UN TRATO DE SILENCIO

cuando aquella mañana, Laura corrió las cortinas, los primeros rayos casi la deslumbran; pero esa sensación le agradó. Sabía que no soportaría vivir en un sitio donde nunca se pusiera el sol. Ojeó de refilón el vestido, todavía doblado en la caja, y sonrío al comprobar lo aparatoso que era. Sin prestarle demasiada atención, lo dejó apostado en el galán de noche sin ningún tipo de cuidado de no arrugarlo.

Se había levantado de muy buen humor, pero el final del libro le había dejado un poso de tristeza y desazón. Hacía una semana, que se lo había envíado por correo el hombre con el que iba a cenar aquella noche, junto a una nota donde le sugería que lo leyera cuanto antes. No conocía bien la biografía de Ana Mendoza y de no haber sido por aquel inesperado regalo, tal vez nunca la hubiera leído, porqué a Laura las historias de la nobleza del siglo XVI y de cualquier siglo le interesaban más bien poco; pero la vida de aquella mujer fascinante la había ido enganchando casi desde el principio y había ido recreando en su mente los pasajes del libro sin creerse demasiado su historia de amor; pero de cualquier modo, pensó que de haber ocurrido así, había sido afortunada, a pesar de su fatídico final y, de llevar durante casi toda su vida un antifaz en el ojo derecho.

El vestido también había sido un regalo del misterioso hombre que la había incitado a leer el libro. Era majestuoso, pero a pesar de lo detalles recargados, pensó que después de aquella noche en que debía ponérselo para la cita; con unos cuantos arreglitos quedaría listo para lucir en cualquier otra ocasión, sin parecer que acudía a una fiesta de disfraces.

Laura no se sentía una prostituta. De aquellas citas que siempre concertaba por teléfono, nadie tenía constancia y el anonimato la hacía sentirse totalmente libre. Nadie de su familia sospechaba nada y sus compañeros de trabajo nunca se lo hubieran imaginado siquiera; pero aquel dinero fácil era como una droga para ella. La sensación de no tener que privarse absolutamente de nada, era algo a lo que no estaba dispuesta a renunciar. Al principio sólo lo hizo por ayudar a su madre y conseguirle una buena clínica de alzheimer, donde no estuviera mezclada con todo tipo de enfermos sin cuidados selectivos; pero después, se fue enganchando a aquel tipo de vida y ya no supo como dejarla. Tampoco es que se fuera con cualquiera. Ella marcaba las pautas, ella ponía las condiciones. Se repetía esto a menudo y también lo hizo aquella mañana pensando en la imposición del vestido... pero estaba intrigada y decidió que se lo pondría. Con el tiempo vió aquella manera de vivir, una vía tan lícita como cualquier otra de ganar dinero y engrosar su cuenta bancaria, que de ninguna manera conseguiría trabajando ocho horas en una oficina. Para ella resultaba muy excitante; algo bastante más gratificante que vivir durante toda una vida con un marido que con el tiempo llegaría a no soportar y con unos hijos que tarde o temprano se olvidarían de ella, y la internarían en uno de esos geriátricos donde el reloj se para y ya nadie tiene pasado; porqué ya no habría ni una sóla persona que se acordara en aquellas circunstancias, de que se había llamado Laura y había tenido una vida.

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                                            -¡Es un alivio que cenáramos en tu casa!, tengo que confesarte que me hubiese dado mucha verguenza presentarme en un restaurante con esta facha.
 Cuando Laura acabó la frase, supo que había metido la pata, pero la prudencia no era una de sus virtudes, y el vestido le estaba pesando aun más que la copiosa cena con la que aquel tipo bastante más mayor de lo que a ella le hubiera gustado, la había obsequiado aquella noche.
                                           -¿Te ha gustado el libro Laura?, -preguntó él- ignorando el comentario desafortunado de ella y centrando su mirada en el generoso escote un poco pasado de moda. 
                                             -¡me ha fascinado!, verdaderamente la historia de Ana Mendoza es inusual para la época. De haber vivido en aquel siglo me hubiera gustado parecerme a ella, bueno... no me hubiera gustado morir como ella, pero...  
Lás últimas palabras quedaron suspendidas e ignoradas por aquel hombre, que parecía importarle un comino lo que ella pensara, y Laura estaba empezando a sentirse incómoda, por la falta de compenetración en el diálogo.
                                              -Si, en efecto, "la princesa de éboli" era toda una dama de la intriga y muy bella, a pesar de faltarle un ojo. Hubiera llegado a ser reyna tal vez, si hubiera sabido mantener la boca cerrada, pero debía de aburrirse mucho en el fondo, y ya ves como acabó...
                                              -En cambio, a tí parece que te desagrada bastante, no entiendo nada, ¿ porqué me has envíado el libro precisamente a mi? 
                                              -Eres prostituta, un poco cara para mi gusto; por eso pensé que lo del libro debíamos de incluirlo en el precio, para poder centrarnos mejor, ya sabes... pero tranquila, que lo entenderás... 
                                              -¡No soy ninguna prostituta!, yo no lo veo así, pero he venido aquí para algo y, francamente, me estás aburriendo, ¡quiero acabar con esta historia ya!, así que te decides a ir al grano o yo me voy de aquí.
                                              -El trato es que te quedes unos días conmigo, aquí en mi casa; disfrutarás de todo tipo de comodidades y te pagaré tan bién que no tendrás que volver a trabajar en tu vida.
                                              -Me lo pensaré..., -contestó ella-, dibujando una leve sonrisa.
                                              -¿Me sirves una copa? -dijo después a modo de tregua.
                                              -¡Por supuesto!, tengo una sorpresa para tí, pero tendrás que esperar hasta mañana. -Corroboró él con gesto complaciente, mientras vertía el cava en las copas.
                                             
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Laura nunca se había despertado con aquel silencio. Le gustaban los ruidos, la luz que se colaba por las rendijas de las persianas, los portazos de los camiones, los gritos de los repartidores de bebidas del bar que estaba debajo de su piso. Odiaba el silencio y aquella mañana era muy oscura. Recordó el final del libro, y comprendió como se debía sentir Ana, cuando la confinan para siempre en su habitación: "¿esto es lo que me espera, la oscuridad y el silencio...? ¿ éste va a ser mi destino?"  -dijo- repitiendo las palabras de ella, cuando comprende que nunca más podrá salir de allí, y los últimos ruídos: los operarios emparedando para siempre su osadía, su valentía, sus ganas de vivir y de amar. Pero sin duda, se trataba de otro siglo... Aquella, no era su historia y sonrió...

  Se incorporó y no se sorprendió de estar sola; no era la primera vez que le ocurría, pero jamás había sentido aquel malestar. la sobriedad de la habitación, era algo a lo que no estaba acostumbrada. Realmente, parecía un patético escenario, preparado para el rodaje de una película de época, pero desprovisto de la parafernalia ornamental. Todo le pareció muy extraño, pero lo achacó a lo desagradable que había sido su cita y, aunque no le agradaba quedarse allí ni un sólo minuto más, había hecho un trato, aunque todavía no había decidido si lo podría llevar a cabo. Más que nada porqué aquel hombre le resultaba sumamente siniestro; aunque el capricho de él, de que se cubriera el ojo derecho con aquel antifaz negro en forma de corazón, había hecho más llevadero el contacto y, en su interior era como si no hubiera soportado en su totalidad, el corrosivo peso de su cuerpo.

Estaba segura, de que el tipo no tardaría en aparecer y que cuando corriera los horribles cortinajes de terciopelo verdoso, se sentiría mejor; pero se acercó hacía la ventana despacio y, antes tuvo la precaución de cubrir su cuerpo desnudo con una bata que había a los pies de la cama. -¡que detallazo!, -pensó  irónica, mientras que resueltamente se ceñía el cinturón. Caminó despacio hacia la ventana, y visualizó en su mente unos ventanales enormes, porqué las cortinas cubrían toda la pared. Agarró los cordones con firmeza y poco a poco aquel espantajo verde iba enseñando el horrible papel pintado con motivos barrocos, pero cada vez se iban deslizando más y la ventana no aparecía; tragó saliva y dió el último tirón. Pero... no había ningún hueco, ni señal de que nunca hubiera habido allí ningún tipo de ventilación.
 Laura corrió hacia la puerta y, cuando vió que estaba cerrada con llave, comenzó a golpearla una y otra vez, pero el silencio continúaba y los nudillos de los dedos comenzaron a sangrarle; gritó tan fuerte como pudo, pero sólo le respondió aquel obstinado silencio, tenía la boca seca y  desde donde estaba se veía perfectamente el lavabo del pequeño baño situado en un extremo de la habitación. Se mojó la cara y el pelo y bebió directamente del grifo hasta que el estómagó le dolió tanto que acabó encogida de dolor en un rincón del suelo.
                                            -¡El teléfono!, tengo que lla... -pronunció con un hilo de voz que apenas ella pudo oir.

MIró a su alrededor, y recordó su bolsito negro apoyado sobre el cojín, y en el bolso, su teléfono móvil y, todo ello sobre el sofá: en el piso de abajo, muy lejos de ella. Se había dado cuenta que en aquella desoladora habitación no había ningún tipo de comunicación con el exterior, pero no le extrañó; en realidad se sorprendió de no encontrar papel amarillento y un tintero colocados estratégicamente en un  horrible mueble escritorio.

Dos rejillas de ventilación sitúadas justo debajo del techo, y la débil luz amarillenta de una lámpara de noche junto a otra más tenue aún en el pequeño baño; eran la única iluminación en medio de tantas sombras. Cuando se dió cuenta de que el tiempo ya no era importante para ella, se levantó como pudo del suelo y comenzó a inspecionar los armarios. Tenía mucha hambre y no se había puesto reloj, así que no supo con exactitud cuantas horas había estado allí tirada, pero le había dado tiempo contar las diminutas baldosillas romboides del suelo del baño. Las había seleccionado por colores y había hecho una lista en su cabeza: quinientos cincuenta rombos blancos, seiscientos negros, y se había agotado antes de acabar con los circulitos que decoraban el centro de cada uno.

La estancia contaba con cuatro armarios roperos repletos de vestidos de época; una réplica perfecta de los que hubiera lucido la princesa de éboli, también había una cómoda con ropa interior y camisas de dormir. En el baño: todo tipo de productos de aseo y cuidado personal, almacenados en cuatro estanterías; daban al pequeño cubículo, apariencia de despensa. Al lado de la puerta: un curioso armario metalizado completaba la decoración. Pero no atisbaba ni rastro de comida. Por alguna razón le daba pereza abrir aquella puerta; no esperaba encontrarse nada especial, y el cansancio estaba empezando a hacer mella en sus huesos. Debía de ser tarde, pero era el hambre que sentía, la única pista que tenía de ello; porque allí dentro, no entraba ni una brizna de luz exterior.

Se tumbó en la cama, porqué aunque era consciente de lo mucho que necesitaba una ducha, sólo le quedaban fuerzas para dormir. Cuando se despertó, el tiempo seguía sin ser importante; pero fijó de nuevo su mirada en la puerta de metal y, se acercó a ella tan despacio, como cuando se había despertado allí por primera vez y, se dirigió hacía donde ella creía que había unos grandes ventanales. La abrió, y un piloto verde no paraba de parpadear,  y una enorme bandeja con comida apareció ante si, pero ya estaba fría; aun así la devoró toda en pocos minutos y volvió a colocar la bandeja en el mismo sitio en que la había encontrado. Esta vez lo inspecionó todo deteniedamente, se trataba de un ascensor de menús, idénticos a los que hay en los restaurantes y en los hospitales para transportar la comida.
                                                 -¡Todo estaba preparado! -pensó-, ese hijo de puta lo tenía todo previsto, ¡cómo he podido ser tan idiota!, ¡he caído en su trampa! -tengo que pensar la manera de escapar por ahí, -se dijo, mientras observaba el hueco y calculaba el peso que podría soportar.

 A partir de entonces, Laura asistía puntual a recoger su comida. Dejaba siempre la puerta de metal abierta y, cuando el piloto guiñaba, se acercaba presurosa. Al principio probó a gritar, pero cansada de recibir como única respuesta el sonido de su eco; pronto también dejó de hacerlo y abandonó la idea de deslizarse por allí; sabía que ni aun pesando treinta kilos podría hacerlo. Estaba sola, sola en medio del silencio y la oscuridad. Decidió que no podía haber mayor castigo que aquel, y rezó para que entraran y la manosearan y la corrompieran..., aunque fuera violentamente, pero necesitaba imperiosamente que alguien la tocara.

Ya había perdido  las esperanzas de salir de allí, y a medida que el tiempo transcurría, se fue obsesionando más por ingerir compulsivamente lo que fuera. Permanecía casi todo el rato dormida y cómo si una alarma resonara en su cerebro: se despertaba puntualmente a las horas de comer, y engullía aquellos alimentos como si fuera un animal, para minutos después vomitarlos aceleradamente; pero no era una bulimia lo que la incitaba a hacerlo. Era que había comprobado que el dolor que le producia el vómito, la ayudaba a dormir mejor y olvidarsae del tiempo. O tal vez fuera, que aquel dolor espantaba el silencio.

Una mañana se despertó, y percibió la puerta de la habitación abierta de par en par. Sobre la mesilla de noche, había un sobre y, dentro un cheque por una cantidad de dinero con tantos ceros, que le produjo casi el mismo sobresalto que cuando comprobó que allí no había ventanas. Pero Laura dejó caer el sobre al suelo y fijó su vista en la puerta de metal: la lucecita verde estaba parpadeando otra vez...
                                                             FIN