CATALINA CAPÍTULO V


A través de la pequeña ventana enrejada, se filtra el estruendoso sonido de los restallidos, que anuncia que en algún sitio, se está celebrando una fiesta.
 Catalina recuerda con nostalgia, como le gustaban a ella ese tipo de saraos veraniegos, y siente ganas de volar y posarse en algún lugar de su tierra, donde siempre se acababa ligando con alguien, donde la sidra rodaba a raudales, y a la mañana siguiente aparecía la arena llena de botellas vacías y de parejas acurrucadas, después de haber visto amanecer un nuevo día.
 Volvería a su última noche de "San Juan", donde todo se tornó mágico, con su novio y sus amigos, rodeando la hoguera. Su último verano en libertad, fue para ella el mejor en años, había conocido a un chico meses antes, y la cosa esta vez parecía funcionar, Miguel que así se llamaba, había conseguido que Catalina olvidara sus neuras, y se ilusionara con alguien de una manera especial; se pasaban horas encerrados en la casa de él; que tenía un apartamento, justo al lado de la playa; en esos meses, los fines de semana apenas salían de la cama, y cuando lo hacían era para irse de copas, llegando siempre de madrugada; ella pasaba esos días en su casa y el domingo regresaba a la suya, ya muy entrada la noche; durante la semana era bastante habitual verlos en las terrazas del muelle, tomándose algo y comiéndose a besos;  Pero a pesar de que él, parecía a los ojos de todos estar muy colado por ella, la verdad es que en cuanto las cosas se pusieron feas, desapareció sin más, olvidándose pronto de todas las promesas que le había hecho, y de considerarla "el polvo del siglo"; Catalina pasó a ser una anécdota pasajera en su vida, que no deja más huella que el recuerdo guardado en el baul de los olvidos.
 
  Lejos quedaba ya, la precoz adolescente con aires de lolita, que con sólo 15 años, perdió la virginidad con un chico poco mayor que ella; y no lo hizo por amor, ni por una atracción desmedida o una lógica curiosidad ante lo desconocido, ni tan siquiera por la revolución de las hormonas propias de su edad; ella simplemente quería quitarse ese lastre de encima lo más pronto posible.

 Ya por aquel entonces, tenía muy claro que no quería ni casarse, ni tener hijos, lo supo desde muy pequeña, cuando con sólo 10 años estando en casa de sus tíos, se le había ocurrido coger en brazos al hijo de su primo, que era recién nacido y una gloria de bebé; su prima mayor Ángélica, que no le había dado precisamente Dios, el don de morderse la lengua, le espetó como quien no quiere la cosa, lo feo que quedaba un niño en sus brazos, por el aire de señoritinga que tenía; Catalina que sujetaba con sumo cuidado, la cabecita del bebé con su mano izquierda y con la derecha le hacía cosquillas suavemente en los pies, se quedó mirándola fíjamente y mordiéndose su rabia, colocó al niño en la cuna, con el mismo celo con el que lo tenía agarrado, y se fue muy despacio hacia la puerta; desde aquel día nunca más volvió a casa de sus tíos, por mucho que su padre insistiera una y otra vez con la misma cantinela; así que decidió que la tarea de procrear se la iba a dejar a las chicas como su prima Angélica, que aunque no eran tan finas, al parecer estaban mucho más dotadas para ello; ni siquiera años después, cuando ésta tuvo los gemelos, Catalina le hizo la visita de cortesía que se estila en estos casos; desde aquel día no había vuelto a dirigirle la palabra. En esa época, ya todo el mundo sabía, que a ella no le gustaban los niños y no tenía ningún instinto maternal; porqué eso era lo que le decía a todo el mundo, que indiscretamente de vez en cuando le tocaba el tema de la maternidad.

 No se sabe si aquel suceso fue el detonante de una serie de relaciones destructivas, o tal vez ella ya estaba destinada a ser diferente; sin embargo hasta que ocurrió lo que ocurrió, nadie la cuestionó nunca; Catalina era una chica muy popular entre sus amigos; que siempre tenía ese gesto que esperas encontrar en una persona cuando te tomas un café con ella, o cuando la encuentras por la calle de manera casual; sencillamente daba buena onda.

Solamente su madre, ya viuda, sufría en silencio sus excesos, sus caprichos desmesurados y su frialdad de carácter; Gabriela no entendía porqué su hija se pasaba días fuera de casa, sin dar ninguna explicación, o porqué cuando trabajaba, se gastaba la mitad de su sueldo en un sólo día, y el motivo de ese afán en vivir por encima de sus posibilidades; la mujer, que en su juventud, ayudaba de cocinera, en el bar de sus padres, se había casado con Ramón, un vecino  de su mismo pueblo, que toda la vida había trabajado en el campo, pero que había conseguido un puesto en una empresa del metal, que en aquella época estaban muy en auge. Ellos no concebían otra manera de empezar su vida juntos, que ahorrar hasta la última peseta; cuando consideraron que ya tenían suficiente dinero para la entrada de un piso, se trasladaron a la ciudad, y 5 años después nació Catalina.

    Corría el año 1985 y hacía ya 3 años, que el partido socialista gobernaba el país, se respiraban aires de libertad y esperanza, para una España reprimida durante 40 largos años, por una dictadura fascista y opresora; pero las cosas no cambian para todo el mundo de la noche a la mañana.
 Todavía quedaba mucha gente, que sufría síndrome de estocolmo y añoraba al viejo dictador; que se había quedado estancada en el miedo residual de un pasado teñido de sangre, y tenía como único estandarte la ignorancia y el conformismo.
 
Dentro de ese esquema de valores, Gabriela y Ramón trataron de educar a Catalina sin mucho éxito; pues desde su más tierna infancia, había mostrado una rebeldía fuera de lo común, y una notable madurez para su edad; era muy buena estudiante y sacaba siempre las mejores notas de su clase, pero a su padre le sacaba de quicio esa "manía suya" como él la llamaba, de curiosearlo siempre todo, y de leer otros libros que no fueran los de texto; él tenía la firme convicción que una mujer no tenía porqué saber tanto, al fín y al cabo con ser una buena esposa y madre, ya cumplia con el papel para el que había nacido, ya estaban ahí los hombres, para tomar decisiones y salvar el país si hacía falta.

 Ramón intentaba concienciar a su pequeña hija de eso, mientras ésta hacía los deberes, prestando mucha más atención a resolver los problemas de cálculo, y en  sacudir con esmero, los restos de goma de borrar que se habían escurrido en su vestido, que en atender a las repetitivas monsergas de su padre; y Gabriela trasteaba con las cacerolas de un lado a otro de la cocina, sin atreverse a contrariar en nada a su marido.
 Todo esto alimentaba cada día más en Catalina el desapego por sus progenitores, y se imaginaba que su padre era un culto profesor de literatura y su madre una moderna ama de casa, que hacía lo que le daba la gana. Como también era muy imaginativa, siempre se estaba inventando historias, en las que ella, era la niña mimada a la que le daban todos los caprichos; las elaboraba con tanto detalle en su mente, que cuando se las contaba a sus amigas del cole, ninguna dudaba que fueran ciertas; con el tiempo se fue haciendo una experta en el arte de mentir; simplemente cuando las cosas no le gustaban, las maquillaba con los colores que ella misma elegía, y ya no le preocupaba como eran antes de pasar por su paleta.

 Cuando se hizo mayor, siguió esa misma táctica, también con los hombres; siempre los adornaba cuando había algo que no le gustaba de ellos, de cara a la galería todos eran perfectos; hombres perfectos y una vida perfecta, que sólo existía en su imaginación.

 Recién había cumplido 21 años, comenzó a salir con un chico bastante mayor que ella, que había conocidoe en un bar de copas, una noche que estaba bastante aburrida, tomándose algo con sus amigas; se llamaba Jonás y tenía un pequeño estudio de pintura en el barrio antíguo de la ciudad, ubicado en un edificio de estilo románico, muy cerca del mar; Catalina enseguida se quedó embrujada por el paisaje, y aunque él nunca se lo había pedido, una tarde empacó sus cosas en su maleta y se fue a vivir con él; Jonás se quedó de piedra cuando la vió aparecer con su sonrisa habitual, y con todos los telares en el umbral de su puerta.
 No tuvo valor, para decirle que se fuera por donde había venido, pues aunque no tenía ningunas ganas de compartir su espacio con nadie, Catalina le gustaba bastante, y pensó que a lo mejor no estaba tan mal vivir con ella; era divertida, guapa y muy lista, podría ser la musa ideal para la nueva colección de abstractos, que estaba a punto de comenzar; al principio fue muy agradable para los dos, ella posaba durante una hora aproximadamente todos los días, después él aparecía con una copa del mejor vino cosechero, para acabar tirados en el suelo al lado de la chimenea, hacían el amor durante horas, en las que perdían la noción del tiempo y aunque no estaban enamorados, hacían que se pareciese bastante, hasta en ocasiones se decían que se querían, para que no resultara tan frío; pero ambos sabían que sólo se trataba de satisfacer puros instintos básicos.

Pero como no hay pasión que el tiempo no acabe por matar, al cabo de dos meses, ya estaban cansados el uno del otro, discutían por cualquier tontería y ella ya estaba harta de permanecer tanto rato posando, para luego ver una figura abstracta que no se parecía en nada a ella; ya no les apetecía acostarse juntos, y comenzaron a deambular por otros derroteros, que aunque él ya había experimentado, ella no había explorado todavía.
 Los nuevos juegos sexuales no eran del agrado de Catalina, y cuando una vez Jonás se presentó en casa con una antigua modelo suya, proponiéndole que se acostaran los tres, ella volvió a hacer sus maletas y se fue lo más rápido que pudo; pero como le daba verguenza volver a su casa y reconocer que estaba sóla otra vez, se encerró durante meses en un hotel, hasta que se esfumó el dinero que le quedaba; siguió maquillando a su antigua pareja como el hombre ideal que toda mujer desea, y diciéndole a todo el mundo, lo triste que se había quedado cuando cansada de él, ella le había abandonado.


    
Celia acaba de despertarse y Catalina sumida en sus recuerdos y en espantar los fantasmas que a intervalos la interrumpen, permanece apostada en la misma esquina de siempre, sin percatarse que su compañera la está observando en silencio, mientras ella cambia su teléfono móvil de una mano a otra; pensando si al final Carlos la querrá de verdad, o la dejará en la estacada como han hecho siempre los demás; pero las voces siguen confundiéndola y espantándole su debilidad; al final queda convencida de que va a salir de allí, después, ya todos serán historia... Sólo ella podrá vivir en ella, no le necesitará a él, y buscará el momento adecuado para tenderles una trampa a sus inquilinas, y deshacerse de ellas también; sólo tendrá que esperar a que se queden dormidas.
 
                                                       CONTINUARÁ...