SIEMPRE JUNTOS

Lejos quedaban ya, los días en que  Armando y Blanca paseaban por el parque y tenían sueños en común, lejos la juventud y la risa de ella, que inundaba cada rincón de la casa; más lejos aún la esperanza de recomponer los pedazos de las cosas que se rompieron y nunca se pudieron reconstruir. 

  
 Armando llegó puntualmente como siempre a las diez de la noche, y colgó su gabán sobre la percha que daba entrada al salón; como siempre la casa silenciosa y, como cada noche su cena en el microondas y de nuevo el viejo mantel sobre la mesa y la botella de vino añejo y amargo cuando no se puede compartir.
 Mientras masticaba el filete y los pimientos, no pudo evitar recordar las tortillas de Blanca y, "¿si te mueres quíen me va a cocinar a mi?", y "¿ si te vas, cómo voy a vivir sin tí?", pero eran otros tiempos, y los berrinches de su esposa se recomponían con una tarde de compras y una buena cena a la luz de la luna o, con una noche de sexo cuando los besos eran besos y cuando todavía hacían planes par cuando tuvieran hijos, pero el tiempo pasaba deprisa, despiadado y voraz para alguien con una personalidad como la de Blanca. Un poco "perro del hortelano", pero en su decadencia, en su infierno particular arrastró a su marido que se había acostumbrado  a ser el paciente receptor de sus ataques de ira incontrolada. Al cabo de unas horas todo volvía a la normalidad y  se convertía en una balsa de aceite pero, un día todo cambió y Armando extrañó sus gritos y sus paranoias como nunca había imaginado.


El timbre del antiguo ático sitúado en la zona vieja de Felipe II sonó exactamente a las doce en punto de la noche, para entonces Armando ya había metido los platos sucios en el lavavajillas y, recibía a la visita con un whiskey de excelente cuerpo y mejor aroma y, había lustrado unos viejos vasos cubiertos con una fina capa de polvo por la falta de uso.
 El hombre de unos cuarenta años había entrado con paso firme y desafiante y se había sentado rápidamente antes de que hubiera sido invitado a ello; Armando repartió unas piedras de hielo y le acercó el vaso mientras sacaba de una bonita caja de madera tallada unos habanos que guardaba para ocasiones especiales. La conversación no duró más de media hora y, una vez llegaron a un acuerdo los dos hombres sellaron el pacto estrechándose las manos y  Armando una vez cerró la puerta de su casa lavó los dos vasos usados y se dispuso a acostarse, no sin dejar antes el cenicero libre de colillas y de asegurarse de que la ventana del salón quedara entreabierta.
 Blanca se despertó exactamente a las nueve en punto aquella mañana de febrero que había amanecido lloviendo y había muy poca gente por la calle. De cualquier forma ella llevaba años sin salir y el único aire que respiraba era el que entraba a través de las ventanas y tambien se permitía salir de vez en cuando a la minúscula terraza del ático, lo suficiente alto para no ser vista por nadie, porqué para el resto del mundo, ella había dejado de existir hacía ya mucho tiempo.
 Se dispuso a prepararse un frugal desayuno y después caminó hacia el baño para darse una ducha, con la precaución de cubrir antes el enorme espejo con una toalla. Como todas las mañanas, evitaba mirarse e intentaba no estar demasiado tiempo bajo el agua; el pelo ya no importaba demasiado porqué se lo había cortado al cero y no necesitaba peinarse. Su único capricho era untarse la cara con la misma crema hidratante que había usado siempre y, ni siquiera sabía porqué lo seguía haciendo.
Las pastillas para dormir que se tomaba cada noche le había dejado la cabeza un poco fuera de lugar, no obstante a las once de la mañana más o menos ya estaba sentada en su mesa camilla con su cajita de recortables. Se había construido su propio avatar y con los años lo había ido perfeccionando y allí había quedado la juventud que ella se esforzaba en conservar en su mundo imaginario. La vida real sólo le servía para subsistir, era el armazón para poder seguir viviendo su fantasías. Armando se había hecho a la idea de dejar pasar los días como si su mujer estuviera muerta y ya ni siquiera coincidían en la casa. La noche en que ella le dijo que pensaba suicidarse porque estaba comenzando a envejecer, él le propuso la vida que ahora llevaban pero toda aquella farsa le estaba pasando factura a Armando y  su corazón había enfermado irremediablemente. Hacía una semana que el médico le había dicho que le quedaban pocos meses de vida y sabía que la existencia de Blanca dependía de él, aunque ya sus vidas no se cruzaran nunca.

La noche del dos de marzo un indivíduo entró en el ático de la pareja y a la mañana siguiente los muebles estaban destrozados y había signos de tratarse de un asesinato por robo. Blanca, la mujer apareció con un tiro en la frente y la sangre había salpicado las paredes de tal forma que se necesitaron cinco limpiadoras durante dos semanas para poder quitarla y Armando el marido, en la habitación contigua presentaba dos tiros en el pecho y entre sus manos portaba la foto de una mujer hermosa de unos treinta años que sonreía.