SABOTAJE

Cuando Estela llegó al hospital, las dos chicas seguían discutiendo acaloradamente en los pasillos. La directora no dió crédito a sus oídos cuando encontró a sus dos mejores fichajes comportarse como arpías a punto de arrancarse la piel a tiras. Chesca con el uniforme desabrochado y la cara enrojecida zarandeaba el brazo de Pilar, mientras le vociferaba mil y un improperios. En cambio ésta última, bastante más taímada dejaba que unos cuantos lagrimones resbalasen por su cara, al tiempo que lejos de devolver los desaires, ponía la otra mejilla. 
                 -¡Basta ya! -estalló Estela conmocionada por las lágrimas de Pilar.
                  -¡No es culpa mía esta vez!, -inquirio Chesca con el rostro inexpresivo y sin el mínimo atisbo de compasión por su compañera.
                   -¡La tiene tomada conmigo!, yo sólo intento hacer bien mi trabajo, -dijo al fín Pilar mientras seguía llorando sin parar.
                    -¡Esto es imperdonable! -arremetió la directora dejando sobre la anatomía de Chesca una reprobadora señal de alarma sobre su futuro como enfermera.
  Aun así, ésta no hizo ni el mínimo esfuerzo por finiquitar aquella situación que tan poco la benificiaba y dando media vuelta se fue sin aclarar el porqué de aquel estallido de violencia que se había fraguado durante el turno de noche y había terminado como siempre durante los últimos meses, estrellándose contra ella. Chesca lo sabía. Sabía que nunca la creerían, que no importaban sus desesperadas explicaciones. En lo más hondo de su ser le ardía la impotencia de saber lo fácil que era para Pilar sabotear todo su trabajo sin levantar la mínima sospecha. Una extraña en su propia vida, un pájaro perdido que vuela cada noche para terminar en la misma jaula. Así se sentía aunque fuera incapaz de llorar, aunque fuera tan frágil que hasta una mosca podía hacerle daño; pero eso nadie podía intuirlo. Era tanto su afán por que nadie notara sus debilidades que ni siquiera se defendía con argumentos, ¿para qué?, pensaba que si la verad ya estaba escrita en el libro de la vida nada tenía que demostrar para rebatir la mentira, pero eso... nunca fue suficiente y seguía soportando las broncas por sus descuidos, las advertencias contínuas por su negligencia y, tenía que seguir soportando a Pilar; bastante menos impulsiva y calculadora, que sabía lo que quería y como conseguirlo. 

 Chesca había vuelto  muy cambiada después de las vacaciones de verano; algo se había renovado en el interior de la muchacha y le había dejado una pureza de espíritu que se había plasmado en su rostro, dejándole una sutil sonrisa casi perpétua. Todos se habían percatado de ello y también lo había hecho Pilar la primera noche después del asueto, que les tocó hacer una guardia juntas. Chesca la había abrazado y se había impregnado de aquel olor suyo a tabaco negro que siempre estaba adherido a su pelo. Extrañamente, aquel detalle le había dejado el cuerpo con un regusto a victoria sólo comprensible para ella que era una mujer de pequeños detalles, ya que pensaba que eran las pequeñas cosas las que definían a la persona y también las que al final quedaban en el recuerdo.
 Aquella noche cenaron un poco antes de comenzar la tarea y Chesca charló animadamente con Pilar, detallándole cada sitio donde había estado durante aquel mes de julio tan caluroso. Pilar admiró de boquilla el moreno tan intenso con que Chesca había regresado de sus vacaciones y, aunque ésta sabía a ciencia cierta que en el fondo se moría de envidia, disfrutaba enormemente al comprobar como se le torcía la boca de tanto sonreír de mala gana.
A las once de la noche, Pilar subió a revisar las plantas segunda y tercera y su compañera se quedó en la primera y, entró en la sala de curas, ya que era tarea suya preparar la medicación de los internos para el día siguiente. Chesca cerró la puerta muy despacio y encendió la tenue luz de la mesa mientras se relajaba en el sillón de cuero envejecido que había sido un capricho más de Estela, desde que se había hecho con la dirección del hospital. Sonríendo, se quedó ensimismada contemplando la rectangular vitrina de cristal donde estaba expuesta la medicación; aquella misma tarde ella había estado alli preparando las tres tomas de cada uno de los enfermos con extrema dedicación como siempre lo hacía, pero esta vez no habría errores, todo había sido revisado ya por Estela que le había dado un ultimatum a aquella chica que tan segura estaba de ser víctima de un sabotaje cada noche. La directora ante la insistencia de Chesca de que fuera revisado su trabajo para demostrar que Pilar era la responsable de tantos errores en la medicación, no tuvo más remedio que aceptar, no sin antes advertirle que si se equivocaba perdería toda su confianza y se pensaría muy seriamente la renovación de su contrato. La enfermera seguía con los ojos fijos en la vitrina y en las minúsculas cámaras que habían sido instaladas aquella tarde con extrema precisión y que abarcaban solamente el ángulo delantero de la vitrina, de manera que cualquiera que aquella noche se colacara delante de ella, sería interceptado sin lugar a dudas. En cambio el campo de visión no llegaba al lugar donde estaba sentada Chesca ni tampoco podía capturar el momento en que sacó del bolsillo de su uniforme dos colillas de ducados que colocó astutamente debajo de la mesa. Pero revisaba el reloj no sin un punto de neviosismo, no faltaba ya mucho para que Pilar terminase en las plantas de arriba y, si aquella noche decidía no sabotearla ella estaría acabada; así que cruzó los dedos y desapareció por la planta primera comenzando su trabajo por las habitaciones del fondo. Debía preparar el escenario para que todo estuviera tranquilo y Pilar pudiera campar a sus anchas; cerró la puerta y cogió el botiquín mientras el ascensor bajaba lentamente; apresuró el paso y se dispuso a tomar temperaturas y preparar las curas nocturnas. La ansiedad se apoderaba de ella y no la dejaba concentrarse en el trabajo; era tal el deseo por comprobar si la medicación seguiría como ella la había dejado aquella tarde que no podía imaginar que así fuera. Aquella noche precisamente, debería haber más errores que nunca.

A las ocho en punto, Estela tenía a las dos enfermeras en su despacho. -¡Quiero hablar con vosotras!, y su voz sonó opaca pero con un deje de satisfación que a Chesca no le pasó desapercibido.
                                       -Bien... creo que ya sé quien de vosotras dos va cubrir la plaza que tan honorablemente ha dejado libre nuestra querida Mercedes, quien tantos años ha dedicado a esta institución y que tan alto ha dejado el pabellón de enfermeras.
 Pilar con una sonrisa triunfal no dejaba de observar el rostro de Estela, buscando una mirada cómplice que no acababa de encontrar, pero Chesca no miraba nada en concreto y se entretenía con los dibujos minimalistas que decoraban las paredes de aquel despacho tan bien decorado.
 Cuando la directora le dijo que trabajaría  allí de forma permanente ya que el puesto era suyo, respiró intensamente y miró irónicamente a su contrincante, que se había quedado pálida y confusa al mismo tiempo.
 
La dos se disponían a salir, pero Estela no había terminado todavía...
                                        -¡Ah!, Pilar, ha quedado libre una plaza de limpieza, quizás te interese más que el trabajo que tienes ahora, así podrás recoger las colillas que dejas tiradas por doquier en la sala de curas. Y al fín concluyó con un "Ya podeis iros chicas"... 


 Ya estaban las dos en el quicio de la puerta y, Chesca buscó afanosamente una lágrima en el rostro de Pilar, una sola de las lágrimas que tan buen resultado le habían dado hasta entonces, pero sólo encontró un rictus de rabia contenida y silencio. Ninguna de las dos dijo nada.
                                                                         FIN


 

ALGUIEN ESTÁ LLORANDO

"La teniente Olivia Monroy era una mujer menuda y de tez muy pálida; sólo con  observar sus movimientos lentos y opacos se adivinaba que no era gustosa  de soportar largos monólogos y yo, que deseaba tanto que me escucharan, no me atreví a pronunciar una sóla palabra durante los interminables minutos que me entretuvo sentada  frente a ella. Allí me mantuve inmóvil, con las manos entrelazadas y memorizando cada uno de los mohines de su cara, esperaba que al menos alguien como yo despertara su curiosidad; al fin y al cabo, tarde o temprano dejaría de escribir y llegaría el momento en que yo tuviera algo que contar.

                                                           
 Y tenía tantas cosas que explicar; así era en las películas policiacas que tanto me gustaban donde los polis siempre dejaban que el incauto que confesaba sus crímenes (la mayoría de las veces precipitadamente, todo hay que decirlo) se explayara a sus anchas detallando cada uno de los recónditos instintos que justificaran su delito; así era siempre, pero aquella mujer no estaba en mi imaginación, ni era un personaje de ficción, era real, absurdamente real y mezquina y yo, me permitía el lujo de juzgarla a ella ante la brutal indiferencia que parecia inspirarle. 

  Olivia me miró sin mucho interés y al fín parecía que llegaba mi momento o eso creía yo, porqué apenas pronuncié dos palabras me cortó secamente y me dijo que me ciñera a los hechos y, eso consistía en decir día y hora en que ocurrieron y hora exacta en que todo terminó. Me costaba entender sus últimas palabras ya que había sido yo la que había ido voluntariamente a entregarme pero, no tuve tiempo de pensar demasiado... 

No pasaron ni cinco minutos cuando dos policías me sacaron de allí, sabía que ya no me dejarían contar mi historia. Otra mujer policía también sujetaba a mi niño mientras meneaba la cabeza de un lado a otro, después con un gesto muy delicado lo apoyó sobre un carrito que tenía  al lado de su mesa; al poco tiempo dos enfermeros que no se de dónde habían salido se lo llevaron y, yo me angustié porqué le tenían la cara cubierta por la manta con que yo tan celosamente había envuelto su cuerpecito,¡me lo van a ahogar!, pensé, mientras los dos maderos me arrastraban de muy mala manera hasta el calabozo.

 Aquel cubículo no estaba demasiado sucio pero igual olía fatal, a desinfectante o matarratas; yo que soy alérgica a los olores demasiado penetrantes comencé a estornudar hasta caer agotada en el estrecho catre. Soy tremendamente escrupulosa, así que aparté los sucios harapos y quitándome la chaqueta me tumbé encima, cuidando que mi pelo quedase debidamente apoyado sobre  ella, por si acaso había piojos o cualquier otra porquería. Me preguntaba que habrían hecho con mi hijo, sabía que no era mío, pero sólo porqué no lo había parido, pero fue mío durante un tiempo; yo le cuidé, le cambié, le alimenté y estuve con él en todo momento, ¿no consiste en eso la maternidad?, ¿no tengo yo derecho a ser madre también?, después de todo había decidido  devolverlo a sus padres pero no me dejaron explicarlo y, se lo  llevaron sin más.
 
No se que hora sería cuando me trajeron la comida, como me habían quitado el reloj, andaba algo desorientada. El funcionario abrió la puerta y se quedó mirando las mantas y las sábanas que yo había tirado al suelo; luego, dejó una bandeja con comistrajos sobre una pequeña mesa y se fue escudriñándome como si fuera una apestada. Sólamente el olor de la comida, volvió a hacerme estornudar de nuevo pero, cuando me calmé volvieron los recuerdos de mi pequeño. Me arrepentí de haberlo entregado; ahora el niño me extrañará y tal vez esté llorando, si, llorará siempre porqué ya no estoy con él."
 

 Escuché la historia de aquella mujer con  estupefacción y una dosis importante de dolor pero, al fín y al cabo es mi trabajo y, además hasta aquel momento nadie lo había hecho.
 Miranda nunca había querido tener hijos, nunca mientras fue joven y se ponía el mundo por montera. Fue después de  cumplir los cuarenta cuando se empezó a obsesionar con la maternidad; pero Miranda estaba acostumbrada a conseguir las cosas fácilmente, de una manera rápida y, aunque no era ninguna estúpida, su mente había terminado por perturbarse hasta tal punto de  pensar en robar un niño y cuidarlo durante unas semanas; después lo devolvería y en su enajenación pensó que así se arreglaría todo y saciaría su instinto maternal; ni siquiera quiso aceptar el hecho de que el niño falleciera de muerte súbita una noche. A la mañana siguiente lo envolvió en una manta y se dirigió con él en brazos a la comisaría más cercana.

 Han pasado cinco largos años y Miranda sigue interna en un psiquiátrico, preguntando por el niño a todo el que se encuentra. Mis esperanzas de que algún día se recupere están casi olvidadas; le he explicado que el niño está muerto pero ella no quiere escucharme y se va. Cuando nos volvemos a ver me vuelve a decir que necesita contar su historia porqué alguien está llorando y yo la escucho una vez más.

                                                           FIN

LA TRAMPA

Me desperté en medio de la nada. Mi cuerpo estaba entumecido y dentro de mi cabeza percibía un vacío estremecedor; como si todo lo que antes había allí dentro se hubiera evaporado, como si ya no tuviera momentos que arrancarle a la vida y algo se hubiera muerto dentro de mí.
 Lo que hubiera dado en aquel momento por devolverle la sabiduría a su dueño, por rescatar el misterio de la ignorancia, lo que hubiera dado por no haber deseado conocerlo todo y haber dejado que el destino me sorprendiera poco a poco... pero quise adelantarme a sus designios y he caído en su trampa. Ahora sé que no me sirve de nada, que no podré cambiar nada.. es desolador y a la vez irónico, pero es el precio que pagaré por mi insolencia.


Cada día de mi vida lucho incansablemente por olvidar aquella tarde en que quise jugar a ser Dios y adelantarme a sus planes y cada día compruebo lo necios que resultan mis desvaríos por intentar cambiar mi profecía. Todo lo que aquel fatídico día me anunciaron se está cumpliendo irremediablente sin que yo pueda hacer nada por evitarlo y mientras, yo juego a ser una oveja más del rebaño que vive la vida como si nada. Pero cada día sé lo que me va a ocurrir en cada momento; es como si un mecanismo en mi interior se activara más rápido que mis pensamientos y mis actos, es como si hubiera perdido totalmente el control, como si alguien manejara los hilos de mi vida y fuera sólo una marioneta en manos del destino; eso es lo que soy, un muñequito movido por hilos que ha perdido la capacidad de decidir.

Todo esto comenzó hace ya cuatro años; una tarde en que yo estaba aburrida y acepté la invitación de mi amiga para ir a ver a quien ella llamaba su consejera espiritual. Elisa no era muy dada a creer en fantasías pero sí le gustaba ser original, por eso siempre andaba metida en espiritismos y andanzas de brujerías aunque, nunca cruzaba la línea; ella siempre decía que no era bueno saber demasiado, en cambio yo ansiaba conocer lo que me deparaba la vida y, todavía no sé porqué.

Yo en aquella época dudaba si seguir con mi novio o dejarle e irme con mi amante con el que ya llevaba un tiempo clandestinamente; dudaba entre los dos porqué si los juntaba creía tener al hombre ideal, por eso no me decidía a cambiar nada y, pensé que tal vez una ayuda del más allá me ayudaría a elegir.
 Aun recuerdo las palabras de aquella mujer antes de irme de allí: "vete y no vuelvas, nada hay que puedas hacer por cambiar tu destino. Te he enseñado lo que va a ser tu vida pero nada puedo hacer ya, por ayudarte a cambiarla".

 Cuando salí de alli, las carcajadas de Elisa retumbaron en las estridentes paredes de la sala de espera, mi rostro debía de estar desencajado pero, ella que no se tomaba la vida muy en serio quiso restarle importancia y me acompañó a tomar un café ajena a lo que había ocurrido allí dentro.
 "Esta será la última vez que tomaremos un café juntas", le dije con el rostro inexpresivo mientras desde la terraza donde estábamos contemplaba los coches pasar de un lado a otro ajenos también a lo que iba a ocurrir diez minutos después. Elisa, sin prestarme demasiada atención pagó los dos cafés y cruzó la cafetería para ir al baño. Yo, me quedé mirándola pero no corrí tras ella, sólo lo hice diez minutos después como era lógico en una persona que se impacienta por la tardanza de alguien y no sabe lo que ocurre, pero yo sí lo sabía...
 Aquella fue la última vez que la ví con vida.
 Lejos de sentirme culpable, viví aquella fatídica desgracia con resignación y con la misma pena e impotencia del que ignora el porvenir. Mi cerebro no tenía tiempo suficiente para registrar los movimientos pertinentes para  adelantarse a todas las desgracias que hubiera podido evitar y lo mismo me ocurrió tan sólo dos meses después: yo había decidido dejar a mi novio y aunque sabía lo que eso me depararía, nada hice por evitarlo: una mañana empaqué mis cosas y me despedí de él para siempre: "serás muy feliz, te lo aseguro, te volverás a enamorar y dentro de poco te habrás olvidado de mí" le dije con el rostro impasible y sin derramar una sóla lágrima y, lo hice dos segundos antes de cruzar la puerta y saber que ya nunca más volvería a despertarme a su lado.
 Aquellas fueron las últimas palabras que le dije.

 Otra noche en que yo estaba en la cama con mi nueva pareja, escuchaba rutinariamente todas las patrañas que me contaba: viajes de negocios en que no podía acompañarle por lo aburridos que me resultarían, cenas de trabajo que de trabajo nada tenían y yo, sabiendo en cada momento lo que pasaba por la mente de quien en aquel momento compartía mi cama, nada hacía por evitarlo. Ni una sóla vez intenté cambiar sus planes, ni en una sóla ocasión quise adelantarme y jugar con el viento a mi favor, más bien al contrario: escuchaba sus retaílas con pasividad y esperaba con ansiedad los pocos momentos que me regalaba y le dejaban libres las otras mujeres; mientras, me llegaban aun sin quererlo  las buenas nuevas de mi anterior relación: los embarazos de su nueva novia, los éxitos profesionales que  se habían fraguado estando conmigo y que con el tiempo se materializaron en una vida estable; era como un castigo y yo que ya sabía todo eso, seguía caminando sin pararme por la línea torcida que era mi vida y que ya nunca se enderezaría. 

 Y aquí sigo, esperando... viendo pasar mi vida y sabiendo todo lo que me va a ocurrir. He pensado en fulminarla, romper con todo, rasgar la delgada línea que me ata a este mundo, pero es inútil, sé que moriré de vieja, me he visto así: desahuciada, sóla, porqué pronto voy a quedarme así, tampoco voy a hacer nada por evitarlo. Cuando él se muera dentro de muy poco, tampoco quedará mucho de mí, más que la condena y la penitencia de seguir en este mundo con los restos de mi cuerpo maltrecho. Si pudiera, debería tratar de  evitar lo que ese día va a ocurrir, pero es mi cerebro quien lo sabe; las palabras, los conatos de movimiento y los argumentos están anestesiados, desperdigados y no quieren aliarse con él.
 Soy sólo una marioneta, un muñequito movido por hilos muy finos, que ha perdido la capacidad de decidir...
                                                                  fin

EL DESTINO EN EQUILIBRIO III

CÍRCULO CERRADO

Dicen que llega un momento en que las defensas bajan tanto que el cuerpo pierde el control. Pero somos mucho más fuertes de lo que creeemos y, es en ese momento, en que el ánimo  está más bajo y uno se quiere morir cuando la adrenalina vuelve a instaurar los niveles óptimos de supervivencia. Sabemos que no nos queda otra y, que sólo si recuperamos la cordura podremos seguir adelante. Y es que en el fondo la meta siempre es la misma: conseguir ser felices, al menos un rato cada día.

La semana había sido dura para Belén y, había adoptado una postura victimista que le estaba dejando los ojos muy hinchados y muy pocas respuestas a lo que había ocurrido en el hotel. Los dos habían salido aquella noche sobre las tres de la madrugada; caminando hacia el aparcamiento casi sin dirigirse la palabra; cuando llegaron, él le abrió la puerta pero ella se limitó a coger el abrigo que estaba en el asiento de atrás y se negó a que la dejara en su casa. Iván le pidió que le diera un beso y ella arrimó la cara sin mirarle. Los dos tomaron caminos distintos: Belén convencida de que no volvería a verle, él desconcertado ante las postura caprichosa de ella.

Cuando llegó a casa, Ricardo dormía ajeno a lo que había ocurrido. Belén sin encender las luces se quitó la ropa y se metió en la cama. Los días pasaban sin que el móvil diera señales de Iván y, al cuarto día estaba convencida de que no quería ya volver a verle pero seguía esperando una llamada, un mensaje de texto, la oportunidad de ser ella quien dijese la última palabra.

Sin embargo a pesar de no entender porqué su amante había querido salir escopetado del hotel dejándola allí sóla con la excusa de que no podía dormir, ella era lo suficiente inteligente para entender que aquella cita era lo suficiente importante para haberla preparado mejor; pero para eso tendría que no haber existido Ricardo, no debería haberle mentido diciéndole que no sabía freir un huevo y, tendría que haberle citado directamente en su casa y, haber preparado el escenario debidamente; así podría haberle sorprendido con la magnífica decoración de su bonita casa, encandilarle con sus artes culinarios y hacer que se sintiera cómodo en una soberbia cama que en nada se parecía a la del hotel y, por supuesto lucir la lencería fina que nunca se ponía.
 Tal vez sí aquella tarde no hubiera empezado tan mal, la noche no hubieran acabado peor, pero también es cierto que en esa ocasión Belén no pudo elegir.
 Ricardo estaba acostumbrado a los cambios de humor de su mujer, así que no se sorprendió al verla deambular por la casa como una autómata; con los años se había hecho a sus silencios, a sus neuras y cada uno disfrutaba de su espacio sin pedirle cuentas al otro y, así vivían en armonía o eso creía él.
 
Al quinto día, Belén cogió un papel y escribió todo lo que le gustaba y no le gustaba de Iván y se convencía a si misma de que haber seguido con la relación sólo le traería problemas y, que no le convenía en absoluto; es fácil transformar en defectos las cosas que te atraen de una persona cuando crees que la has perdido o no has luchado lo suficiente para que las cosas funcionaran; el caso es que al final había llegado a la conclusión que Iván sólo le gustaba en la cama, pero lo que le aterraba era que incluso cuando no la trataba todo lo bien que ella quería la excitaba; era como un yin yang en ebullición constante: que más dá que me humille si al segundo me sube al séptimo cielo; qué importa si me ridiculiza si después se desvive por complacerme; entendió  como una persona puede llegar a depender de otra hasta perder su propia autonomía y, sentía escalofríos sólo de pensar que a ella le estuviera ocurriendo eso. El círculo se iba cerrando y, ella allí dentro sin saber que hacer.

la dependencía es un síntoma que sufren las personas que percibieron no sentirse queridas en su infancia; es terrible porqué la enseñanza que han exprimido de la vida es que hay que dar mucho para recibir algo a cambio. Estas personas dejan que los demás tomen las riendas de su vida, por eso la balanza siempre se inclina del lado contrario. Buscan estabilidad pero su frustracción no les dejará nunca encontrar el equilibrio, a no ser que logren reaccionar a tiempo. 

CUESTIÓN DE SEXO

 Y si todo se reduce a eso, ¿para que seguir buscando más?, aquella tarde en que Iván estaba de un humor de perros, se lo había dicho a Belén mientras tomaban unas sidras: "me cansais todas, al final que más da que una chica sea guapa, que sea fea, si total todo está visto ya". Ante tan desafortunado comentario, ella se había limitado a sonreír como si no estuviera implicada, como si sólo pasara por allí: pero no había sido la única metedura de pata de Belén; aquella tarde le había bailado el agua de una manera humillante, había enseñado sus cartas de una forma demencial:"mírame, ¿no ves que estoy necesitada?, guíame, señálame la senda que no te negaré nada". No necesitó decírselo con esas palabras porqué su mirada, sus gestos posturales y hasta su indifirencia hablaban a gritos.
 Los exfuerzos de Iván en las citas anteriores en conquistarla, se le antojaron aquel día ridículos; la química no existía ya y la física estaba allí, reclamando exprimirla hasta saciarse para pasar página cuanto antes.
 Estaba convencido de que él a ella sólo le interesaba como un pasatiempo, pero tampoco estaba dispuesto a permitirle que se acercara demasiado. Al fin y al cabo, ella no quería involucrarle en su vida, no se dejaba conocer; pero aquella noche en vez de un halo de misterio por descubrir, se había convertido en largas horas de sexo puro y duro, pero sólo eso y había resultado muy frustante para él.
 Quiso llamarla muchas veces e intentó mandarle mensajes sólo para saber de ella, pero nunca se atrevió. La manera en que se habían despedido aquella noche le había espantado su osadía, pero fue ella al cabo de tres meses en que nada sabían el uno del otro quien le envió un mensaje citándolo donde siempre, para hablar de algo importante según ella. Para sorpresa de Iván, que hacía ya un par de semanas que había comenzado a salir de nuevo con Lucía, su corazón le dió un vuelco y allí estuvo puntual, esperándola como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si se tratase de las primeras citas cuando tenía tanto interés en conocerla.
 Allí estaba él, en el café Gijón, sentado en una de las mesas del fondo, tomándose una coca cola y, allí seguía cuando la vió entrar veinte minutos tarde: altiva, maravillosa, pero diferente: no hubo besos pero si una sonrisa inmensa que dejaba patente su perfecta dentadura, el pelo le cubría gran parte de la cara pero sus ojos seguían sin poder esconderse y, allí estaban recordándole a él lo guapa que era.

La primavera estaba ya dejándose ver discretamente en Asturias y Belén había cambiado sus mitones negros de ante por unos muy finos de algodón. Sus manos bajo ellos le parecieron sublimes y, ella  no trataba de esconderlas como antes, en cambio gesticulaba con ellas constantemente. Era la primera vez que hablaban de cosas trascendentes e Iván se daba cuenta que la tarde había pasado casi sin darse cuenta: perfecta, aromática, sensualamente discreta. Fue precisamente aquella tarde cuando se dió cuenta que Belén era la mujer de su vida.
 Ella se levantó justo en el momento en que le propuso invitarla a cenar: "ah lo siento, tendrá que ser otro día, es que no te he contado, sabes... me casé el mes pasado, fue un flechazo y, fíjate que hoy mismo tenemos una cena, pero otro día será, por los viejos tiempos", y se despidió regalándole un par de besos: uno por mejilla.
 Él la vió alejarse cadenciosamente y volver la mirada cuando estaba a punto de salir y, todavía seguía mirándola cuando Belén se subió en un taxi y se alejó de allí, dejándole solo. Por un momento quiso volver al pasado y despuntar justo en el momento en que ella estaba sentada en la cama de aquel hotel: indefensa, llorando porqué no quería quedarse sóla. Pero ella se había ido, ya era primavera y el reloj marcaba las ocho de la tarde.


Dias después, Belén contemplaba desde la ventana como las rosas comenzaban a resurgir despues de aquel invierno que había resultado tan duro, como eran todos los inviernos en el norte; interminables. Ricardo se le acercó despacio y le rodeo el vientre mientras ambos miraban el horizonte en la misma dirección. El día acababa de amanecer y era domingo, pero lo importante es que Belén nunca se había sentido más feliz en toda su vida.

 En cualquier relación humana en que dos personas se convierten en una, el resultado siempre será dos medias personas. La esclavitud de intentar complacer a los demás a cualquier precio nos convierte más que en sensibles, sensibleros y vivimos en una sociedad en que nadie escucha a nadie. Nos gustan las personas cuando las percibimos fuertes e inalcanzables por eso deseamos lo que más nos cuenta conseguir. En cuanto lo tenemos dejamos de valorarlo porque deja de ser una meta y los seres humanos necesitamos recargarnos las pilas y derribar fronteras, necesitamos dominar la situación, poder elegir, saber que al fin la pelota después de botar sin sentido ha caído en nuestro tejado y se ha quedado ahí. 

¿Queremos de verdad conseguir el equilibrio o buscamos la inestabilidad de un columpio para caernos siempre que queramos?


                                                    FIN




EL DESTINO EN EQUILIBRIO II

LAS MARIPOSAS SE ESCONDEN EN LA TENUE LUZ DE UN HOTEL

Algo empezaba a fallar entre los dos, a medida que las citas iban siendo menos espaciadas. Belén que era propensa a recibir respuestas acorde a sus arrebatos, no estaba del todo preparada para encajar desaires; se le hacía difícil entender que la visión que había construído en su mente de una persona fuera mudando a medida que el tiempo transcurría y quizás su primer fallo fuera dar por sentado que su mundo interior sería interpretado y comprendido por todos a medida que el contacto físico se estrechara. Nunca había podido entender que alguno de sus gestos, actitudes o frases desafortunadas pudieran molestar a alguien: ¿es que son incapaces los otros de ponerse en mi lugar?

 Iván y Belén llegaron al hotel a eso de las diez y media, antes habían estado tomando sidras en un conocido local de Cimadevilla y a la vista de la poca disposición de ella a invitarlo a cenar a su casa, Iván le propuso pasar la noche en aquel hotel sencillo pero muy limpio; un lugar bastante discreto donde las parejas pasaban unas horas o la noche entera si lo deseaban.
   
No había sabido interpretar bien el comportamiento de él durante toda la tarde, habían hablado de muchas cosas y había percibido en Iván, un exceso de confianza que fácilmente se podía confundir con eso de guardar las distancias. Habían quedado en el café Gijón como siempre y ante los mensajes cariñosos en que él le pedía que lo invitase a cenar, Belén se había empezado a sentir incómoda, "no pensará que voy a pagar yo", aunque rápidamente cayó en la cuenta de que lo que él quería en el fondo era pasar la noche con ella, "bueno, a ver que bola le coloco ahora".
 Pero lo que nunca se había podido llegar a imaginar es lo que ocurrió unas horas después, sencillamente no estaba preparada para ello.

 Mientras subían las escaleras, Belén recordó como él la incomodó diciéndole si no le daba verguenza no saber cocinar, sonrío pensando lo mucho que le gustaba a ella la cocina y como le gustaría que un día probase sus famosas croquetas de jamón: "dios, esta mentira si que me ha dolido, ¡siento que he metido la pata!"  
 El recepcionista era un hombre de unos cuarenta años, acostumbrado a ver parejas desfilar por allí, no miró especialmente a ninguno de los dos y se limitó coger la tarjeta que Iván le entregó: "¿toda la noche?, "de acuerdo, pues son cuarenta euros". Belén hizo ademán de meter la mano en el bolso e Iván con un gesto rápidamente le hizo entender que no, aquello empezaba bien: "¡para que luego diga Iroana que se quiere reír de mi y que me tengo que buscar un gigoló!"
La habitación resultaba amplia y muy agradable; los suelos estaban revestidos de moqueta rojiza y la pulcritud y el agradable olor de las sábanas invitaban a probarla cuanto aantes. Lo primero que hizo Belén fue encender un cigarrillo, a pesar de que había estado toda la tarde sin hacerlo porqué sabía que a Iván no le gustaba el olor del tabaco: "¿no habrá detector de humos, verdad"?, pero... ¿"a que no hay ni un cenicero"? y, antes de acabar la frase Iván ya le había traído uno de algún sitio, Belén eshaló el humo y, ya estaba comenzando a tocar el cielo, que unas horas más tarde le caería en picado ante sus pies.
 
La desilusión es un sentimiento muy profundo de haber esperado algo con la esperanza y seguridad de recibirlo y luego sentir que no lo hemos obtenido. En el fondo la ilusión es una anomalía de la mente; falsas expectativas que creamos en nuestro interior sobre una persona o situación y, el malestar que viene después es sólo fruto de nuestra imaginación por fantasear con lo que nunca existió.

LOS DOS LADOS DE LA CAMA

Iván contempló sin ningún pudor, como Belén se quitaba todas la ropa y se metía en la cama; él hizo lo mismo y, viéndola allí desnuda se dió cuenta que era joven todavía, tal vez más de lo que en un principio él había pensado. Su cuerpo era elástico y manejable pero sus manos estaban muy estropeadas, se había fijado en ellas en cada una de las citas que habían tenido; parecían deshidratadas y él se lo había comentado con la misma naturalidad que le piropeaba las otras cosas buenas que tenía. Ella que era muy vanidosa y gustaba de esconder sus defectos, no había tenido más remedio que confesarle que era una alergia contraída en su trabajo y le había quitado importancia, pero en realidad le acomplejaba bastante el estado de sus manos porqué sabía que era el primer delator de la edad. Esa fue de las pocas verdades que le había dicho.
 Las horas pasaban sin darse cuenta entre besos, caricias y, él la penetraba una y otra vez mientras ella se iba confíando poco a poco y en un momento dado le llamó "cariño", él le preguntó que porqué le llamaba así y, ella dándose cuenta del error cometido, le contestó que así le decía a todo el mundo, pero Iván se sintió incómodo y se quedó durante un rato mirando al vacío. La encontraba demasiado descontrolada y también le hizo ver que no debía de gritar tanto; ante tantas críticas en la coctelera mezcladas con tanto deseo por parte de los dos, Belén se estaba comenzando a poner algo nerviosa y cuando le ocurría eso, no podía evitar soltar algunas de sus perlas: "Nadie nos oye, aquí podemos hacer de todo, hasta cometer un crimen si queremos". Cuando acabó la frase, ella no podía creer que de su boca hubiera salido aquello, pero así había sido y él le recriminó que dijese aquellas cosas y le confesó que le estaba dando miedo, a lo que ella se disculpó diciéndole que era una broma; de todos modos eso no impidió que siguieran con sus juegos eróticos durante un par de horas más. Habían llegado a las diez y media y a las tres de la mañana ya estaban agotados, uno a cada lado de la cama.

Iván no hacía más que rascarse y dar vueltas pero, ya era innecesario tocar a Belén. El juego había terminado. En un momento la miró y, vió una extraña a su lado; además no podía conciliar el sueño, ella en cambio se mantenía muy quieta, alejada de él, sin atreverse a moverse. Algo estaba fallando y lo sabía, pero tenía la esperanza que cuando amaneciera las cosas se arreglaran y la magia volviera pero, eso nunca ocurrió; cuando Iván se incorporó, ella contempló su cuerpo atlético desnudo y cuando él le dijo que quería irse a dormir a su casa porqué allí no conseguía hacerlo, Belén sintió que había sido utilizada: "quédate tú a pasar la noche, -le soltó muy serio, que está pagada la habitación hasta mañana, quédate..."

 Belén estupefacta, se sentó en la cama y se contempló en el inmenso espejo; se vió gracil a la vez que patética y comenzó a gemir muy despacio, a intervalos lentos: "¿que ha pasado, hice algo que te molestó?, "¿pero porqué lloras?" -le contestó Iván, "¡joder que sensible eres!, no eres tú soy yo, ha sido la puñetera sidra".
 
Pero, ¿qué pasaba en realidad por la mente del chico para querer alejarse de allí como alma que lleva al diablo?, ¿conseguirán las lágrimas de ella conmoverle o simplemente el juego había terminado de verdad?, ¿habría sido simplemente ese su objetivo: llevarla a la cama después de tanto calentón en el asiento trasero de un coche o, algo se había removido en su interior?

La atracción surge a lo bestia, pero los mecanismos para provocarla pueden ser muy sutiles; varían notablemente según las personas que lo llevan a cabo y, todo lo que se hace para conseguir a una persona que nos atrae anula todas las reglas de sinceridad. Una vez satisfecho nuestro objeto de deseo, ¿seguimos insistiendo en demostrar los amables que somos o queda sólamente el cansancio del esfuerzo por aparentar lo que no somos?

 En definitiva, ¿vale la pena emplear tiempo y esfuerzo en que alguien se enamore de nosotros o, así estaremos cimentando el aburrido camino hacia la rutina que acabará con la atracción y por ende con el amor?, ¿deseamos de verdad que se nos llegue a ver como a un perrito necesitado de cariño?, ¿queremos que nuestra pareja dure siempre y no nos defraude o preferimos vivir en una montaña rusa?







EL DESTINO EN EQUILIBRIO I

BELÉN NECESITA SER ACARICIADA
La cita no sólamente había ido bien, lo siguiente... pensó Belén en cuanto llegó a casa. Curiosamente sintió un resquicio de remordimiento que apenas le duró unos segundos, los mismos que empleó en contemplar la cara de Ricardo que como siempre seguía enfrascado en los juegos del facebook, ajeno a las andanzas de su mujer. El pobre diablo ni siquiera podía imaginar que tan sólo media hora antes Belén había estado revolcándose  en un coche con otro hombre, Allí seguía él con sus chorradas, igual que todos los días, pero eso ya no importaba. El mundo era demasiado imperfecto para encontrar todo lo que se necesitaba en una sola persona. Ahora Belén se sentía feliz y así seguiría si conseguía tiempo suficiente par los dos.

¿Habria logrado al fín el equilibrio o la caída sería tan brutal que  el cosmos entero sucumbiría a sus pies?

El juego psicológico de no intimar demasiado, de coquetear todo el rato y no interar profundamente con alguien que en realidad no necesita que le hagas un plano de tu vida, había sido un fiasco, ya que resulta que Iván ni era tan inocente como ella se pensaba y, como a ella tambien le gustaba estar  jugando a la ironía y al sarcasmo. La atracción entre los dos era evidente y a medida que se iban viendo, Belén lo encontraba más guapo, tenía ese aire de granjero despeinado, pero con clase, el típico chico bueno de peli americana, si, ya lo creo que le gustaba; mucho más de lo que había podido llegar  a imaginar, pero eso no le había impedido mentirle constantemente y, ahora que el chico se le iba metiendo poco a poco en su piel sentía una necesidad imperiosa en remendar todos los embustes con medias verdades que no echaran por tierra su castillo de naipes.
 Al principio todo había sucedido según ella lo había planeado: chico le gusta chica y la colma de piropos, atenciones, la pasea en su deportivo y la lleva siempre a sitios alejados de la ciudad, con la intimidad suficiente para no ser molestados ya que Belén intenta impresionarle ya en la primera cita diciéndole que no le gusta demasiado la gente y quiere estar sólo con él. Hasta ahí todo bien, lo malo comenzó cuando llegaron las preguntas inevitables: ¿vives sóla, estás con alguien?, ¿cuántos años tienes?, respuestas que no hubieran tenido demasiada complicación para una chica soltera y bastante más joven, pero para ella eran una punzada en su ego, ¿porqué querrá saber tanto éste?, pero si uno pregunta lo que no debe, escucha lo que no quiere, se consolaba ella después de colarle mentira tras mentira, "cómo voy a decirle yo a un chico tan joven que hace una semana cumplí trenta y seis años, mira que preguntarme la edad"... "y cómo voy a soltarle así de sopetón que tengo un marido, así no querrá nada serio conmigo y me tratará como a una fulana, no me conviene"...  y lo de vivir sola es mucho mas chic que compartir piso, hasta en eso le mintió.
 Lo que más le preocupaba a Belén era el tema de la diferencia de edad, Iroana la noche que se conocieron había sido muy clara: "ese no tiene ni treinta años, tendrá una novia de venticinco y querrá divertirse contigo, al final estarás en boca de sus amigos, nunca tendrás nada serio con él y se avergonzará de tí a no ser que quieras un gigoló, ¿crees que tendrá valor ese niñato para presentarte a sus padres?, olvídate... y no seas ingenua".
Es cierto... se recreaba Belén en sus palabras con ganas incisivas de hacerse daño, mientras Ricardo había dejado los juegos y se había metido en la cocina para impresionarla con una pizza recalentada.
 ¿Se habrá dado cuenta que ya estoy en casa?, se preguntaba a si misma mientras por otro lado controlaba los mensajes de su móvil, "¡ese capullo no da señales de vida!, ya debería de haberme mandado algo, una de esas bobadas que tanto me gustan, ¿estará perdiendo interés por mí?, "no, lo habría notado, lo tengo bien enganchado, pero si casi nos la pegamos con el coche de tanto meternos mano", "entonces... ¿porqué llevo ya una hora sin saber de él"?. "No cenaré nada" vocea Belén desde el salón, "no me encuentro bien , me meteré en la cama pronto", se dice muy bajito, sólo para ella y con esa lagrimita a punto de salir pero esperando a quedarse sóla para hacerlo.  

Una caricia es el reconocimiento de la existencia otra persona. Los seres humanos tenemos necesidad de ser reconocidos, valorados, apreciados y no ignorados.


IVÁN Y EL ENIGMA DE BELÉN

 Iván fue directo a su habitación, desde que había conocido a Belén no había vuelto a cenar en casa, y se estaba gastando el dinero con demasiada alegría pero no le importaba, "¡dios, que fogosa es y , eso que parecía tan modosita y tirando a sosa"!, "eso de que no está con nadie no me lo trago, es mentirosa como ella sóla, y rara pero está buena la puñetera, ¡está dura como una piedra!", al final no sé ni su edad, tendrá treinta y cinco o cuarenta, pero tendré que decirle que aparenta venticinco para que no se vuelva a mosquear". 
No se había enamorado todavía de ella, pero sabía que era cuestión de tiempo, la atracción entre los dos sobrepasaba los umbrales imaginables y cuando estaba con ella el tiempo no existía, le gustaban esas caídas de ojos que le recordaban a una muñeca y esa manera de vestir tan fashion, estaba harto de niñas que iban siempre embutidas en sus vaqueros para que se les notaran las curvas, y con escotes de vértigo que dejaban ver pechos excesivos y que bajo de ellos bien se podía colocar un boli sin peligro que se cayera. Ella no, con sus tetas tan pequeñitas y turgentes, ella siempre en la medida justa. "¡Que presumida es!", pensaba mientras sonreía con las manos rodeando la nuca, allí en su cama y con poco sueño todavía.
 A él, no se le escapaba el detalle de los rodeos que Belén le hacía dar para dejarla en su casa, "ni a un café me invita a subir... ¿no se avergonzará de mi?, ¡como es un poco pija"! Rápidamente se incorpora, se va a mirar en el espejo, y se pasa la mano por su barba de dos días, "si me la dejo crecer un poco, mejor"...
 A sus veintinueve años Iván no se había enamorado muchas veces, su última novia se llamaba Lucía y tenía veinte años y en cinco meses que estuvieron saliendo, no recordaba ni un sólo momemto memorable, sin embargo ahora ella no hacía otra cosa que irle detrás, pero le había prometido a Belén que no estaría con ninguna mientras se estuvieran conociendo, a lo que ella le había respondido que no le importaba que lo hiciera,
  ¿no eres celosa?  -le preguntó un día, "claro que no", le contestó ella, mintiéndole por enésima vez.

La mentira es un engaño intencionado, consciente y estudios demuestran que el ser humano tarda más tiempo mintiendo que diciendo la verdad. Yo pienso que mentir no es otra cosa que disfrazar la realidad  que nos desagrada y vestirla de los colores  que nos gustan.

EL DESTINO EN EQUILIBRIO PRÓLOGO

Aquella noche, el cielo estaba cubierto de estrellas. Belén que nunca solía prestarles atención, lo escudriñó sin mucho romanticismo  e interpretó aquellos destellos como el preludio de algo especial, porqué para eso, instintivamente se había detenido a mirarlos, precisamente aquella noche de abril.

 Llevaba días pegada a su teléfono móvil, subiendo el tono en cuanto se quedaba sola y bajándolo rápidamente en cuanto su marido entraba por la puerta. A priori el juego se le antojaba divertido, pero a medida que los días pasaban se sentía más indecisa o indefensa o cada vez más perdida y, la emoción del principio a medida que pasaba el tiempo se iba convirtiendo en un problema, en un laberinto sin salida del que tampoco le apetecía nada salir.

 Aquella noche en que Belén se dió cuenta por primera vez que de vez en cuando las estrellas en el cielo brillaban, había salido de su casa a las diez en punto, había pasado a recoger a su amiga Iroana y, había dormido las horas suficientes para lucir atractiva y relajada. En realidad hacía tiempo que no se sentía tan bien y cuando ella y su amiga llegaron al San Patrick todas las miradas se habían posado en ella, en sus piernas interminables y en su melena ondulada que aquella tarde se había esmerado tanto en atusar.

 Iván había llegado más o menos media hora antes que ellas y el camarero le había servido tres cervezas en vez de las dos que había pedido, así que en cuanto reparó en Belén pensó que era una buena manera de romper el hielo y no desperdiciar una de ellas, pero Belén nunca se tomaría una bebida que no fuera pedida para ella y le dijo que ni hablar y, antes de darse cuenta el chico apareció con un vodka con naranja que era su favorita, ante la mirada irónica de Iroana que parecía invisible aquella noche y en medio de las risas de sus amigos que nunca habían visto en Iván esos desvelos por una chica que acababa de conocer tan sólo hacía cinco minutos.

 Belén se había casado con Ricardo hacía cinco años y ni era feliz ni dedichada, simplemente no era, pero tampoco podía dejar de ser, así que se había resignado a una existencia aburrida o inapetente o intoxicante y, a falta de expectativas apetitosas suplía su rutina con más rutina todavía.

 Tal vez fuera esa la razón de que aquella noche le diera a Iván uno a uno los números de su móvil y no gato por liebre como hacía en otras ocasiones para no complicarse la vida. No se había sentido atraída por él al principio, tal vez lo encontraba demasiado joven o demasiado inocente o excesivamente complaciente, el caso es que cuando llegó a su casa ya de madrugada, fueron esas cualidades las que la mantuvieron pendientes de  que la luz de su teléfono se encendiera porqué ya en el ascensor se había ocupado de bajar los tonos a cero. No tuvo llamadas hasta el día siguiente, muchas llamadas que no se atrevía a contestar y muchos mensajes que tardó dos días en responder, pero aquello le confirmaba que Iván estaba realmente interesado en ella y eso de momento le bastaba.

Tendría que pasar un semana para que Belén se decidiera a tener una cita con él, le parecía muy sutil, eso de quedar con alguien a las siete para tomarse un café y, fue justo cuando estaba saliendo por la puerta cuando cayó en la cuenta de que alguien que conoces en un pub a la una de la madrugada no queda sólo para un café, "alguien que conoces una noche de copas no te verá con los mismos ojos a la luz del día", en esos pensamientos estaba cuando por arte de magia el encanto se fulminó y decidió que no lo vería aquella tarde ni ninguna otra.

 Los días siguientes se dedicó a ir de compras sin comprar nada y a leer libros en los que no lograba concentrarse y, a imaginar como hubiese sido la cita que nunca tuvo y, a prometerse a si misma que la próxima vez sería menos cobarde o a conformarse con una vida cómoda y liviana o a lamentarse y, sobre todo dedicó mucho tiempo a arrepentirse.

 Un mes después Iván había dejado de llamarla y de enviarle mensajes y a Belén ya se le había pasado la fiebre de aquella noche y apenas pensaba en él. Fue en un mercadillo mientras elegía indecisa unas pulseras cuando alguien la agarró por la cintura y, ella tardó unos segundos en volverse. Cuando lo hizo los dos se miraron largamente como aquella noche al despedirse del San Patrick: ella preguntándose si todavía la recordaría, él, convencido de que aquella mañana al fín, si se tomarían el café.


                                                            



 

SIEMPRE JUNTOS

Lejos quedaban ya, los días en que  Armando y Blanca paseaban por el parque y tenían sueños en común, lejos la juventud y la risa de ella, que inundaba cada rincón de la casa; más lejos aún la esperanza de recomponer los pedazos de las cosas que se rompieron y nunca se pudieron reconstruir. 

  
 Armando llegó puntualmente como siempre a las diez de la noche, y colgó su gabán sobre la percha que daba entrada al salón; como siempre la casa silenciosa y, como cada noche su cena en el microondas y de nuevo el viejo mantel sobre la mesa y la botella de vino añejo y amargo cuando no se puede compartir.
 Mientras masticaba el filete y los pimientos, no pudo evitar recordar las tortillas de Blanca y, "¿si te mueres quíen me va a cocinar a mi?", y "¿ si te vas, cómo voy a vivir sin tí?", pero eran otros tiempos, y los berrinches de su esposa se recomponían con una tarde de compras y una buena cena a la luz de la luna o, con una noche de sexo cuando los besos eran besos y cuando todavía hacían planes par cuando tuvieran hijos, pero el tiempo pasaba deprisa, despiadado y voraz para alguien con una personalidad como la de Blanca. Un poco "perro del hortelano", pero en su decadencia, en su infierno particular arrastró a su marido que se había acostumbrado  a ser el paciente receptor de sus ataques de ira incontrolada. Al cabo de unas horas todo volvía a la normalidad y  se convertía en una balsa de aceite pero, un día todo cambió y Armando extrañó sus gritos y sus paranoias como nunca había imaginado.


El timbre del antiguo ático sitúado en la zona vieja de Felipe II sonó exactamente a las doce en punto de la noche, para entonces Armando ya había metido los platos sucios en el lavavajillas y, recibía a la visita con un whiskey de excelente cuerpo y mejor aroma y, había lustrado unos viejos vasos cubiertos con una fina capa de polvo por la falta de uso.
 El hombre de unos cuarenta años había entrado con paso firme y desafiante y se había sentado rápidamente antes de que hubiera sido invitado a ello; Armando repartió unas piedras de hielo y le acercó el vaso mientras sacaba de una bonita caja de madera tallada unos habanos que guardaba para ocasiones especiales. La conversación no duró más de media hora y, una vez llegaron a un acuerdo los dos hombres sellaron el pacto estrechándose las manos y  Armando una vez cerró la puerta de su casa lavó los dos vasos usados y se dispuso a acostarse, no sin dejar antes el cenicero libre de colillas y de asegurarse de que la ventana del salón quedara entreabierta.
 Blanca se despertó exactamente a las nueve en punto aquella mañana de febrero que había amanecido lloviendo y había muy poca gente por la calle. De cualquier forma ella llevaba años sin salir y el único aire que respiraba era el que entraba a través de las ventanas y tambien se permitía salir de vez en cuando a la minúscula terraza del ático, lo suficiente alto para no ser vista por nadie, porqué para el resto del mundo, ella había dejado de existir hacía ya mucho tiempo.
 Se dispuso a prepararse un frugal desayuno y después caminó hacia el baño para darse una ducha, con la precaución de cubrir antes el enorme espejo con una toalla. Como todas las mañanas, evitaba mirarse e intentaba no estar demasiado tiempo bajo el agua; el pelo ya no importaba demasiado porqué se lo había cortado al cero y no necesitaba peinarse. Su único capricho era untarse la cara con la misma crema hidratante que había usado siempre y, ni siquiera sabía porqué lo seguía haciendo.
Las pastillas para dormir que se tomaba cada noche le había dejado la cabeza un poco fuera de lugar, no obstante a las once de la mañana más o menos ya estaba sentada en su mesa camilla con su cajita de recortables. Se había construido su propio avatar y con los años lo había ido perfeccionando y allí había quedado la juventud que ella se esforzaba en conservar en su mundo imaginario. La vida real sólo le servía para subsistir, era el armazón para poder seguir viviendo su fantasías. Armando se había hecho a la idea de dejar pasar los días como si su mujer estuviera muerta y ya ni siquiera coincidían en la casa. La noche en que ella le dijo que pensaba suicidarse porque estaba comenzando a envejecer, él le propuso la vida que ahora llevaban pero toda aquella farsa le estaba pasando factura a Armando y  su corazón había enfermado irremediablemente. Hacía una semana que el médico le había dicho que le quedaban pocos meses de vida y sabía que la existencia de Blanca dependía de él, aunque ya sus vidas no se cruzaran nunca.

La noche del dos de marzo un indivíduo entró en el ático de la pareja y a la mañana siguiente los muebles estaban destrozados y había signos de tratarse de un asesinato por robo. Blanca, la mujer apareció con un tiro en la frente y la sangre había salpicado las paredes de tal forma que se necesitaron cinco limpiadoras durante dos semanas para poder quitarla y Armando el marido, en la habitación contigua presentaba dos tiros en el pecho y entre sus manos portaba la foto de una mujer hermosa de unos treinta años que sonreía.     

LA CARRETERA

De aquella carretera recuerdo el principio, pero también aquellos largos minutos en que creí que no tendría final. A cada lado de ella había algo parecido a dunas de arena olvidada y, prados enormes con falta de siega. Tan sólo la multitud de florecillas lilas que asomaban entre la hierba y, que gracias al misterio de la noche aparecían como pequeños faros, era en realidad la única belleza que se podía dislumbrar. Apenas tenía curvas y eso me hacía concentrarme más concienzudamente en la sospecha que desde que había salido del motel me estaba corroyendo la mente muy a mi pesar. Yo miraba al hombre que estaba mi lado    intentando mitigar mis dudas pero mis ojos siempre se iban hacia el mismo lado donde hacía ya un rato largo, la visión me había hecho encoger las tripas y luego estaba el frío... aquel frío interno que no me dejaba disimular ni comportarme de una manera normal. La noche era oscura y lúgubre y a mi nunca me había parecido tan aterradora.
Mi acompañante sin embargo no despegaba la vista de la carretrera ni las manos del volante. Solamente en contadas ocasiones, soltaba una y la pasaba suavemente por debajo de mi falda, pero debía de notarme gélida y rápidamente volvía a concentrarse en la conducción; luego estaba el silencio, ya no sólo el nuestro que no habíamos cruzado palabra desde que habíamos salido de la ciudad; lo que en realidad parecía es que el mundo se hubiera terminado y sólo quedáramos él y yo a salvo, atrapados en aquel coche que parecía no llegar nunca a ningún sitio.
 Sabía que tenía que recuperar la temperatura de mi cuerpo y recomponerme; tenía que romper el hielo de una vez y estirar la mano, o despegar los labios, o abrir la puerta y arriesgarme a morir allí mismo, pero no hice nada de eso y seguí allí mirándole, mientras él parecía sumido en su mundo ajeno a mis pensamientos.
 La tormenta que llevaba rato amenazando, se convirtió en ruidosas gotas de agua que caían fuertemente sobre el cristal delantero y el movimiento del parabrisas a punto estuvo de hipnotizarme y hacer que me durmiera, pero el frío ya era insoportable y eso me mantenía alerta. A esas alturas yo estaba segura que él ya había notado mi miedo, mi cara era un libro abierto y por eso se mantenía en silencio. Seguramente ya había planeado perfectamente como deshacerse de mi. Le volví a observar, quería asegurarme que era la misma persona con quien me había acostado aquella noche; escudriñé su perfil, sus manos; sin duda eran las mismas que habían rodado por mi piel, ¿cuántas veces habría estado con él, cuatro, cinco?, en realidad no le conocía mucho y su pelo ahora me parecía menos negro, mas lacio... intenté desprenderme del cinturón de seguridad y al hacerlo de nuevo mis ojos se posaron en la bolsa de plástico que no había dejado de obsesionarme desde que me había subido en aquel coche.
 Tal vez si me hablara y se comportara de otra manera... pero no, era demasiada casualidad, lo que no entendía es porqué la había dejado tan a la vista, podía haberla guardado en el maletero o haberse deshecho de ella. Había algo que no cuadraba o quizás mi suerte ya estaba echada desde hacía tiempo y ya nada importaba...
 Los minutos pasaban despacio y la carretera me seguía pareciendo inmensa e interminable, cerré los ojos por un espacio muy breve de tiempo y cuando los abrí vi la luz: un control de carretera se divisaba desde lejos y el movimiento entre neblinas y lluvia de los chalecos reflectantes de los agentes me hicieron recuperar un poco de la temperatura del cuerpo que había perdido. 
Él aminoró la velocidad y echó un vistazo a mi cinturón de seguridad, pero yo no lo había soltado, ensimismada en la visión de la bolsa y su contenido; entonces tampoco abrió la boca y continuó conduciendo con total tranquilidad sin prestarle ninguna atención a lo que a mi tanto me preocupaba. Aquello me pareció extraño pero por otro lado no debía de temer nada ni esperar que hicieran un registro, o tal vez estaba tan enajenado que no sopesaba las consecuencias de sus actos, pero ya estábamos llegando y yo me sentía a salvo. Ya no importaba nada.
 Cuando el coche paró, yo me solté rápidamente del cinturón y salí escopetada sin ni siquiera recoger mi bolso del asiento de atrás. Recuerdo las caras de asombro de la guardia civil y cómo me acribillaron a preguntas, recuerdo también como hicieron al que hacía tan sólo una hora había sido mi amante, salir del coche con las manos en alto y como lo cachearon de arriba abajo. Me veo a mi misma, todavía en ocasiones señalando la dichosa bolsa de plástico y gritando como una posesa que aquel tipo era el asesino de la niña desaparecida. Había llegado a esa conclusión escuchando las noticias y deduciendo que si de una bolsa de hipermercado asomaba un anorak azul manchado de rojo, por fuerza se trataba de un psicópata que andaba por ahí con ropa manchada de sangre. A mi favor diré que el anorak en cuestión, era del mismo azul que el que llevaba puesto la niña cuando desapareció. La fotografía había sido expuesta una y mil veces en la televisión y tengo que reconocer que me sugestioné.
 Todavía hoy me da mucha verguenza recrear en mi mente como uno de los agentes sacaba la bolsa del coche con su contenido: un anorak enorme manchado de pintura bermellón, un rodillo, varias brochas y unos guantes... pero, claro yo, sólo había visto lo que asomaba por un extremo así que imaginé la película y lo pasé realmente mal haciendo todo tipo de cábalas. Lo cierto es que el tipo era extraño y el silencio en medio del asfalto ayudo mucho a mis fantasías.
  Al cabo de unos días ya más tranquila, no pasé por alto el hecho de que cuando salí cogida de su brazo del motel, me había dicho que iríamos al cine pero, apenas nos adentramos en el aparcamiento, cambió de dirección, aceleró y me dijo que tenía una sorpresa para mí. Esas fueron sus últimas palabras. 

                                                   FIN 

SIETE DÍAS CON TERESA

"Crecí cerca de pinos y abedules en la parte baja de un pueblo que hoy ya no existe, por arriba se extendía una carretera llena de curvas que adentraba en los pueblos de alrededores: todos tan pequeños como Celleruelo y destinados a quedarse algún día vacíos y olvidados.
 Una vez viví en una casa rústica y bonita que tenía techos muy altos y un vistoso balcón plagado de hortensias multicolor y buganvillas, pero yo fantaseaba con la pequeña casita que había al otro lado del río; un día la pinté para poder mirarla por la noche, cuando las ventanas se cerraban y dejaba de ser visible para mí".



 El hospital de San Yelmo estaba sitúado en las afueras de la ciudad, era colosal y majestuoso y hacía muy poco tiempo que se había inagurado; los inmensos jardines hacían olvidar lo que se escondía detrás de sus paredes, sólo el caminar indeciso de los residentes recordaba que no era un hotel de lujo, sinó una fortaleza abierta a la desesperación.
 Llego puntual a mi primer día de trabajo. Una secretaria bastante estirada me indica donde está el despacho del director y me avisa también de que ya me está esperando desde hace rato.



 "Es invierno y hace mucho frío, mi madre asusta las lentejas  por tercera vez. Huelen muy bien porqué siempre las hace en la cocina de leña  a fuego muy lento, mientras, mi padre lee el periódico dominical; poco  después sale al balcón con la excusa de fumarse un cigarro, pero yo lo veo mirar de reojo la casa que a mí me fascina".

 La puerta del despacho está entreabierta y yo entro tímidamente. Pasan unos cinco minutos antes de que el doctor Vicente Aranda se percate de mi presencia, cuando lo hace inclina levemente la cabeza para que me siente y me acerca un montón de informes y fichas médicas. El director es alto y atractivo, aún no lo he visto de pie, pero puedo adivinar que es muy alto, tiene unas manos enormes y no lleva ningún anillo, pero sus uñas están muy cuidadas. Siempre me fijo mucho en las manos.
                                                   -la paciente se llama Teresa Vallejo, -me dice al fín, -ingresó aquí hace una semana, después de rodar por geriátricos  de mala muerte, por lo que se vé alguien está interesado en pagar su estancia aquí, así que quiero seguimiento contínuo y preciso y sobre todo, quiero resultados.
 Me mira a los ojos por primera vez y concluye hablando muy despacio y cadenciosamente.
                                                   -Te encargarás de ella todos los días de diez a doce de la mañana, después puedes tomarte un café. A la una en punto quiero un informe detallado sobre mi mesa, sin tópicos del tipo " está muy deprimida ni nada por el estilo", aquí todo el mundo está deprimido, así que toda tuya; esta última frase la pronuncia rápidamente mientras se relaja en el respaldo de su sillón, haciéndome  comprender que debo empezar pronto con mi trabajo.



 "Hoy el sol brilla por fín y yo puedo pasarme la tarde mirando por el balcón: Veo a una niña muy pequeña de unos tres años, tiene el pelo rojizo, su madre también es pelirroja y muy guapa. Las veo a las dos bailar en el jardín; el sol hace maravillas en sus cabellos y me gustaría verlas de cerca pero mi madre no me deja acercarme".



 La enfermera me acompaña al dormitorio de Teresa que está sentada en la cama leyendo un libro, no parece una enferma, por momentos pienso que está mucho más centrada que yo, pero cuando nota que estoy cerca de ella, levanta la mirada y puedo ver su cara llena de surcos y, una incógnita en sus ojos verdes que no puedo descifrar.



 "Las cosas no van bien en casa. Es sábado por la tarde y mis padres discuten acaloradamente, pero no es nada nuevo. Él la deja con la palabra en la boca y se va ladera abajo con su anorak nuevo, se ha ido sin darme un beso, pero lo disculpo porqué sé que está muy enfadado con mi madre.
 Sigo mirando hasta que lo veo desaparecer entre la hilera de pinos y poco después, llegando al porche de mi casita de colores. He cumplido diez años y entre los dos ya hay un secreto mudo. La cara vista es el empache y el desgaste de la obligación, la cara oculta es la pasión voluntaria y vehemente que a nada obliga".
A las doce siento por fín las llaves chasquear. Papá se acerca y me rodea con sus fuertes brazos, yo estoy chateando en el ordenador y el derrama al lado del ratón un montón de golosinas: bolitas de maiz con pasas, gominolas y almendras. Yo sonrío cuando me dice: "son para tí ratoncito", pero no se ha dado cuenta de que estoy en el chat, igual yo quito la página, pero él ya se está yendo hacía el sofá, donde mamá está tejiéndome un jersey con grecas alemanas. Soy la única niña del cole que todavía no lo tiene y  ella me ha prometido que el día de ramos podré estrenarlo. Papá se acerca a ella y le pregunta cómo está , ella deja caer mi jersey al suelo y le mira muy rara, noto que se  echa a llorar, pero él la abraza muy fuerte y yo siento mucha envidia. Después papá la lleva en brazos a la habitación y, yo apago el ordenador y recojo mi jersey del suelo. Las agujas se han salido de la lana y yo vuelvo a colocarlas."



Ojeo la ficha médica de Teresa y me parece sobreestimada: pirómana, sociópata, con tendencias suicida, en fin... ya sacaré mis propias conclusiones, pero ella no me lo pone nada fácil.
 Intento un acercamiento y le pregunto cómo se siente, pero soy novata y no sé por dónde empezar.
De pronto, ella cierra el libro resolutivamente y me dice tajante que su único problema siempre he sido yo. Por lo menos tiro de manual: "el paciente siente rechazo incoherente hacia su psiquiatra, odio injustificado", -esto explicaria que fuera antisocial, pero ella sonríe y logra intimidarme, ¡menudo marrón!, mal empezamos... 



 "No puedo parar de llorar, y no tengo quien me abrace, mi madre lleva horas fuera y mi padre ha salido corriendo en cuanto ha visto el fuego. La casa que está al otro lado del río está ardiendo, las llamas ascienden cada vez más y más y yo no puedo hacer nada, veo a mucha gente intentando mitigar el fuego pero ni rastro de mi padre, sólo llamas anaranjadas del mismo color del pelo de ellas. Siento un terrible dolor de estómado y creo que voy a vomitar"... 



                                                -Saco un mechero de mi bolso y lo enciendo delante de los ojos de Teresa, ella lo mira sin pestañear y vuelvo a sentirme escudriñada. Otro fracaso mi terapia de choque, está visto que no doy una...
                                                 -Háblame del fuego, Teresa, ¿que sientes cuando te imaginas un incendio?, puedo ayudarte si me de....  -no pude acabar la frase...
                                                   -Siento que eres una grandísima hija de puta, eso siento, tenías que haber muerto hace años, tú  deberías estar muerta...



  "Desde el incendio, mi padre parece más muerto que vivo, se pasa horas sentado en el sofá sin hablar con nosotras. Ya no existimos para él, sin embargo mi madre parece mucho más animada. Le he pedido que me cuente que pasó con la mujer y la niña que vivían en la casa y, me ha dicho que la mujer estaba desiquilibrada y le dió por quemarlo todo con su hija dentro. - Ya está en un manicomio de donde no saldrá nunca, -se despachó a gusto para terminar".


 
No se puede decir que en los días sucesivos hiciera grandes avances con Teresa, cada vez que me veía entrar, me clavaba aquellos ojos tristes pero todavía bonitos en mi piel y yo cada día que pasaba, estaba más desconcertada. Por mucho que lo intentaba no conseguía hacerme con ella y temía que a los quince días me finiquitaran por incompetente.
 Sin embargo, el doctor Aranda estaba teniendo mucha paciencia conmigo, y se limitaba a sonreir irónicamente cuando leía mis informes. A mí cada vez me gustaba más, pero tampoco con él conseguía conectar demasiado. Sin duda había comenzado con mal pie mi aventura en el San Yelmo.



 "A mi madre no le duraron mucho las alegrías, hacía tiempo que estaba enferma, aunque yo de eso nada sabía y murió un año despúes del fatal incidente, tras una penosa enfermedad. Mi padre estuvo con ella hasta el final y mostró una devoción poco común. En los últimos tiempos no se separaba de su cama pero a mí seguía ignorándome. Cuando mi madre murió los dos nos quedamos solos, extrañamente juntos sin hablarnos, y cuando me fui de casa borré mis recuerdos hasta hoy, que me he decidido  a escribirlos. Lo hago para no olvidarme que alguna vez fui una niña. Por cierto, me llamo Isabel y hace una semana que empecé a trabajar en un prestigioso psiquiátrico".



 Fue el séptimo día cuando comencé a ver un poco de luz. Teresa me recibió con una sonrisa y se había puesto un vestido nuevo en tonos pastel, el pelo recogido le confería un aspecto mucho más joven  y extrañamente como por arte de magia volvía a aparentar los  cincuenta y seis años que rezaba su ficha.
                                                -Siéntate, ¿es posible que no me recuerdes?
                                                -No la entiendo respondí, sólo hace siete días que he llegado y nunca nos habíamos visto. "Fantasía organizada", -pensé... y me dispuse a ponerlo en el informe.
                                                -Creo que voy a hurgar yo en tu cabeza para que vuelvan tus recuerdos, te odié durante años, porqué eras el único obstáculo entre tu padre y yo, pero he recapacitado...
                                                -Los músculos se me paralizaron y creía que iba a sufrir un ictus o algo parecido, pero me quedé muda mirándola y, ella muy tranquila siguió poniéndome al día:
                                                -Mi pequeña se parecía a tí, tu padre me ha enseñado muchas fotos tuyas, por eso te reconocí desde el principio. Siempre decía que algún día le daría a ella lo mismo que a tí, y que tiempo al tiempo, pero el tiempo un día se acabó, ¿recuerdas?
                                                -la pequeña casa del río, acerté a decir tartamudeando, -¿porqué acabar con todo de esa manera? -apostillé cohibidamente.
                                                -Teresa empezó una risa nerviosa que se me hizo larguísima y me dió mucho miedo, cuando terminó pude ver amargura en sus ojos, más amargura que odio.
                                                -Fue ella, fue tu madre quien mató a mi hija, ah no lo sabías, ya... Cuando llegó tu padre fue tarde . Betsabé ya estaba muerta, fíjate, yo creí que iba a salir en mi defensa, porqué vio a tu madre escabullirse entre la maleza como una zorra en celo, pero... se hizo el loco y aquí me tienes, -¿era esto lo que querías?
                                                -Ahora, tu padre está arrepentido de lo que hizo y está dispuesto a aclararlo todo, ya no queda tiempo para odiar, ¡anda! -redacta el informe ese que tanto esperan y sácame de aquí cuanto antes, ahora él está hablando con el doctor, creo que empezaré una nueva vida...

 
Aquella mañana no entré en el despacho del director, decidí que se lo daría al día siguiente, tenía claro que no quería volver a ver a mi padre y de su vida y de la de Teresa nada he vuelto a saber, pero ha pasado un año y sigo trabajando en el San Yelmo y, lo mejor es que he comenzado a salir con Vicente. Nos va bien y espero que nuestra vida sea menos complicada.



                                                        fin

EL HORMIGUERO

Alicia, había sido la última en salir, se dió la vuelta y miró por última vez la fachada del hotel. Si, estaba decidida a no volver y sólo cuando se aseguró de que el último de los asistentes allí congregados, había desaparecido en su coche, respiró hondo y se animó a encender un cigarrillo.
Contempló el paisaje y caminó despacio por el asfalto. Antes de darse cuenta ya se había adentrado en el descampado pero, las piernas le pesaban más que nunca aquella mañana y quiso sentir la hierba bajo sus pies, parecía tan bajita sin sus tacones que eso, y la repentina bajada de adrenalina habían dejado en ella una sensación de desamparo. Sintió ganas de llorar, pero no lo hizo.
Siguió caminando y tropezó con un poblado hormiguero, una senda organizada de hormigas parduscas que emergían de la tierra. A ella, se le antojaban venidas del infierno y mientras aplastaba la colilla contra una piedra, notó como una de ellas le subía por la pierna, pero las otras, miles de bichitos, continúaban su camino; se preguntó dónde irían, cuando se detendrían; la hormiga siguió ascendiendo por su pierna y cuando la sintió cerca de la ingle la mató. Fue un golpe seco, contundente, sorpresivo y eficaz.
 Volvió a fiajar la vista en el hormiguero y pensó que pronto llovería, el cielo se lo confirmaba y las profecías de su abuela también.
 No quería pensar en ella ahora, no quería mezclar lor recuerdos. En su mente resbalaban miles de voces, de manos, de gemidos... pero ahora, sólo sentía miedo. No era adecuado traer la imagen de aquella mujer que tanto la había protegido, sabía que ella borraría de su cabeza todos aquellos fantasmas de un plumazo, pero seguía sin querer involucrarla.  
Cuando sintió el filo de la navaja atravesar su espalda, ni siquiera intentó darse la vuelta, se quedó quieta y esperó una nueva embestida; esta vez llegó amenazante a la femoral. Su vestido era tan corto que un ligero movimiento la libraría tal vez de una muerte lenta y le regalaría el descanso que tanto necesitaba, un reposo exento de placer, pero también de dolor, de aburrimiento, de desidia...
 Pero allí seguía el arma, fría, desafiante..., bajó la vista levemente y comprobó que se trataba de un cuchillo de grandes dimensiones, hincándole la vena, pero sin atravesarla, justo donde la hormiga abandonó su camino. 
Ceró los ojos y esperó el final, pero de pronto dejó de sentir el cuchillo y si, un terrible golpe contra el suelo, creyó haberse roto la nariz porqué la sangre le salía a borbotones, ni aun así pudo llorar y  sintió un  escalofrio en la espalda, donde el cuchillo si la había herido.
 Cuando el agresor le dió la vuelta, ella comprendió lo que pretendía hacer y una sonrisa irónica dibujó su cara, la adrenalina había vuelto al fín, otro momentazo más, elevado a la máxima potencia, el umbral del placer más alto que nunca, mucho más que allí dentro con un montón de desconocidos que sabían a lo que iban, y nada malo le habían hecho. Sólo se trataba de pasarse los bichitos como rezaba la jerga que ellos utilizaban y si me lo pasas, mala suerte, pero... si no, otra vez a empezar. y otra vez a experimentar aquel subidón. Soltarse de las manos en la montaña rusa, al final te subes muchas veces y nunca te caes, pero un día arriesgas demasiado, los pronósticos fallan, la gravedad te da la espalda. Un movimiento mal calculado, un mal día.
 La noche anterior, Alicia había jugado a la ruleta, pero no con una pistola, había jugado con armas humanas, una muerte lenta asusta mucho menos que un disparo certerto en la frente.
 Por eso cuando el tipo le arrancó la ropa, ella mantuvo la calma y no se inmutó; pocas mujeres ultrajadas tenían en sus manos un arma como la suya. Las posibilidades de ser seropositiva eran elevadas. Había estado con seis hombres de los siete que se habían dado cita en el hotel. siete hombres y uno seropositivo. Las relaciones habían sido sin ninguna protección, porqué de eso se trataba, jugar a la ruleta rusa, para conseguir el regalo del portador, el bichito que te unía para siempre al grupo. El riesgo antesala del máximo placer, así entendía ella el sexo hasta aquella mañana en que había decidido no volver allí, pero el destino le recordó que era tarde para reconstruir, que todo estaba perdido...
 No acertó a calcular cuanto tiempo pasó antes de quedarse dormida, pero poco a poco la respiración se hizo más lenta y la fiebre se apoderó de su cuerpo, notaba que ya si podía llorar, corrían buenos tiempos para ella ahora que se acercaba el final. La frente le ardía y la nariz no había dejado de sangrar, notó que el tabique se le movía, y sentía la sangre manar de la parte baja de su espalda, a intervalos muy lentos, los signos vitales se le delibitaban y cerró los ojos al fin. Por un momento, sólo durante un segundo deseo que alguien la rescatara de aquella pesadilla pero espantó la idea rapidamente.

                                                         
    
Cuando lo vió alejarse Alicia estaba entumecida de dolor, pero la cuchillada no habría sido mortal, si alguien la hubiera llevado rápidamente a un hospital, pero ella estaba decidida a quedarse allí, en el suelo, en la misma postura que él la había dejado. Mientras esperaba desangrarse recordó sin pretender la cara de su padre, cuanta frustración había en él, aquel día, hace ya tanto, se dijo mientras se taponaba la nariz: él entró en la habitación y abofeteó a Alicia cuando vió lo que había hecho con su muñeca, la muñequita que él le había regalado el día de reyes, pero ella pronto se cansó de ponerle vestiditos y darle comiditas, y pensó que si la curaba sería más divertido, así que le cogió unas tijeras a su madre y le rajó la barriga, después revolvió hasta encontrar la caja de primeros auxilios: la curó delicadamente con alcohol, le puso una inyección y le colocó unas vendas. Al final, quedó satisfecha y la adornó con uno de sus vestidos. Pero para su padre era difícil entenderlo y, tampoco entendió nunca que Alicia sólo tenía ocho años.
 No, no lo entendía, recordó mientras le venía a la mente como le gustaba manosearla al primer despiste de su madre, ¡que diablos, tampoco ella se enteraba nunca de nada!, nadíe la entendía, por eso se rodeaba de extraños, sólo su abuela, pero hacía años que estaba muerta, ya no quedaba nadie.
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Bugchasers, se denomina esta aterradora práctica suicida que nació en Estados Unidos en la década de los noventa, cuando los antirretrovirales espantaron el miedo que la gente le tenía al Sida y la conviertieron en una enfermedad crónica. Giftgiver es el término empleado para denominar al sujeto seropositivo, el que ofrece el regalo que todos ansían. Este movimiento no escluxivamente gay, está ganando un modesto grupo de adeptos en España, lo de modesto está por ver, porqué ya calificarlo así es quitarle importancia y me parece  más honesto decir que en España ocurre esto ahora, cuando hace un mes que han implantado por narices, por decretazo, como se hacen siempre aquí las cosas, una de las leyes más restrictivas antitabaco de toda Europa. Por eso pienso que la ministra de sanidad Leire Pajín en vez de fomentar la campaña nazi de incitar a los ciudadanos a delatarse unos  a otros por el simple hecho de fumarse un cigarrillo en un bar, lo que debería de hacer es plantearse la necesidad de crear más campañas informativas sobre el VIH y otro tipos de enfermedades de transmisión sexual, porqué así señora, también se muere y también es un gasto para la seguridad social. Y no estaría de más que mejorara la infraestructura sobre campos como la psiquiatría y ayuda psicológica gratuita con garantías: para que un esquizofrénico sin diagnosticar, no mate a un niño en un parque, o para que una chica pueda llegar a entender el sentido de su vida, o para que un padre deprimido que lleva años en el paro, harto de ver a sus hijos morirse de hambre no acabe un día con su vida. De eso también se muere. Y lo peor es que de eso no está prohibido morirse.