VINO Y MALICIA


El viejo huraño y mezquino, apuraba los últimos tragos de aquel vino barato y peleón.
Y repetía frases inconexas y recalcitrantes, mientras la atmósfera despedía un inevitable olor a decadencia.
 Estela le preparaba una tortilla francesa con los huevos a medio hacer; y Cristina , reparó en el hecho de que la clara y la yema no estaban lo suficientemente batidas.
   -Ni loca me comería yo esto... Le susurró al oído de su hermana; que gesticulando atrevidamente, una mueca desvergonzada, volteó los huevos en la sartén; mientras su padre, cabezeaba ebrio sobre la mesa de la cocina.
 Las dos sonríeron, ante el hecho de su indefensión; y al minuto Estela, le sirvió la cena, a la vez que le zarandeaba el hombro, pero sólo con los dedos índice y pulgar; para después soplar ligeramente la palma de su mano, ante la insolente mirada de Cristina.

 Las dos hermanas, habían nacido sólo con 10 minutos de diferencia, pero Estela, la mayor, siempre había ejercido de tal, y Cristina, respondía complacida a su status inferior.
Si, ya sé; se nota en falta, una persona en el escenario; pero es que Aída, la madre; a quien en su juventud, le gustaba fantasear con que su nombre, se lo habían puesto en honor de "la rosa roja"; se había muerto en el parto, tan sólo media hora después de nacer Cristina; y las dos niñas se habían quedado al cuidado de su padre, Ramón; que aunque toda su vida había sido un cabrón, se le fue agriando aún más el carácter, a medida que se enfrentaba a los diarios biberones y a las noches sin dormir, ya que sobre todo Estela, lloraba con tanta insistencia, que sus chillidos retumbaban hasta en las paredes del sótano, Cristina, más templada sólo lo hacía cuando tenía hambre.

 Hasta aquí, puede dar la impresión de que el retrato del santo varón, supeditado a las tareas paternales, de educar sólo a dos niñas, esté hecho con la pretensión de enternecer al lector con rancias moralinas, y dramas isabelinos; pero no, sigan leyendo...

Para eso he dicho, que el viejo era huraño, mezquino y cabrón.

 Y ahora, volvamos al momento en que Estela se frota la  palma de su mano y Cristina se divierte con la situación; aunque en principio, soy consciente de que la escena pude parecer muy cruel, no tanto si ahondamos un poco más en la retorcida moral de Ramón, años antes de que el alcohol, lo dejara cao a los pocos tragos...

 Pero en este preciso momento, se despierta aturdido, y se quedas mirando la tortilla bizqueado, Estela le acerca el tenedor, y se lo clava justo en medio de la comida.
    -Come... Es tu cena, no nos vas a dar las gracias?
    -tiene mal aspecto, ni una simple tortilla sabes hacer...
 El viejo, eleva la mirada hacia Cristina, que no interviene en el diálogo y se lima las uñas, en el altillo.
    -Cris, hija traeme otra botella de vino.
    -No la ves que está ocupada, papáa, inquirió Estela, arrastrando intencionadamente la última a.
 Siempre que Estela, le imponía su autoridad, Ramón acudía al consuelo de Cristina, que de cualquier forma, no movía un dedo sin permiso de su hermana.

 El aparente dominio de la situación de Estela, y la también aparente sumisión de Cristina, era sobre todo un juego entre las dos; algo que habían ido aprendiendo con los años, en los tiempos no demasiado lejanos, en que ambas habían estado supeditadas a la tiranía del viejo dictador, apodo ganado a pulso y por el que era conocido en la comarca.

Si nos remontamos años atrás, veríamos sólo a dos niñas atemorizadas, casi siempre con algún moratón sospechoso en alguna parte de su cuerpo, expuestos a las preguntas indiscretas de los amigos, que se extrañaban bastante de que siempre se cayeran por la escalera o tropezaran torpemente con el borde de la mesa. Pero a Estela los golpes nunca la hicieron sucumbir, al contrario la hicieron crecer fuerte y altiva, y acrecentaron en ella una malicia bastante pronunciada, y una mirada desconcertante, que en ocasiones daba miedo; en realidad sólo sentía ganas de hacer daño, de buscar las palabras que más pudieran herir, estaba siempre a la defensiva, al acecho de que ninguna presa la pudiera cazar antes.

 Su padre, enseguida se dió cuenta de que de su madre, sólo había heredado los rasgos físicos, y que Cristina, mucho más dulce y obediente, resultaría mucho más fácil de adiestrar; no contaba el hombre con la perseverancia de Estela, que no dejaba a su hermana ni a sol ni sombra, y ejercía sobre ella mucho más control.
 
Pero una vez, el viejo llegó a casa a altas horas de la noche, aunque en esta ocasión no estaba borracho; si enojado, por el comportamiento de Estela, y por las pésimas notas que sacaba; la hizo sentar en una silla, y escribir en un papel todo lo que había hecho durante el día; ella se sentó arrogante, cruzando las piernas pausadamente y apoyando sus brazos sobre la mesa, e hizo oidos sordos a la petición; cuando Ramón le asestó la primera bofetada, garabateó con frases obscenas, sus hazañas amorosas en el papel, marcando con precisión la hora en que ocurrieron; a cada frase le seguía otra bofetada, pero la exprexión de Estela no cambiaba, y continúaba con la cabeza muy alta, aguantando el chaparrón; el viejo al final, conmovido por los gritos de Cristina; que desde su altillo, no se había perdido detalle, abandonó la diversión, y abrió una botella de vino. Aquella fue la primera vez que las chicas se dieron cuenta, que como Sansón, perdía la fuerza, cuando le cortaban el pelo, Ramón, con la bebida también; y a partir de aquella noche, se volvieron muy hacendosas, y se ocuparon de que nunca faltara vino en la alacena.

 Aquello facilitó bastante la conviencia de ellas con él; la de Cristina, que poco a poco, dejó de verse sometida a los caprichos de Ramón, que aunque no solía pegarla, tanto como a Estela, ya que ni falta le hacía; si le gustaba contactarla de otra forma, cariñosa como él le decía; desde que el alcohol, comenzó a entretenerlo, las manos se le volvieron muy torpes, y el tembleque de sus muñecas, le dieron gatillazo más de una vez.
 Y para siempre... Desde que un día, cuando comían los tres, y estando ya, algo borracho; mientras paladeaba un queso, bastante grasiento y el mismo vino de siempre; intentó meterle mano, olvidando eso que dicen; de que algunos, simplemente no pueden hacer dos cosas a la vez. Estela, que si podía, y que aunque no tocaba el piano, tenía manos de gacela; se apropió del cuchillo con tal rapidez, que cuando Ramón lo vió en su cuello,  justo en el hueco donde se encontraba la nuez, derramó el vaso de vino en el mantel, de puro canguelo.
 Y ya no digamos la de Estela, que comenzó a disfrutar de su triunfo, de una manera suculenta, y no le bastaba con atemorizarlo cada vez que el viejo se excedía; no contenta, paseaba a todos los chicos de la comarca por la casa, cada vez  que quería fastidiar a su padre, y muy ligerita de ropa, guiaba las manos de estos por todo su cuerpo; ante la pasmada mirada de él, que ya estaba para poco lindes, y suplía la impotencia de no poder hacer nada, con tragos y más tragos.
 Pero ella, insatisfecha, y viendo que el vino, ya le estaba robando protagonismo; en ocasiones, introducía a su hermana, para ver si así lo enfurecía. Cristina, a quien le gustaba el sexo, mas que a un niño un chupa chups; sonreía complacida, de que Estela contara con ella, y se frustraba después; cuando ésta, ya cansada del juego, echaba a los chicos de casa, sin casi nunca llegar a más.

Y volviendo al momento, en que Ramón suplica otra botella de vino, y en que Cristina se lima las uñas en el altillo, haciendo oídos sordos, desde su rincón; no piensen que el pobre hombre se quedó sin su morapio, muy al contrario disfrutó como nunca aquella noche, de tan preciado licor.
    -descorcharemos una botella, añadió Estela, sin perder la ironía en el tono de  su voz..
Y aparece ella muy rumbosa con un Alagón del 2001, tal pareciera, que entendía mucho de vinos; a Ramón se le iluminó la cara cuando vió la botellita, y para más inri; completó el buen gusto, con una copa de borgoña, y le sacó brillo y todo con un paño, para que aquella exqusitez de rulete y tempranillo, luciera como Dios manda.
   - Hoy es un día especial para tí papaíto, por fín vas a vivir un momento memorable...
El viejo sacó su mirada huraña y desconfíada, ante tanta cortesía, resultándole muy extraño, sobre todo quella noche, y viniendo de quien venía; y volvió a mirar a Cristina, que seguía con sus uñas; y ya cansada de limar, se las pintaba de un rojo pasión, un tanto estridente.
   -Sírveme el vino de una vez, tarada... Gritó ya cansado de tanto preámbulo, y con lo que a él le gustaba eso de ir al grano; alargó el brazo a la botella, y al tiempo que llenaba su vaso de cristal barato; Estela jugaba con la bonita copa y hacía resonar el cristal, con cara de no haber roto un plato en su vida.
   - Este caldo está picado, maldita bruja, gastas el dinero y lo echas a perder.
   -No está picado, ya verás como en la copa, te sabe mucho mejor; intervino Cristina, que hasta ese momento no había levantado la voz.
    -Estela, que la había dejado de tintinear, se la llenó de aquel vino, con una inusual amabilidad. Cristina, que ya se había bajado del altillo, cogió su bolso y esperó que su hermana se levantara de la silla donde estaba sentada, y luego las dos, se dispusieron a salir.
     -Un segundo antes de cruzar la puerta, ambas se quedaron mirando a su padre, que ya iba por la segunda copa, y había dejado de hablar.
      -Cuánto crees que durará? preguntó Cristina, mientras sacaba de su bolso el paquete de cigarrillos.
      -Dos días a lo sumo, contestó Estela.
      -Y no harán falta más setas, verdad?
      -Para este, ya no. Pero no demoraremos en recoger más, que nos lleva tiempo licuarlas, y quedan muchas botellas que pinchar.
 
                                                                 FIN