MI PEQUEÑA FLOR CAPÍTULO II


"Ella buscaba en brazos canallas y lejanos; la pasión que la hiciera sonreír; devolver al tren de los olvidos; la apatía, el cansancio y el dolor; renacer como diosa del olimpo y volver a cantar en su jardín".
"El juraba ante Satán que la adoraba, que la amaba más allá de todo amor; y seguía respirando en el infierno su aroma de jazmín."            
                  


Marieta mira perpleja al hombre que acaba de entrar, el desconcierto la hace  concentrarse primero en sus zapatos y luego sube la mirada lentamente hasta cruzar sus ojos con los suyos; el hombre se acerca hasta la cama y se sienta despacio muy cerca de ella; él permanece en silencio pero Marieta intenta decir algo y no puede, abre la boca pero tan sólo consigue expulsar el aire; las palabras se ahogan en su garganta una y otra vez.

                                                                                
 El la acaricia el pelo suavemente, entrelazándolo con sus dedos; ella los percibe como lija que lo está desgastando; por primera vez deja de mirarlo fijamente a los ojos y los desvía hacia sus muñecas; el hombre deja de enredar con el pelo y la libera de sus correas; ya libre intenta saltar de la cama, pero él la aprisiona con sus enormes brazos y la domina; ahora ella intenta gritar pero la garganta se vuelve a tragar todos sus exfuerzos.  El la besa en el cuello y sube hasta los pómulos; Marieta ya siente su aliento espeso y caliente muy cerca de su boca y cuando sus labios rozan los suyos; ella vomita sobre él. El hombre se incorpora irritado y la abofetea en la cara; es entonces cuando ella logra por fín que los sonidos ahogados salgan hacia fuera; y llora y grita y vuelve a gritar; el le dice que calle una y otra vez; pero ella sigue gritando. 
El hombre saca de su bolsillo un pañuelo empapado en cloroformo y lo coloca  sobre su boca; recoge del suelo la manta de cuadros y la arropa. En brazos la saca de allí.