el inmenso espejo; se vió gracil a la vez que patética y comenzó a gemir muy despacio, a intervalos lentos: "¿que ha pasado, hice algo que te molestó?, "¿pero porqué lloras?" -le contestó Iván, "¡joder que sensible eres!, no eres tú soy yo, ha sido la puñetera sidra".
 
Pero, ¿qué pasaba en realidad por la mente del chico para querer alejarse de allí como alma que lleva al diablo?, ¿conseguirán las lágrimas de ella conmoverle o simplemente el juego había terminado de verdad?, ¿habría sido simplemente ese su objetivo: llevarla a la cama después de tanto calentón en el asiento trasero de un coche o, algo se había removido en su interior?

La atracción surge a lo bestia, pero los mecanismos para provocarla pueden ser muy sutiles; varían notablemente según las personas que lo llevan a cabo y, todo lo que se hace para conseguir a una persona que nos atrae anula todas las reglas de sinceridad. Una vez satisfecho nuestro objeto de deseo, ¿seguimos insistiendo en demostrar los amables que somos o queda sólamente el cansancio del esfuerzo por aparentar lo que no somos?

 En definitiva, ¿vale la pena emplear tiempo y esfuerzo en que alguien se enamore de nosotros o, así estaremos cimentando el aburrido camino hacia la rutina que acabará con la atracción y por ende con el amor?, ¿deseamos de verdad que se nos llegue a ver como a un perrito necesitado de cariño?, ¿queremos que nuestra pareja dure siempre y no nos defraude o preferimos vivir en una montaña rusa?