EL HORMIGUERO

Alicia, había sido la última en salir, se dió la vuelta y miró por última vez la fachada del hotel. Si, estaba decidida a no volver y sólo cuando se aseguró de que el último de los asistentes allí congregados, había desaparecido en su coche, respiró hondo y se animó a encender un cigarrillo.
Contempló el paisaje y caminó despacio por el asfalto. Antes de darse cuenta ya se había adentrado en el descampado pero, las piernas le pesaban más que nunca aquella mañana y quiso sentir la hierba bajo sus pies, parecía tan bajita sin sus tacones que eso, y la repentina bajada de adrenalina habían dejado en ella una sensación de desamparo. Sintió ganas de llorar, pero no lo hizo.
Siguió caminando y tropezó con un poblado hormiguero, una senda organizada de hormigas parduscas que emergían de la tierra. A ella, se le antojaban venidas del infierno y mientras aplastaba la colilla contra una piedra, notó como una de ellas le subía por la pierna, pero las otras, miles de bichitos, continúaban su camino; se preguntó dónde irían, cuando se detendrían; la hormiga siguió ascendiendo por su pierna y cuando la sintió cerca de la ingle la mató. Fue un golpe seco, contundente, sorpresivo y eficaz.
 Volvió a fiajar la vista en el hormiguero y pensó que pronto llovería, el cielo se lo confirmaba y las profecías de su abuela también.
 No quería pensar en ella ahora, no quería mezclar lor recuerdos. En su mente resbalaban miles de voces, de manos, de gemidos... pero ahora, sólo sentía miedo. No era adecuado traer la imagen de aquella mujer que tanto la había protegido, sabía que ella borraría de su cabeza todos aquellos fantasmas de un plumazo, pero seguía sin querer involucrarla.  
Cuando sintió el filo de la navaja atravesar su espalda, ni siquiera intentó darse la vuelta, se quedó quieta y esperó una nueva embestida; esta vez llegó amenazante a la femoral. Su vestido era tan corto que un ligero movimiento la libraría tal vez de una muerte lenta y le regalaría el descanso que tanto necesitaba, un reposo exento de placer, pero también de dolor, de aburrimiento, de desidia...
 Pero allí seguía el arma, fría, desafiante..., bajó la vista levemente y comprobó que se trataba de un cuchillo de grandes dimensiones, hincándole la vena, pero sin atravesarla, justo donde la hormiga abandonó su camino. 
Ceró los ojos y esperó el final, pero de pronto dejó de sentir el cuchillo y si, un terrible golpe contra el suelo, creyó haberse roto la nariz porqué la sangre le salía a borbotones, ni aun así pudo llorar y  sintió un  escalofrio en la espalda, donde el cuchillo si la había herido.
 Cuando el agresor le dió la vuelta, ella comprendió lo que pretendía hacer y una sonrisa irónica dibujó su cara, la adrenalina había vuelto al fín, otro momentazo más, elevado a la máxima potencia, el umbral del placer más alto que nunca, mucho más que allí dentro con un montón de desconocidos que sabían a lo que iban, y nada malo le habían hecho. Sólo se trataba de pasarse los bichitos como rezaba la jerga que ellos utilizaban y si me lo pasas, mala suerte, pero... si no, otra vez a empezar. y otra vez a experimentar aquel subidón. Soltarse de las manos en la montaña rusa, al final te subes muchas veces y nunca te caes, pero un día arriesgas demasiado, los pronósticos fallan, la gravedad te da la espalda. Un movimiento mal calculado, un mal día.
 La noche anterior, Alicia había jugado a la ruleta, pero no con una pistola, había jugado con armas humanas, una muerte lenta asusta mucho menos que un disparo certerto en la frente.
 Por eso cuando el tipo le arrancó la ropa, ella mantuvo la calma y no se inmutó; pocas mujeres ultrajadas tenían en sus manos un arma como la suya. Las posibilidades de ser seropositiva eran elevadas. Había estado con seis hombres de los siete que se habían dado cita en el hotel. siete hombres y uno seropositivo. Las relaciones habían sido sin ninguna protección, porqué de eso se trataba, jugar a la ruleta rusa, para conseguir el regalo del portador, el bichito que te unía para siempre al grupo. El riesgo antesala del máximo placer, así entendía ella el sexo hasta aquella mañana en que había decidido no volver allí, pero el destino le recordó que era tarde para reconstruir, que todo estaba perdido...
 No acertó a calcular cuanto tiempo pasó antes de quedarse dormida, pero poco a poco la respiración se hizo más lenta y la fiebre se apoderó de su cuerpo, notaba que ya si podía llorar, corrían buenos tiempos para ella ahora que se acercaba el final. La frente le ardía y la nariz no había dejado de sangrar, notó que el tabique se le movía, y sentía la sangre manar de la parte baja de su espalda, a intervalos muy lentos, los signos vitales se le delibitaban y cerró los ojos al fin. Por un momento, sólo durante un segundo deseo que alguien la rescatara de aquella pesadilla pero espantó la idea rapidamente.

                                                         
    
Cuando lo vió alejarse Alicia estaba entumecida de dolor, pero la cuchillada no habría sido mortal, si alguien la hubiera llevado rápidamente a un hospital, pero ella estaba decidida a quedarse allí, en el suelo, en la misma postura que él la había dejado. Mientras esperaba desangrarse recordó sin pretender la cara de su padre, cuanta frustración había en él, aquel día, hace ya tanto, se dijo mientras se taponaba la nariz: él entró en la habitación y abofeteó a Alicia cuando vió lo que había hecho con su muñeca, la muñequita que él le había regalado el día de reyes, pero ella pronto se cansó de ponerle vestiditos y darle comiditas, y pensó que si la curaba sería más divertido, así que le cogió unas tijeras a su madre y le rajó la barriga, después revolvió hasta encontrar la caja de primeros auxilios: la curó delicadamente con alcohol, le puso una inyección y le colocó unas vendas. Al final, quedó satisfecha y la adornó con uno de sus vestidos. Pero para su padre era difícil entenderlo y, tampoco entendió nunca que Alicia sólo tenía ocho años.
 No, no lo entendía, recordó mientras le venía a la mente como le gustaba manosearla al primer despiste de su madre, ¡que diablos, tampoco ella se enteraba nunca de nada!, nadíe la entendía, por eso se rodeaba de extraños, sólo su abuela, pero hacía años que estaba muerta, ya no quedaba nadie.
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Bugchasers, se denomina esta aterradora práctica suicida que nació en Estados Unidos en la década de los noventa, cuando los antirretrovirales espantaron el miedo que la gente le tenía al Sida y la conviertieron en una enfermedad crónica. Giftgiver es el término empleado para denominar al sujeto seropositivo, el que ofrece el regalo que todos ansían. Este movimiento no escluxivamente gay, está ganando un modesto grupo de adeptos en España, lo de modesto está por ver, porqué ya calificarlo así es quitarle importancia y me parece  más honesto decir que en España ocurre esto ahora, cuando hace un mes que han implantado por narices, por decretazo, como se hacen siempre aquí las cosas, una de las leyes más restrictivas antitabaco de toda Europa. Por eso pienso que la ministra de sanidad Leire Pajín en vez de fomentar la campaña nazi de incitar a los ciudadanos a delatarse unos  a otros por el simple hecho de fumarse un cigarrillo en un bar, lo que debería de hacer es plantearse la necesidad de crear más campañas informativas sobre el VIH y otro tipos de enfermedades de transmisión sexual, porqué así señora, también se muere y también es un gasto para la seguridad social. Y no estaría de más que mejorara la infraestructura sobre campos como la psiquiatría y ayuda psicológica gratuita con garantías: para que un esquizofrénico sin diagnosticar, no mate a un niño en un parque, o para que una chica pueda llegar a entender el sentido de su vida, o para que un padre deprimido que lleva años en el paro, harto de ver a sus hijos morirse de hambre no acabe un día con su vida. De eso también se muere. Y lo peor es que de eso no está prohibido morirse.