EL DESTINO EN EQUILIBRIO PRÓLOGO

Aquella noche, el cielo estaba cubierto de estrellas. Belén que nunca solía prestarles atención, lo escudriñó sin mucho romanticismo  e interpretó aquellos destellos como el preludio de algo especial, porqué para eso, instintivamente se había detenido a mirarlos, precisamente aquella noche de abril.

 Llevaba días pegada a su teléfono móvil, subiendo el tono en cuanto se quedaba sola y bajándolo rápidamente en cuanto su marido entraba por la puerta. A priori el juego se le antojaba divertido, pero a medida que los días pasaban se sentía más indecisa o indefensa o cada vez más perdida y, la emoción del principio a medida que pasaba el tiempo se iba convirtiendo en un problema, en un laberinto sin salida del que tampoco le apetecía nada salir.

 Aquella noche en que Belén se dió cuenta por primera vez que de vez en cuando las estrellas en el cielo brillaban, había salido de su casa a las diez en punto, había pasado a recoger a su amiga Iroana y, había dormido las horas suficientes para lucir atractiva y relajada. En realidad hacía tiempo que no se sentía tan bien y cuando ella y su amiga llegaron al San Patrick todas las miradas se habían posado en ella, en sus piernas interminables y en su melena ondulada que aquella tarde se había esmerado tanto en atusar.

 Iván había llegado más o menos media hora antes que ellas y el camarero le había servido tres cervezas en vez de las dos que había pedido, así que en cuanto reparó en Belén pensó que era una buena manera de romper el hielo y no desperdiciar una de ellas, pero Belén nunca se tomaría una bebida que no fuera pedida para ella y le dijo que ni hablar y, antes de darse cuenta el chico apareció con un vodka con naranja que era su favorita, ante la mirada irónica de Iroana que parecía invisible aquella noche y en medio de las risas de sus amigos que nunca habían visto en Iván esos desvelos por una chica que acababa de conocer tan sólo hacía cinco minutos.

 Belén se había casado con Ricardo hacía cinco años y ni era feliz ni dedichada, simplemente no era, pero tampoco podía dejar de ser, así que se había resignado a una existencia aburrida o inapetente o intoxicante y, a falta de expectativas apetitosas suplía su rutina con más rutina todavía.

 Tal vez fuera esa la razón de que aquella noche le diera a Iván uno a uno los números de su móvil y no gato por liebre como hacía en otras ocasiones para no complicarse la vida. No se había sentido atraída por él al principio, tal vez lo encontraba demasiado joven o demasiado inocente o excesivamente complaciente, el caso es que cuando llegó a su casa ya de madrugada, fueron esas cualidades las que la mantuvieron pendientes de  que la luz de su teléfono se encendiera porqué ya en el ascensor se había ocupado de bajar los tonos a cero. No tuvo llamadas hasta el día siguiente, muchas llamadas que no se atrevía a contestar y muchos mensajes que tardó dos días en responder, pero aquello le confirmaba que Iván estaba realmente interesado en ella y eso de momento le bastaba.

Tendría que pasar un semana para que Belén se decidiera a tener una cita con él, le parecía muy sutil, eso de quedar con alguien a las siete para tomarse un café y, fue justo cuando estaba saliendo por la puerta cuando cayó en la cuenta de que alguien que conoces en un pub a la una de la madrugada no queda sólo para un café, "alguien que conoces una noche de copas no te verá con los mismos ojos a la luz del día", en esos pensamientos estaba cuando por arte de magia el encanto se fulminó y decidió que no lo vería aquella tarde ni ninguna otra.

 Los días siguientes se dedicó a ir de compras sin comprar nada y a leer libros en los que no lograba concentrarse y, a imaginar como hubiese sido la cita que nunca tuvo y, a prometerse a si misma que la próxima vez sería menos cobarde o a conformarse con una vida cómoda y liviana o a lamentarse y, sobre todo dedicó mucho tiempo a arrepentirse.

 Un mes después Iván había dejado de llamarla y de enviarle mensajes y a Belén ya se le había pasado la fiebre de aquella noche y apenas pensaba en él. Fue en un mercadillo mientras elegía indecisa unas pulseras cuando alguien la agarró por la cintura y, ella tardó unos segundos en volverse. Cuando lo hizo los dos se miraron largamente como aquella noche al despedirse del San Patrick: ella preguntándose si todavía la recordaría, él, convencido de que aquella mañana al fín, si se tomarían el café.