MI MUNDO PERFECTO

Dicen que la belleza de las flores es inigualable y que son más bonitas cuando están a punto de despuntar, dicen que cuando alcanzan su madurez se pueden percibir con intensidad sus colores, que uno se embriaga contemplando cada matiz, cada pétalo que se abre. A menudo me imagino lo que sienten los demás: cierro los ojos y pongo a trabajar la imaginación; salgo a mi pequeño jardín y me quedo observando el pequeño rosal que mi padre plantó para mí antes de morir; recuerdo que de niña me sujetaba en sus rodillas y me hacía recitar con él cada parte de las rosas que tan prolíficamente adornaban la primavera; desde mi triste invierno yo no podía distinguir los colores, pero cerraba los ojos y juro que sentía cada tonalidad y me olvidaba de que mi mundo estaba hecho en blanco y negro.
 Con el tiempo he adquirido gran destreza e intento llevar mi enfermedad sin detenerme demasiado a pensar en los detalles que me hacen diferente. Al principio era incapaz de ir sola de compras por miedo a no saber combinar bien los colores pero, tampoco era cuestión de llevar siempre carabina; así que aprendí a jugar con mis limitaciones y a distinguir la tonalidad de los grises; apuesto a que la mayoría de la gente no tiene ni idea de que hay miles de grises diferentes, ni se ha parado a pensar siquiera la cantidad de pistas que puede dar el blanco a través del brillo que desprende, a veces tan intenso y otras tan opaco; yo he aprendido a vestirme jugando con las gamas del blanco y del negro y les aseguro que sé perfectamente la equivalencia con su color real, pero esto no ha sido siempre así.

Durante años, sobre todo cuando era tan sólo una adolescente me empeñaba en querer cambiar el destino y en buscar desesperadamente una cura para mi incapacidad visual, pero el diagnóstico no dejaba muchas esperanzas para mí: acromatopsia completa, me espetó sin anestesia, aquel señor opulento, de gafas que yo veía grisáceas, pero que hoy puedo afirmar que seguro eran  marrones oscuras; para después consolarme, diciéndome que tenía unos ojos muy bonitos y que aquello, nunca lo podría cambiar nada; de cualquier modo, nunca podría distinguir la vida más allá del luto del negro y de la soledad del blanco.
 "Mira las montañas, que bonitas se ven cubiertas de nieve" -me decía mi madre, que siempre buscaba el lado bueno de las cosas; pero yo las miraba y me parecían tan distantes y tristes que simpre me ponía a llorar; entonces ella me llevaba delante de un espejo y me obligaba a observarme detenidamente: " ¿qué ves? -me preguntaba-, y lo hacía con un tono de voz autoritario, que a mí se me antojaba resolutivo pero sin poder ocultar un deje de tristeza, "veo mi cara" -le contestaba entre lágrimas- ", después me dejaba un momento sola y volvía con fotografías antiguas en blanco y negro, de actrices bellísimas; esas fotos con ese aroma adulzorado que tenían las imágenes de otra época.

 Me imagino que quería que entendiese que el color no lo era todo y que la belleza de las cosas la componían la forma y la proporción y, que antiguamente cuando las fotos sólo se hacían en blanco y negro, el color era subjetivo y los chicos fantaseaban con sus novias y mujeres cuando estaban lejos de ellas, sin importarles demasiado el color de sus ojos, pero si su tamaño y el brillo que desprendían, el brillo que que con los años se ha convertido en mi mejor alíado: Así era ella, siempre viendo el vaso medio lleno, aunque el agua estuviera a punto de derramarse. 

 Dicen también, que cuando se sufre una minusvalía visual los demás sentidos se agudizan, pero creanme. esa teoría tiene una dosis importante de utopía: si, es cierto que puedo distinguir el bermellón de la sangre del carmín de un lápiz de labios, ya que son dos olores inconfundibles pero... estoy convencida de que el dolor se agudiza cuando se intenta disfrazar, cuando lo único que se quiere es pasar por la vida como uno más, uno más que va caminando día a día y construyendo su universo a base de batacazos, de caer y de levantarse. Hoy me niego a que haya siempre alguien que impida que me caiga, hoy digo que quiero disfrutar del placer de equivocarme, de caerme y de levantarme una y otra vez sin recurrir a la mezquindad de refugiarme en mis barreras. Hoy le he encontrado un sentido a la vida y puedo caminar... Hoy puedo ver la vida en colores, mientras contemplo en blanco y negro mi mundo perfecto.